Toledo

Toledo / FOTOGRAFÍA

Pepe Castro retrata a Carmen Conde

Día 01/01/2011 - 22.57h
Carmen Conde Peñalosa. 80 años. Abogada. Ni los efectos del paso del tiempo sobre la piel de su rostro, ni el cabello blanco que lleva muy corto sobre las orejas pueden apagar el brillo de sus ojos azules, esos que miran al mundo bondadosos y sabios, luminosos de civilismo y honradez, en el estudio del fotógrafo.
Carmen Conde, primera decana de un Colegio de Abogados en España, ha sido toda su vida un soldado del Derecho, ese que no distingue entre hombres y mujeres, ricos y pobres, creyentes y ateos. El destino quiso que llegara al mundo en el seno de una estirpe de abogados; lo fue su bisabuelo, y también su padre Ángel, quien le inculcó el oficio en clave de servicio a los demás; o su marido Juan José, compañero de alegrías y penas. Y abogados son ahora tres de sus seis hijos. El Derecho nunca fue una forma de ganarse la vida sino un principio de vida y bastón de su fe.
«Siempre he fumado, empecé a hacerlo por rebeldía, porque estaba muy mal visto». Extremadamente moderna en el buen sentido de la palabra, fue la primera mujer abogada en su Toledo natal hace más de medio siglo. Matilde, su madre, la acunó entre los brazos del espíritu libre y a los 11 años marchó a estudiar a Madrid, al colegio de las Monjas Irlandesas, de donde salió hablando un buen inglés y lista para la Universidad.
Su menuda figura contrasta con una voz profunda que pronto empezó a sentar cátedra en los tribunales, y nunca se sintió discriminada entre sus colegas del otro sexo, faltaría más, porque Carmen no era mujer, aunque tampoco hombre en su oficio. «Creo que te defiende una mujer», comentó alguien con cierto retintín machista a un cliente que le había encomendado su defensa. La respuesta fue rotunda: «No. Me defiende un abogado».
Hace 50 años se casó de corto, —traje de chaqueta blanco—, en la Capilla del Sagrario de la catedral, y entre robos, embargos, divorcios o asesinatos transcurrió una exitosa vida profesional que no alteró nunca una austeridad casi monástica y su sobria elegancia. Ahora, acompañada ya de demasiadas ausencias, disfruta de todos los libros no leídos y las músicas no escuchadas. Y cuando su hija médico no anda cerca, se enciende un cigarrito.
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