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Paz en la Tierra

Madrid dispone de un templo majestuoso que reúne las condiciones de hermosura y amplitud para ser la catedral

Día 21/12/2010
DESDE que Nicolás Fernández de Moratín nombró a Madrid «castillo famoso», que sigue siéndolo, los añafiles de la gloria no suenan tan lejos como sonaban y los atabales redoblan con brío más escaso. No es a lo que me refiero responsabilidad de Esperanza Aguirre ni culpa de Alberto Ruiz Gallardón y, a primera vista, parece consecuencia de los designios de mi admirado paisano y arzobispo de la archidiócesis, Antonio María Rouco Varela. No todo lo que nos inquieta a los ciudadanos es de raíz política. Hay otros asuntos que nos encelan y, entre ellos, ocupa lugar de primer orden los de la estética ciudadana.
Todo el mundo sabe, aunque solo sea por la boda de los Príncipes de Asturias, que Madrid tiene una catedral, consagrada a la Virgen de la Almudena cuyos méritos arquitectónicos son escasos y que disminuyen aún más con las pinturas que adornan su interior. Ahora, además, surge el temor de su escasa robustez y andan los técnicos tratando de evaluar la trascendencia de unas piedras que, sin más, cayeron desprendidas de una de sus columnas. Como consecuencia, el Arzobispado anuncia a los ciudadanos que las celebraciones navideñas y su liturgia volverán a donde estuvieron antes de la consagración del templo que se adjunta al Palacio Real, la Colegiata de San Isidro. El templo que hoy se dedica al patrono de la Villa fue antes, cuando lo fundaron los jesuitas, consagrado a San Pedro y a San Pablo y, aún contando con su céntrica grandiosidad, no alcanza el mérito arquitectónico que Madrid merece y sus visitantes esperan.
No es por inmiscuirme en asuntos de sacristía, que no me competen; sino por contribuir a la fama de un Madrid que nos acogió con amor a los madrileños que no tuvimos la oportunidad de nacer en él; pero cabe recordar que Madrid dispone de un templo majestuoso e inmenso que reúne las condiciones de hermosura y amplitud para ser la catedral, aunque lo sea en condición de suplente, de una ciudad que sabe ser, y con el mismo gasto, una de las primeras capitales del mundo o un sencillo pueblo manchego: la Basílica de San Francisco el Grande. ¿No sería ese mejor albergue para las celebraciones navideñas o, incluso, como catedral estable de la diócesis? Ni San Jerónimo el Real alcanza en densidad y trascendencia la carga histórica que contiene el templo levantado sobre una fundación de San Francisco de Asís y que, bajo una cúpula que casi alcanza la dimensión de la de San Pedro, en Roma, acumula tesoros artísticos de valor material y sentimental. Es más, instalado el culto catedralicio en la Basílica de San Francisco, no correrá ninguna prisa la restauración de la Almudena.
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