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En casa del primer «mártir»

Mohamed Bouazizi provocó la revuelta tunecina cuando se quemó a lo bonzo. ABC visita a su humilde familia

Día 18/01/2011 - 03.58h
Perdida en medio de la nada, Sidi Bou Zid es como muchas otras una pequeña ciudad de Túnez ignorada por los folletos de los circuitos turísticos occidentales. Sus poco más de 40.000 habitantes viven de la ganadería y del comercio. Desde el pasado viernes, fecha de la caída de la dictadura de Zine El-Abidine Ben Alí, Sidi Bou Zid ha entrado en los anales de Túnez. Y quién sabe si en los de toda la región.
EFE
Mohamed Bouazizi, en una imagen de archivo
Aquí se quemó a lo bonzo, delante de la sede del gobierno, Mohamed Bouazizi, el joven vendedor de fruta callejero que pretendía así protestar por la confiscación de su carrito de legumbres. Al día siguiente prendía en la ciudad la protesta social, que pronto se contagiaría a todo el país. Las revueltas llegaron por fin a la capital, y en poco más de una semana bastaron para poner en fuga al dictador Ben Alí y a gran parte de su familia.
Mohamed tenía 26 años. Al terminar el bachillerato, a los 19, decidió dejar los estudios para ponerse a trabajar de vendedor ambulante y mantener a su extensa familia. Mohamed tiene un hermano y una hermana. Al morir su padre, su madre contrajo nupcias con un tío, que, por su parte, aportó a la casa cuatro hijos, también sin recursos. «Era el único que traía dinero a casa —nos cuenta su hermano Salem—; su gran ilusión era que nuestra hermana Leila pudiera hacer los estudios universitarios, y él lograse ahorrar para comprar un camión donde poder vender la fruta y las hortalizas».
Desesperación
El día en que tres funcionarios del ayuntamiento le confiscaron el carrito, por falta de permisos, y le golpearon, «su desesperación fue enorme. Fue a la sede del gobierno para protestar y allí recibió el mismo tratamiento de desprecio. Él no se quemó: le quemó la administración», afirma convencido el nuevo cabeza de familia. «No recibimos amenazas físicas, pero nos advirtieron que no hablásemos con la prensa», cuenta Salem, que se emociona al recordar que el día en que su hermano Mohamed se quemó a la bonzo él tuvo su primer hijo.
Ya en la capital, durante la agonía en el hospital, la familia fue invitada al palacio presidencial por Ben Alí. «Nos dijo que no sabía que la situación económica fuera tan angustiosa, y que no entendía por qué habían maltratado a mi hermano si no vendía droga o productos ilegales», recuerda Salem. En esos días, un chófer les llevó un cheque de parte de la familia Trabelsi (los parientes de la esposa del dictador, Leila), y uno de los sobrinos de la primera dama les ofreció por teléfono dinero, que rechazaron.
«Es cierto que Mohamed no tenía todos los permisos para vender en la calle, pero lo intentó y no pudo. Casi nadie tiene los permisos en Túnez; hay que pagar muchos sobornos para lograrlos», afirma Salem Bouazizi.
«¿De qué vivimos ahora? De la ayuda de la gente de nuestra ciudad. No tenemos nada. Sólo en un par de ocasiones el gobernador de Sidi Bou Zid nos envió unas cestas con comida. Nuestra situación sigue siendo miserable». Los Bouazizi —nueve miembros en la familia, más una nueva boca que alimentar, el bebé Omar, nacido el día de autos— no saben que se han convertido en un icono de la revolución tunecina, y que el drama de Mohamed está empezando a tener émulos en otros países de la región. Sí advierten que su hijo, o su hermano, murió «por una causa justa» y que a ellos les toca ahora defenderla. «Vamos a seguir luchando por nuestros derechos, y por los de toda la gente pobre de Túnez», advierte con solemnidad Salem Bouazizi.

Antorchas humanas en toda la región

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