Cultura

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El día de la marmota del cine español

Día 09/02/2011

El interés del cine español para el que debiera ser su consumidor natural, es decir, el ciudadano español, es fácilmente ponderable, y de hecho así se hace año tras año, pues se mide su audiencia y según hacia dónde apunte (suele estar entre el 10 y poco más del 15 por ciento) se considerará que ha sido un buen año o un mal año. En 2010 su cuota de espectadores apunta al 10, o sea, que ha sido un mal año según este baremo. Se puede decir sin mayores precisiones que el público no ha respondido durante este año a las expectativas que tenía el cine; o si alguien se siente más cómodo, también se puede decir lo contrario: que el cine español no ha respondido a las expectativas que tenía su público.

Desde el punto de vista de la audiencia y de la taquilla es indudable que durante el año 2010 el cine español ha perdido varios millones de espectadores y ha recaudado una cantidad mucho menor que el anterior, casi un 35 por ciento menos: de algo más de cien millones de euros arrancados a la taquilla ha pasado en un año a algo menos de setenta millones, cifra, por otra parte, muy por debajo del fondo de protección que otorga el Estado a la cinematografía (noventa millones de euros). Con esta vara de medir, es obvio que el cine español no ha sido un buen negocio ni para el Estado ni para los profesionales que han conseguido hacer más de cien películas (una producción gigantesca para nuestro mercado) que han pasado casi en su totalidad de puntillas por las salas de cine.

Pero hay otras varas de medir el cine español, como su presencia internacional, su participación en festivales, el prestigio que aporta o su riqueza narrativa y originalidad de lenguaje. Su participación en festivales y su presencia internacional ha sido durante 2010 más bien exigua, aunque se puede subrayar los dos premios conseguidos por «Balada triste de trompeta» en el Festival de Venecia y el de interpretación ganado por Javier Bardem en el de Cannes con «Biutiful», la película del mexicano González Iñárritu. En cualquier caso, nadie se atreverá a decir que ha sido un buen año del cine español ni en lo artístico ni en presencia internacional. Aparte, claro está, del descubrimiento que nos ha hecho el mundo de un director español, Rodrigo Cortés, y de una película «española» que nos llega sorprendentemente de fuera, «Enterrado».

Y con este panorama preocupante en lo industrial y pintoresco en lo artístico (lo mejor del cine español nos llega últimamente rebotado de fuera, y cada vez son más los nombres de actores y también directores que trabajan más y mejor fuera que dentro), nuestra cinematografía se dispone a celebrar su gran noche, la de los Premios Goya, que se repite anualmente como el día de la marmota a Bill Murray.

Y es ahora, tras esta descripción sin pormenorizar del estado actual del cine español, cuando uno se da cuenta de la imposibilidad de hacer de todo esto un drama: el tono es el de la comedia (unos años más burlesca que otros), una pantomima en la que participan todos los miembros de ese peculiar mundo del cine, agrupados bajo el tejadillo de una Academia, y empeñados siempre en convertirse en el termómetro de algo que no será ni la cinematografía ni las películas que se hacen, sino cualquier otro asunto que ellos, «el colectivo», decida que se ha de anteponer al hecho fílmico. Es decir, y aquí está lo gracioso de esa comedia, la Academia tiene una facilidad asombrosa para «destapar» cualquier gran «tema» al tiempo que «tapa» su propio cine... Y parecía que el pasado año, con buenos números de audiencia y taquilla, con cierto éxito dentro y fuera, y con la presencia del presidente Álex de la Iglesia, la broma anual era menos pesada; pero era sólo un paréntesis, pues ya para este año la Academia ha vuelto a tomar las riendas de su propio destino tragicómico y la gran intriga para la noche de los Goya no está en quién ganará, sino en quién desafinará y con qué instrumento...

El «leit motiv» de la obra que pondrá en escena la Academia durante su festejo de este año será (por acción o por omisión) la piratería, esa «lacra» que tan preocupados mantiene a los «creadores» españoles, y que cuya intención de atajarla mediante una Ley ha facilitado una lucha de corralito entre miembros destacados de la Academia, de los sectores cinematográficos y del Ministerio de Cultura, tan dado a la comedia como la propia Academia. Por supuesto que la piratería es un problema mundial, que es el principio de algo gigantesco y enorme cuya regulación se irá aquilatando a lo largo de este siglo o milenio, que hay derechos y que hay también «no hay derechos»... Vale, y que el mundo del cine no puede quedarse al margen de su siglo y de su milenio. Bien. Pero, por favor, ¿alguien cree en serio que el cine español pierde audiencia porque su público prefiere «bajárselo» ilegalmente en casa?..., ¿alguien conoce a algún «pirata» que se «baje» esas películas españolas que no triunfan en las salas?

Llega la ceremonia de los premios Goya; a ver si nos suena...

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