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Columnas / MONTECASSINO

Las complicidades malsanas

Me pregunto si no es excesiva la bonhomía necesaria para confraternizar con mentirosos, totalitarios y trepadores

Día 28/12/2010
UN tribunal de Moscú declaró ayer de nuevo culpable del delito de estafa y blanqueo de dinero al exmagnate Mijail Jodorkovski. En los próximos días se sabrá cuantos de los trece años de prisión que pide el fiscal habrá de pasar Jodorkovski en la prisión de Siberia en la que ya lleva encarcelado casi siete. Los juicios contra Jordorkovski, lo sabe todo el mundo y el Kremlin no intenta siquiera ocultarlo, son una perfecta farsa en la que los jueces saben que se juegan su porvenir tanto como el propio reo. Y el guión de los mismos está tan establecido como lo estaban los de aquellos célebres procesos de Moscú a Bujarin, Kamenev, Radek o Tujachevski. No estamos comparando los métodos del primer ministro Vladimir Putin con los de Stalin. Porque son otros tiempos. Quizás sólo por eso. Pero es evidente que el hombre fuerte del Kremlin utiliza a la justicia rusa como Stalin utilizaba a la soviética. Y que la lógica imperante en el aparato judicial es la misma. Jodorkovski no malversó, estafó y blanqueó dinero en mayor medida que los demás grandes tiburones industriales y financieros del proceso de desmantelamiento de la URSS. La mayor parte de ellos gozan de libertad y buena salud como socios o benefactores de Vladimir Putin. Otros, que no hicieron buenas migas con Putin, fueron prudentes y se buscaron exilios dorados y blindados en Londres o EE.UU. A Jodorkovski le perdió esa debilidad que suele ser letal en las luchas por el poder en Moscú desde Iván el Terrible, que fue su excesiva inquietud intelectual y su ilusa creencia de que Rusia se hallaba, acabado el «periodo salvaje» del «Far East» en camino hacia el Estado de derecho. De ahí que se dedicara a financiar a periodistas y televisiones independientes y dejara entrever veleidades políticas. Fue su perdición que le llevó a una prisión en Siberia a seis franjas horarias de Moscú, donde ya los zares, después Lenin, Stalin, Jruschov y Breznev mandaban a aquellos a los que ya no querían volver a ver por la
capital. Pero el problema al que quiero referirme atañe no atañe directamente a Putin y a sus veleidades estalinistas, ni a Jodorkovski y sus imprudencias. Ni siquiera a la triste certeza de que parece claro que nunca veremos un estado de derecho en Rusia. Me refiero a la enorme simpatía que el señor Putin despierta entre algunos líderes del mundo libre. No hablaremos de otros asuntos turbios, de la muerte de periodistas o la desaparición de críticos o el bestial trato que reciben representantes de minorías. Pero todos saben que Putin es personalmente responsable de esta inmensa fechoría. Y sin embargo casi nadie ha marcado distancias de quien es, evidentemente, el artífice de este crimen. Esto más que «realpolitik» es indiferencia moral o complicidad culpable. Cierto es que a veces la compañía canalla es la más divertida. Pero algo sí habría que recordar aquello del «dime con quién andas».
La misma sensación de omnipresencia de esa indiferencia moral me ha producido un artículo escrito por Félix de Azúa en El País, en el que denuncia el siniestro híbrido de izquierdismo comunista de los años setenta y nacionalismo xenófobo que domina la escena política y cultural catalana. Habla Azúa de la «herramienta totalitaria» y de la «dictadura nacional» en Cataluña. Y de la mentira sistemática y la hipocresía de los círculos de los elegidos. Me pregunto si no es excesiva la bonhomía necesaria para confraternizar con mentirosos, hipócritas, totalitarios y trepadores. No acabo de ver la necesidad de convivir en perfecta armonía con la estafa, el abuso o la impostura.
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