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La «Boom generation» se jubila

Una generación que ha vivido la era imperial norteamericana y los primeros síntomas de su decadencia

Día 03/01/2011
CON el 2011, los Estados Unidos celebran, si celebrar es la palabra justa, la llegada a los 65 años de la «baby-boom-generation», la generación nacida inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, que por su número —79 millones, casi un tercio de la población— ha venido rigiendo la vida de este país, e indirectamente la del mundo, durante el último medio siglo.
Ha sido la generación —pues hay que empezar a evaluarla ya en pretérito— inconformista, narcisista, hedonista, que se crió según la receta del Dr. Spock —«toda imposición es una mutilación»—, creció con la música del Elvis Presley, vio el asesinato de un presidente y la destitución de otro, se manifestó contra la guerra en Vietnam para no ir a ella, presenció la llegada del hombre a la Luna, vivió la Revolución Cultural —que más bien era anticultural—, aplaudió el desplome de la Unión Soviética, se ganó la vida como pudo, aunque siempre bajo el lema «hemos venido a este mundo a gozar», asistió con curiosidad a la llegada del primer ordenador personal y hoy se ve desbordada por los iPods, para cuyo manejo tienen que pedir ayuda a sus hijos y nietos. Una generación que ha vivido la era imperial norteamericana y los primeros síntomas de su decadencia, tras sufrir un Pearl Harbour en casa el 11-09-2001. Que creyó, y actuó como si el mundo fuera Jauja y hoy se encuentra condicionada por la mayor crisis económica de los últimos tiempos y ha elegido al primer presidente negro con grandes esperanzas, que no acaban de materializarse. Que ha pasado de la riqueza a la estrechez sin darse cuenta, representando a los Estados Unidos como ninguna otra a lo largo de su corta, pero emocionante historia.
Hoy, los «boomers», como se les conoce familiarmente, suelen ser ciudadanos tranquilos y escépticos, tras haber visto y protagonizado tantas cosas tan distintas. Viven en el nivel alcanzado por cada uno, recostados en los recuerdos, bastante más placenteros que el mundo que discurre más allá de sus puertas y ventanas. Un mundo donde el dólar ya no es el dueño de las monedas, ni su país, el señor de los mares y la tierra. Un mundo multipolar, errático, incompresible y peligroso, que no invita a aventurarse por él y, menos, a salvarlo, como hicieron sus padres y abuelos.
Pero es el mundo que ellos crearon con su egocentrismo, su ruptura con todas las normas, su culto a lo exótico, su desprecio de los mayores, que ahora resultan ser ellos. Así que escuchan a Elvis refugiados en sus casas, los que la conservan, reciben visitas esporádicas de sus hijos y nietos, los que los tienen, y sacan a pasear a sus perros, que tienen todos. Consolándose con haber vivido la Edad Dorada norteamericana.
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