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Duran i Lleida: «Sería bueno tener un catalanista en el Gobierno español»

El político más valorado de España charla con ABC

Día 03/04/2012 - 15.17h

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Resulta que este político correcto y sensato es el más valorado de España. Tal vez porque Duran i Lleida dice lo que piensa. Un milagro. Pero lo dice con un tono de voz suave, comedido y, con tal habilidad, que incluso los miembros del gobierno en alguna ocasión le agradecen los reproches. Un milagro todavía mayor. Aunque Duran cree que esa es sólo una postura para contrastarlo con Rajoy. O sea, que además es realista. Su imagen, su vida, es admirablemente tradicional: un matrimonio acertado, tres hijas ya universitarias, una dedicación que le apasiona, una apariencia de sobria elegancia. Amable, educado y algo distante. Tiene el sentido común como norma, y unas ideas tan claras, tan firmes, que resultaría difícil hacérselas cambiar. Pero en medio de la conversación, a través de las gafas, encuentras a veces unos relámpagos de mirada fija, observadora y atenta a tu reacción.

Le gusta la lectura, el cine, la música y el deporte. Y aunque me advierte que ahora la falta tiempo para practicarlo, en el Congreso sube y baja los tramos de escaleras —los ascensores no existen para él— a tal velocidad, que apenas le sigo jadeando.

Desde luego es hiperactivo. O su día tiene otra medida. Sin embargo, no sufre de estrés… Pero a cambio padece —dolorosamente en algún momento— de colon irritable. Lo que viene a ser una consecuencia semejante.

En el coche, ojea los periódicos —todos—; y a la vez, pregunta. Habla por el móvil —cinco, seis llamadas—; y a la vez va quitándose con un pañuelo de papel el maquillaje de la última entrevista, esta misma mañana, en televisión. Saca sus cuatro bolígrafos y rotuladores y se los distribuye ordenadamente en un bolsillo. Y mientras, concreta por teléfono un encuentro con Rubalcaba para dentro de veinte minutos, en cuanto llegue al Congreso…. y «cuando usted quiera, podemos empezar».

—Lo curioso de su buena imagen es que usted sea tan valorado por la derecha como por la izquierda. ¿Cómo lo ha conseguido?

—Creo que la gente está harta de la confrontación política. No le gusta la descalificación continua, y prefieren a alguien que se exprese con respeto. Además, el ciudadano está cansado de que los políticos no hablemos su mismo lenguaje. Y yo lo procuro. Pero le advierto que me valoran algo más en las encuestas; pero tampoco apruebo.

—¿Por qué se ha llegado en España a ese desprestigio de los políticos?

—Por muchas razones. Los políticos de hoy, entre los que me incluyo, hemos bajado el nivel respecto a los políticos de la transición española... Si a esto añadimos el problema de la financiación de los partidos; y la corrupción, de partido o personal; y la ley electoral que no propicia un contacto directo de los electores con sus elegidos.... Incluso los propios medios de comunicación que a menudo destacan en titulares lo que menos interesa a la opinión pública… Pues ahí tiene usted las causas de que los españoles vean a los políticos como un problema.

—¿Querría que alguna de sus hijas se dedicara a la política?

—No. Por supuesto que no… con uno en la familia ya basta. Sin embargo, la mayor ya frecuenta la sede de Unió porque milita en las juventudes…

—Pero a usted le gusta la política.

—Me apasiona… Yo la concibo como un servicio público.

—¡Vaya! No parece esa la imagen que transmiten los políticos.

—Habrá de todo… Pero sí: la opinión pública cree que somos una cuadrilla de vividores. Los políticos están mal vistos y, le advierto, que mal pagados. Por eso cada día es más difícil encontrar gente válida que quiera dedicarse a la política; porque nadie desea estar en el ojo del huracán.

—Para los españoles la única preocupación, por encima de ustedes, es la crisis económica y el paro. ¿Es tan grave la situación?

—Digamos que es preocupante. Fíjese: hoy España es un país bajo la vigilancia de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional. De hecho el Gobierno va tomando medidas obligado desde el exterior… Todo pone de relieve la situación de gravedad en la que España se encuentra.

—Usted dijo que la actitud del gobierno era optimista y perezosa.

