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«Me sentí como un judío en un campo de concentración»

Ramin Jahanbegloo, filósofo y disidente iraní, encarcelado en la revolución verde

Día 09/02/2011
ÓSCAR DEL POZO

-Otro hombre dispuesto a inmolarse en Argelia. La rebelión por el mundo árabe se extiende como el fuego.

-Lo llamo el «momento Gandhi» de Oriente Medio, que empezó hace dos años en Irán con la Revolución Verde, tras las elecciones. La sociedad civil pide democracia y abre un nuevo paradigma porque el cambio se hace de abajo arriba y no al revés, como hasta ahora. Esto causa muchos problemas a los políticos acostumbrados a lo anterior, e Israel, EE.UU. o Europa están perdidos, dudan, no saben a quién apoyar. De hecho, el miedo también ha cambiado de campo: del de los ciudadanos ha pasado al de los gobiernos.

-¿Y esa duda no se debe al temor a los islamistas?

-El proceso de democratización que se da en el mundo árabe no se inspira por movimientos como la revolución islámica de Irán de 1979, sino por la revuelta verde de 2009. El problema para Europa y sobre todo para EE.UU. es su apoyo a los peores regímenes teocráticos de Oriente Medio, que son Arabia Saudí, Kuwait y Emiratos Árabes, origen de los grupos salafistas, de Al Qaida, y que financian las escuelas de talibanes. Son esos los que no quieren una democracia.

-¿Qué fue de la «revolución verde»?

-Sigue en marcha. Un movimiento cívico compuesto por mujeres, intelectuales, estudiantes y jóvenes no llega al poder enseguida. Evoluciona como la Europa del Este tardó en dejar atrás el comunismo. Y no debemos sopesar este movimiento solo por lo que sucede con sus líderes, sino por el cambio de mentalidad de los jóvenes iraníes y sus aspiraciones.

-¿El islam lleva en su ADN el totalitarismo?

-No. Ahí están India, el segundo país con más musulmanes del mundo y que tuvo un presidente musulmán, o Indonesia, con sistemas democráticos. El problema de Occidente es considerar el islam como algo propio de Oriente Medio. Gandhi dijo que la persona menos violenta que jamás había conocido era un pastún, tribu donde ahora hay talibanes.

-Pasó cuatro meses en una prisión iraní acusado de conspirador, espía de EE.UU. y colaboracionista.

-Estar en prisión y aislado es muy duro, muy amargo. Me sentí como un judío en un campo de concentración, pero también pensé en mis capacidades como intelectual y actor social, medité sobre la crueldad y la inhumanidad y esas ideas cristalizaron en mi tarea intelectual y como humanista no violento.

-Usted sobrevivió, pero a Neda la reventaron de un tiro y a Taraneh Mousavi la violaron y torturaron hasta morir. ¿Cuántos mártires más hacen falta?

-Cada lucha tiene sus mártires, pero la cuestión no es cuántos muertos más hacen falta, sino cuánto hay que trabajar por los vivos. Hay vitalidad y esperanza en los iraníes para crear una sociedad democrática.

-Es padre de una niña. Imagino el desgarro ante un régimen que trata así a las mujeres.

-Pero tengo que pensar en los otros sin odio, como Desmond Tutu o Mandela en Sudáfrica. No habrá futuro en Irán basado en el odio o en el miedo; solo habrá futuro democrático desde la reconciliación y el perdón, y para eso hace falta compasión y esperanza.

-¿La humillación es arma de destrucción masiva?

-Sí, claro. La usó España contra los aztecas, y los blancos protestantes anglosajones contra los indios de EE.UU.; pero de la humillación, como la de los nazis a los judíos, hay que esperar consecuencias, y pueden ser terribles. Espero que el pueblo iraní supere tanta humillación y deshumanización y no repita ese proceso entre ellos o con los pueblos de alrededor.

-Defensor del diálogo intercultural, ¿a un terrorista se le puede convencer con la palabra?

-No. Pero el diálogo no es solo hablar, sino sacar a la gente de la lógica del miedo y llevarla a la lógica de la coexistencia. La lógica del tic-tac de las bombas a punto de estallar que lleva a EE.UU. a torturar en Abu Grahib o Guantánamo no vale porque la excusa de matar a uno para salvar a mil es la lógica del terror y no se le puede atajar con su propio mecanismo. El verdadero diálogo es escuchar y entender a las culturas que crean terroristas y ver qué ha sucedido.

Entre Ortega y Gandhi.

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