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Columnas / EL RECUADRO

La calculadora de euros

El despilfarro nacional empieza porque nadiepiensa ya en pesetas lo que pagamos en euros

Día 02/01/2011
TAL día como hoy de hace nueve años, el 2 de enero de 2002, todos estábamos con una calculadora de pesetas a euros y de euros a pesetas que nos acabábamos de comprar. Acabábamos de rasgar el plástico de aquella bolsita que te daban en los bancos a cambio de pesetas y que la campaña de divulgación llamó Monedero Euro, lo que motivó las protestas de los demasiado creyentes, que cuando les daban el envoltorio de plástico reclamaban la marroquinería de piel. Creían que el Monedero Euro era de Ubrique.
Mal que bien, nos familiarizamos con las nuevas monedas. Con la de 1 euro, que nos recordaba con su filo dorado las libras del viaje a Londres para las rebajas. Con la de 50 céntimos, oronda como una galleta María. A trancas y barrancas, nos familiarizamos con la nueva imagen numismática del Rey, con la gola del retrato de Cervantes, con el Obradoiro en el cobre de los centimitos sueltos. Y no dejábamos de tener a mano la calculadora de euros, con sus teclitas azules de las pesetas y de la nueva unidad monetaria. Y bollo de pan que comprábamos o factura que pagábamos era cuenta que hacíamos con la calculadora. Hasta nos aprendimos de memoria la exacta equivalencia del euro en pesetas, con decimales y todo: 166,386 pesetas por cada euro.
Ya todo aquello pasó, todo quedó en el olvido, como en el bolero de Carmelo Larrea. ¿Cuánto tiempo hace que dejó usted de usar la eurocalculadora? ¿Desde cuándo no ve usted una sobre el mostrador de una tienda, al lado de la registradora? Casi nadie se toma ya el trabajo de traducir a pesetas el disparatón de lo que cuesta cualquier producto o servicio, y por eso nadie se lleva las manos a la cabeza. Con la entrada en el euro admitimos todos una inflación técnica que así nos va: olvidando la cotización de las 166 pesetas, todo el mundo hizo su tabla de equivalencia: 1 euro = 1 moneda de 100 pesetas. Padecimos la sinvergonzonería nacional del que llamaron «redondeo». Lo malo es el que el redondeo mental de la equivalencia del euro lo seguimos aplicando todos, que ya no nos tomamos el trabajo de traducir a las que peyorativamente llaman «antiguas pesetas», que han quedado tan arqueológicas como aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar, que se encontraba la gente a la orillita de etcétera.
Tras el subidón de la luz y desde la Gauche Caviar, el Ministro de la Bombilla de Bajo Consumo ha dicho que nos quejamos por vicio, que, total, la luz ha subido lo que cuesta un café. No el famoso café a 80 céntimos de ZP, sino un café de cualquier barra, que son por lo menos 2 euros. ¿Pero usted ha echado la cuenta de lo que son 2 euros, del dineral que cuesta un café? Dos euros son 332,60 pesetas. Una barbaridad. Si paga usted en el bar una ronda de cuatro cafés a otros tantos amigos, son 1.330,40 pesetas del ala. Que se dice pronto 1.330 pesetas por cuatro cafés. Claro, como ya no usamos la calculadora de euros... La otra tarde, en el programa de Jorge Javier Vázquez, salía una vieja muy repintada y repeinada, contentísima porque en la peluquería le habían cobrado sólo 20 euros. ¿Pero usted sabe lo que son 20 euros, señora? Veinte euros son 3.326 pesetas. Lo que cobraba Llongueras antes del euro es lo que llevan ahora las peluquerías de barrio a las viejas que van de público al «Sálvame». Y todo así. El despilfarro nacional empieza porque nadie piensa ya en pesetas lo que pagamos en euros. Propongo mi fórmula: que volvamos a usar la calculadora de euros. Como tal día como hoy, hace nueve años.
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