—Sí. Lo dije respecto a los presupuestos, porque se basan en un cuadro económico irreal; luego se nutrían del optimismo antropológico del presidente. Creer que España va a crecer un 3% cuando ningún organismo internacional lo prevé así, es un optimismo fuera de lugar... Y pensar que aumentará el consumo, cuando la gente sólo intenta ahorrar porque no confía en el futuro, me parece un exceso. Además, ese optimismo va acompañado de pereza. Ha hecho una reforma laboral tarde y mal. Y está haciendo mal la reforma del sector energético…

Ninguna idea económica

—Pero el nuevo gobierno debía acabar con las contradicciones ¿no?

—Veamos: el presidente justificó la renovación de ministros porque así situaba al país en mejores condiciones para superar la crisis. Sin embargo, no ha habido ningún cambio en el equipo económico, ni hay ninguna idea económica distinta. Y, sobre todo, no toma ninguna medida para generar ocupación… Por tanto, el señor Zapatero practica una incoherencia extrema. Habla de política social. Pero la política social es que una persona trabaje; no que se le pague por no trabajar… O sea que seguimos en las mismas. Así van las cosas.

—También dijo usted que el último cambio de gobierno respondía más bien al interés del partido que al interés del Estado.

—Creo que ese cambio de gobierno es útil para el PSOE, pero no tiene utilidad para la sociedad española. El presidente lo hizo hábilmente para que su artillería tenga más fuerza explosiva frente al PP. Su único objetivo era acortar distancias con los populares… Si yo fuera Rajoy, me tomaría en serio enfocar mejor mis estrategias. Pero en definitiva, es un cambio que no aportó nada nuevo para superar lo que nos preocupa.

—¿La situación se agrava por una crisis moral? Porque usted habla a menudo de la pérdida de valores.

—Sí. Yo estoy convencido de que detrás de los problemas económicos, hay una pérdida de valores. Se ha perdido el prestigio del esfuerzo y el respeto a la autoridad. Hemos valorado más el tener que el ser. Y durante estos años nos hemos comportado como nuevos ricos, que son los peores personajes posibles.

—… Y no lo éramos.

—No. España no es un país rico. Y para colmo, íbamos por el mundo sacando pecho. Nos creíamos mejores que Italia, que Francia, que Alemania… Cuando es evidente que crecíamos por un excesivo peso del sector de la construcción, con una mano de obra la mayor parte emigrante y poco cualificada. Pero aquí se practicaba el continuo pelotazo: comprabas tres pisos, los vendías antes de pasar por el notario y te ganabas una buena cantidad de dinero fácil y rápido, sin ningún esfuerzo. Eso es letal para una sociedad.

Empresas no competitivas

—¿Nadie se daba cuenta del peligro?

—Yo lo venía denunciando en los debates económicos... Y encima, para agravarlo, consumíamos más de lo que debíamos. La gente usaba coches de alta gama. Los bancos daban créditos con unos intereses bajísimos para comprarte un piso y amueblarlo… Y soportábamos un gran déficit, porque nuestras empresas no eran competitivas. Todo esto tenía que explotar un día. Y explotó. Explotó a raíz de la crisis financiera norteamericana. Pero de cualquier forma, en España habría explotado.

—Pero ¿cómo hemos llegado a esto?

—Pues por una conjunción de circunstancias… Hoy la autoridad está debilitada en la escuela, en la familia, en la sociedad. Hasta las mismas leyes han propiciado que esos valores desapareciesen. Veamos: cuando permitimos a un alumno pasar de un curso a otro con cuatro suspensos, no se está premiando el esfuerzo precisamente, sino todo lo contrario. Nos hemos equivocado. Hemos introducido en el sistema educativo unos valores denominados progres, que no funcionan. Sin embargo el sentido de la responsabilidad, él de toda la vida, había que conservarlo.

—¿Y la solución, señor Duran?

—Recuperar esos valores. Es fundamental volver a apreciar el esfuerzo, el respeto, el ahorro… el ser. Yo soy hijo de una familia humilde. Y en casa, lo único que se hacía era ahorrar. Ahora, en cambio, vivimos por encima de nuestras posibilidades. Creo que hay que dar protagonismo a la sociedad y a la familia. Las sociedades son más fuertes, cuanto más fuerte es la familia.

—¿La crisis terminará afectando al estado del bienestar?... Escuché decir a Sagardoy que ahora entramos en un «estado del medioestar».

