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Humanismo y humanistas (II), del siglo XVIII a nuestros días

Día 02/01/2011 - 19.14h
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ABC de las Artes y las Letras de Castilla-La Mancha, en su número anterior, albergó la primera parte de una línea cronológica que recorría el humanismo y los humanistas habidos en nuestra región entre los siglos XV y XVII. En el presente, el panorama se completa con manifestaciones y representantes de esa misma corriente del siglo XVIII al XX

Podría pensarse que el advenimiento del pensamiento ilustrado fue el final del humanismo. Sin embargo, la propensión al enciclopedismo, la compilación del saber total y la confianza en la razón humana como medio gnoseológico prorrogaron el interés por los estudios clásicos también en nuestra tierra. Muestra de ello es la figura de Andrés Marcos Burriel y López (Buenache de Alarcón, Cuenca, 1719-1762), jesuita, historiador, que destacó como epigrafista. Calixto Hornero de la Resurrección del Señor (Pozuelo de Calatrava, Ciudad Real, 1742-1797), descolló como gramático, retórico y latinista; enseñó Latín, Retórica y Poética en el Real Colegio de Escuelas Pías de San Fernando de Madrid; para aducir el alcance de sus métodos pedagógicos, diremos que sus obras sirvieron de libros de texto para la formación de religiosos durante más de un siglo dentro y fuera de España; sustituyó el Latín por la lengua vulgar en la enseñanza, de tal suerte que, desde que compuso su gramática latina en español, quedó prácticamente abolida la práctica de redactar estos textos en la lengua antigua. Como helenista y arabista, contamos con José Antonio Conde y García (Peraleja, Cuenca, 1766-1820), que tradujo a Anacreonte, Teócrito, Bion, Mosco, Safo y Meleagro; nos ha legado también una edición, traducida y anotada, de la Descripción de España de Al-Idrisi. Juan de Cuenca, natural de la ciudad que indica su patronímico, en 1729, permaneció como jerónimo en el monasterio de El Escorial, desde 1748 hasta su muerte, donde desarrolló una denodada labor como helenista, arabista e historiador, de la que ha dejado constancia en una treintena de obras, lo que propició su nombramiento como académico correspondiente de la Real Academia de la Historia en 1783. De la insigne figura de Lorenzo Hervás y Panduro (Horcajo de Santiago, Cuenca, 1735-1809) hemos dado noticia en estas páginas; su labor en el ámbito del humanismo clásico la desplegó como profesor de Latín en el Colegio de Cáceres; del mismo modo, sus visitas a las ruinas de Cabeza de Griego le hicieron identificarla como la antigua Segóbriga romana. Miguel Clemente Picazo y Ruipérez (Tarazona de La Mancha, Albacete, 1739-1816) sobresalió como moralista con sus Disertaciones críticas, eruditas e instructivas de máximas morales y políticas, extraídas, en su mayor parte, de textos hebreos y de autores griegos y latinos. Y concluimos este repaso al humanismo castellano-manchego del XVIII con una de las personalidades más interesantes de entre las de su grey, la de Pedro Mariano de los Ángeles Estala Ribera, más conocido como Pedro Estala (Daimiel, Ciudad Real, 1757-1815), clérigo escolapio, catedrático de Retórica y Griego en el Seminario Conciliar de San Carlos en Salamanca, impulsor, junto con otros ilustrados, de una colección de clásicos latinos, traductor y comentador del Edipo rey de Sófocles, y del Pluto de Aristófanes.

El siglo XIX

El tránsito del siglo XVIII al XIX acarrea una revivificación de la Filología clásica, sobre todo, en Alemania. Las figuras de August Wolf, en primera instancia, de Otto Jahn y Friedrich Wilhelm Ritschl, maestro este último de Friedrich Nietzsche, y las reacciones de adhesión, por parte de Edwin Rhode, y de rechazo y alternativa por parte de Ulrich von Wilamowitz-Möllendorff conformaron el sustrato de un prestigio redoblado de los estudios clásicos que se extendería por el resto de Europa. En este contexto de revisión alcista, Castilla-La Mancha presenta algunos nombres de valía y aportaciones desiguales, como el de Bonifacio Sotos Ochando (Casas-Ibáñez, Albacete 1785–1869), gramático que bosquejó un Proyecto y ensayo de una lengua universal, y filosófica, Madrid, 1852. Propiamente latinista fue José Jesús Cacopardo y León (San Clemente, Cuenca, 1789-1851), que desempeñó el cargo de catedrático de Latinidad en Sepúlveda y de Retórica y Poética en el Instituto de Palencia, ocupaciones en las que suscitó admiración por su dominio del Latín y su pulcritud estilística como escritor en esta misma lengua, razón por la que pasó a formar parte de la Academia Grecolatina. Francisco Fernández y González (Albacete, 1833-1917), catedrático en las Universidades de Granada y Madrid, y luego rector de la Universidad Central, miembro de número de las Academias de Historia, San Fernando y de la Española, enseñó en Granada Literatura Clásica y Lengua Árabe. Como sinólogo, destacó el misionero agustino Julián Bermejo (Villanueva de San Carlos, Ciudad Real, 1777-1851), que desplegó su labor en Filipinas. Severo Catalina del Amo (1832-1871) fue catedrático de Hebreo en la Universidad Central y fijó su interés en los vestigios hebraicos en la lengua castellana.

