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La sangre de los mártires

Lo que no saben esos individuos, como tantas otras cosas, es que con su crimen suelen alcanzar lo contrario de lo que pretenden

Día 10/01/2011
LA pregunta que se hacen hoy unos norteamericanos tan anonadados como compungidos es si la tragedia de Tucson acabará con la crispada polarización que vive su país o señala el comienzo de otra era de violencia doméstica, como la ocurrida durante la guerra en Vietnam o las marchas de derechos civiles. Sin que nadie sea capaz de contestarla.
Que el luctuoso suceso, que ha dejado seis muertos, entre ellos un juez federal, y a una congresista en estado crítico, se debe a la radicalización de esta política es innegable. El debate civilizado ha sido sustituido por el ataque rabioso en Internet y la crítica razonada, por el insulto e incluso la amenaza, con mensajes claros de batalla: «enemigos domésticos», «disponed vuestros ejércitos», «tomad las armas». Tanto el juez Roll como la congresista Giffords habían recibido abundancia de ellos. Hasta qué punto los propios políticos han contribuido a ello está por decidir. Pero que ese mapa de «dianas» de los distritos a conquistar para impedir la reforma sanitaria de Obaba que Sarah Palin había hecho circular, ha tenido que interpretar un papel en la tragedia parece evidente, aunque haya sido de forma involuntaria.
El resto lo hacen las circunstancias. Arizona, un estado limítrofe con Méjico, donde el problema de los inmigrantes ilegales se vive cada día y donde acaba de aprobarse una polémica ley contra ellos. Sólo faltaba el ejecutor, un joven inestable, confuso, mesiánico, con problemas de convivencia en la escuela, suspendido en el college donde estudiaba, rechazado por el ejército, que volcaba su frustración en la red, en los asuntos más diversos, desde el patrón oro al intento gubernamental de controlar las mentes, un tipo, en fin, más abundante de lo conveniente en Estados Unidos, como Lee Harvey Oswald (por cierto, el segundo nombre de Loughner es Lee), que intentan pasar a la historia con un asesinato histórico, y de paso, acabar con su tortura mental.
Lo que no saben esos individuos, como tantas otras cosas, es que con su crimen suelen alcanzar lo contrario de lo que pretenden. El asesinato de Kennedy creó tal conmoción en el país que permitió a su sucesor, Johnson, pasar la legislación de derechos civiles que posiblemente aquél no hubiera conseguido aprobar. El atentado de Tucson puede muy bien dar luz verde en el congreso a la reforma sanitaria de Obama. Y es que no hay abono más fructífero que la sangre de los mártires. El juez Roll, modelo de humanitarismo, y la congresista Giffords, apasionada, compasiva, independiente, son el polo opuesto de ejemplar humano que suele ofrecer este país.
Mientras el sheriff del distrito donde ocurrió la tragedia resumía el ánimo del mismo: «Es hora de que reflexionemos sobre nuestro espíritu. Si los servidores públicos siguen recibiendo amenazas, pronto no seremos capaces de encontrar a gente razonable y decente para asumir esos cargos».
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