—Verá, yo tengo una expresión acuñada desde hace años: Hay que pasar del estado del bienestar a la sociedad del bienestar. Hemos creado un estado recaudador, presente en cualquier servicio y con una presión fiscal muy fuerte. Y todo ello ha influido para que la sociedad no valore lo que cuesta ese bienestar. No podemos pensar que vivimos en un Estado-papá que lo cubre todo. Esto es imposible de garantizar y además cuesta mucho dinero.

—¿Usted es partidario de reducir el papel del Estado en nuestras vidas?

—Es que el Estado no debe de tener la pretensión de ocuparse de todo, porque acostumbra a gestionar mal y caro. En cambio la iniciativa privada suele funcionar bien y resulta más barata. Pero para esto, hay que creer en la sociedad. No se trata de eliminar el Estado, atención: porque el Estado es necesario para corregir; pero dándole peso a la iniciativa social.

—¿En todos los campos?

—Bueno, pues en la sanidad, por ejemplo. Desde luego el Estado debe garantizar a cada ciudadano el acceso libre a la sanidad gratuita; pero no tiene que gestionarla él obligatoriamente, porque supone un coste menor si se concierta con entidades privadas. Y lo mismo ocurre con la educación. Me pregunto qué pasaría si de golpe se cerraran las escuelas concertadas... Supongo que no habría capacidad suficiente de escolarización. Si la iniciativa privada ofrece esas plazas, garantiza la educación y los padres libremente la escogen... ¿para qué tiene que intervenir el Estado?. Se deberán construir escuelas públicas cuando la concertada no cubra la demanda.

—Pues se han levantado algunas voces pidiendo que se supriman las escuelas concertadas.

— Sí… Se trata de hacer la puñeta tanto como se pueda, en función del color ideológico.

Llegará el pragmatismo

—Me temo, señor Duran, que en España se antepone demasiadas veces las posiciones ideológicas a los análisis objetivos.

—Pero ya llegará el pragmatismo... El pragmatismo ha hecho mover montañas ideológicas.

—También hay otros problemas. Por ejemplo, se está cuestionando mucho la existencia de las Autonomías. Dicen que aumentan el gasto y duplican la burocracia. Dicen que cuando en Europa hay un mercado único, ¿como va sobrellevar España 17 mercados distintos?

—No tenemos 17 mercados. Pero yo comparto ese diagnóstico. Hay una superposición de administraciones y hay un exceso de gastos. Y eso lastra la posibilidad de salir de la crisis económica… Ahora bien: ¿Quién duplica a quien?. ¿Por qué existe esa superposición de administraciones, cuando ya se han transferido una serie de competencias?... Es la Administración general del Estado la que no se adapta a la nueva situación.

—¿Usted cree que España puede sobrevivir con sus 17 Autonomías?

—Ese es el debate profundo que convendría plantear en España... Pero dudo de que alguien tenga el valor político de entrar en la autentica cuestión. Y pienso que el PP tampoco lo hará. ¿España necesitaba 17 autonomías, o con menos podía pasar?. ¿En España había 17 realidades distintas que lo exigían?... Sin embargo, se aprobó el café para todos. Ahí yo creo que España cometió un error.

—¿Y nuestra ley electoral no será otro error?. Muchos votantes se plantean si es razonable que partidos nacionalistas o regionales, con pequeña representación, determinen el presente y el futuro de toda España.

—Vamos a ver, me parece injusto enfocar el debate así. Cuando el PNV o Coalición Canaria o Convergencia y Unió pactan, ya sea con el PP o ya sea con el PSOE, siempre se habla de precio o de moneda de cambio. Pero cuando el PP y el PSOE pactan estamos ante un acuerdo de Estado.

—Usted no cree, imagino, que los nacionalismos pueden ser perjudiciales. Toymbee decía que: «El militarismo y el nacionalismo son los más graves pecados destructores de la civilización».

—Pero es que cuando se refieren a los nacionalismos sólo se piensa en el catalán o el vasco... Y sin embargo, también existe un nacionalismo español. Hay nacionalismos malos; claro que los hay. Siempre depende de cómo se entienda. Por ejemplo un nacionalismo como el nuestro, es constructivo. Un día habría que hacerle justicia. Convergencia i Unió ha sido capaz de contribuir, y mucho, al desarrollo de España en momentos muy difíciles.