El siglo XX

Llama poderosamente la atención que un cúmulo de notables arabistas se conciten en esta centuria en nuestra región: Ignacio Calvo y Sánchez, (Horche, Guadalajara, 1864-1930), Ángel González Palencia (Horcajo de Santiago, Cuenca, 1889-1949), Manuela Manzanares López, (Torre de Juan Abad, Ciudad Real, 1910-2004), Emilio González Ferrín, (Ciudad Real, 1965- ). No menos interesante es la aportación en la esfera de los estudios hebreos de Máximo José Kahn (Frankfurt del Main, 1897–1953), hebraísta y escritor sefardí de origen alemán que llegó a España en 1920 y se instaló en Toledo, donde residió diez años, adoptó la nacionalidad y la lengua españolas; o Antonio Paz y Meliá (Talavera de la Reina, Toledo, 1842-1927), que nos dejó una edición de la Biblia de Alba traducida del hebreo por el hispanojudío guadalajareño Moisés Arragel (1920-1922). Entre los latinistas, merece mención Francisco Yela Utrilla (Ruguilla, Guadalajara, 1893 –1950), que fue catedrático de Latín en el Instituto General y Técnico de Lérida (1920), si bien su tarea ha sido más la de historiador. Con todo, la labor desplegada en el campo del Latín y del Griego en nuestra región están íntimamente ligada al Colegio Universitario de Ciudad Real, donde dos personas, Luis de Cañigral Cortés y Francisco Martín García han desarrollado una importante tarea de investigación y formación. Como profesor de Filología Clásica, Luis de Cañigral ha simultaneado una obra de investigación con otra de creación ofreciéndonos en ambas parcelas excelentes resultados. Su interés por el humanismo le ha llevado a estudiar a Pedro Simón Abril, Jerónimo Martín Caro y Cejudo, y otros humanistas castellano-manchegos, un camino que le condujo, a su vez, a la investigación sobre la historia del libro y de las bibliotecas, asunto, en suma, sobre el que es un reconocido experto; gozan de gran prestigio sus traducciones de poetas griegos del siglo XX como Kosntantinos Kavafis, Odiseas Elitis y Manis Ritsos. El catedrático Francisco Martín García, por su parte, sobresalió como helenista; dedicó fértiles investigaciones a la obra de Polieno y Plutarco, Babrio y Esopo. La lexicografía griega, despertó su interés hasta el punto de publicar, en Georg Olms, siete volúmenes de índices de diversos autores. Los últimos años de su vida, truncada tempranamente, los dedicó al estudio de la literatura bizantina, lo que le llevó a Juan Fernández de Heredia, nombre, como dijimos, fundacional del humanismo español. Joaquín Menchén Carrasco, profesor de Griego en Segunda Enseñanza, destaca como traductor de la Biblia de Jerusalén. El culturalismo, que eclosionó como procedimiento de trasmutación del yo poético en la tercera generación de poetas de posguerra tiene en José María Gómez Gómez (Parrillas, Toledo, 1951), catedrático de Lengua castellana y Literatura afincado en Talavera de la Reina, un cultivador asiduo que traslada a sus versos, frecuentemente, recreaciones líricas de mitos greco-latinos.

En la Sociedad del Conocimiento

Pese a que la nómina aquí presentada es nutrida en cantidad y calidad, lo cierto es que los estudios clásicos iniciaron un lento declinar a partir del siglo XVIII que ha seguido su curso menguante hasta nuestros días, en Castilla-La Mancha y en todo Occidente. Un ínterin en este proceso es el nuevo florecimiento que se produjo en la Alemania del siglo XIX, al que ya nos hemos referido tuvo una onda expansiva de enorme prestigio cuyos efectos se extendieron durante todo el siglo XX, con un efecto decreciente a medida que la centuria avanzaba. En nuestros días, tiempos que han instaurado la llamada Sociedad del Conocimiento, en paradoja insostenible, las humanidades clásicas apenas tienen espacio ni tiempo en la ordenación académica escolar ni en la esfera cultural. Ese hecho hace que nos cuestionemos hasta qué punto la nuestra es una verdadera Sociedad del Conocimiento. Es indudable que el humanismo ha humanizado al hombre, que nuestra historia, nuestra cultura, nuestra identidad social, como evolución civilizadora, es incomprensible sin la presencia de esta veta cultural. ¿Seremos capaces de construir un futuro en progreso sin la presencia del humanismo clásico? Si respondiéramos de manera aventuradamente afirmativa a este interrogante, ¿no estaríamos perfilando una divisoria histórica más preocupante que la propia brecha digital? Frente a esa actitud negligente y pasiva, nosotros nos alzamos desde estas líneas que entendemos como una modesta aportación a lo que creemos un necesario proceso de vivificación del humanismo, un rehumanismo.

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