—Cuando CIU ha apoyado al gobierno español, ¿no pedía compensaciones?

—No. Fíjese: en los últimos años de Felipe González, con las acusaciones del Gal y de la corrupción, nosotros estuvimos apoyando a un gobierno que hacía aguas, porque la economía española tocaba claramente el suelo; y había que sacar al país rápidamente de esa situación. España presidía la Unión Europea, y era preciso que tuviéramos éxito en esa presidencia donde nos jugábamos los fondos de cohesión. Entonces nuestro papel fue fundamental. Y lo hicimos a cambio de nada… Pero de cualquier forma, en democracia hay que respetar que unos partidos pacten a cambio de unas contrapartidas. Esto es perfectamente democráticos.

—Nadie dice, supongo, que no sea democrático. Pero desde un ángulo realista, ¿usted cree que el PNV y Coalición Canaria han aprobado los presupuestos porque eran convenientes para España, o lo han hecho por las contrapartidas a recibir?

—No lo sé. Ellos sabrán. Mi opinión es que los presupuestos no son buenos. No lo son para Cataluña y no lo son para toda España. Para nosotros, porque no cumplen la disposición sobre inversión pública en Cataluña. Y no lo son para España porque, como dije, contemplan un marco macroeconómico totalmente alejado de la realidad. Y porque aunque reduce gastos —y eso lo aplaudo—, los reduce sobre todo en sanidad, educación y fomento. Y esto es otro error. No lo son además porque congelan las pensiones, porque pretenden nacionalizar las mutuas de accidentes de trabajo…

No le gustan mucho estos presupuestos.

—¡No me gustan por tantas razones…! Ahora bien, si el PNV y Coalición Canaria opinan que sí, en eso no me meto. Ellos asumen su responsabilidad. Y yo no tengo nada que decirles, porque la mayor responsabilidad la tiene el PSOE.

Intereses de partido

—Ellos asumirán su responsabilidad. Pero las consecuencias, buenas o malas, recaen sobre los ciudadanos. Quizás una de las mayores críticas a los políticos es que a veces piensan más en los intereses de sus partidos, que en España. Según Churchill, un político se convierte en estadista cuando piensa antes en las próximas generaciones que en las próximas elecciones.

—Mire, yo he dicho esto precisamente en el Parlamento: en los momentos críticos se necesitan gentes que no piensen sólo en las elecciones. España necesita ahora alguien dispuesto a asumir el riesgo. Un estadista; no un político. Alguien que se atreva a hacer a fondo las reformas que requiere el país. Pero es más, un buen estadista sabría explicar con pedagogía por qué en España son imprescindibles esas medidas. Y pienso que todos serían capaces de entenderlo.

—Volvemos otra vez a Churchill, ¿no?... A ofrecerle a los ciudadanos: «sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas».

—Esa es hoy la filosofía que pide España. Todavía nadie le ha dicho a los ciudadanos la verdad de dónde estamos. Nadie se ha atrevido a anunciar que tendremos que hacer sacrificios, que las cosas serán distintas a partir de ahora, y que no hay otra alternativa. Nadie lo ha dicho. Y el principal responsable es el gobierno, porque no ha sido capaz de explicar a la ciudadanía cuál es la auténtica realidad de este país.

—¿El sentido común es una característica del pueblo catalán?

—Yo lo intento practicar ¿eh?. Pero no siempre lo consigo...

—Si el próximo gobierno español, sea quien sea, le ofreciera un ministerio, ¿ estaría dispuesto a aceptarlo?. Ahora que, según dicen, usted ha preferido no ser conseller en cap, ¿no sería bueno para España poder contar con un catalanista sensato?

—No piense en mí… Pero sí. Creo que sería bueno que un día los catalanistas formaran parte del Gobierno español. Sería bueno para Cataluña y también sería bueno para España. Yo no renuncio a que el catalanismo político se implique en la gobernación de España. Pero, atención, dejen de lado a Duran i Lleida. Hay otras personas mejores que yo que podrían ser ministros.

Y aunque aconseja que nos olvidemos de Duran, él es muy consciente de su valía y popularidad. Pero no es malo ese convencimiento; quizás de ahí se retroalimenta su envidiable sentido común.

Más tarde admite que aquí, en Madrid, se le acercan algunos ciudadanos y le preguntan: «Señor Duran, ¿por qué no es usted el candidato en las próximas elecciones?»

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