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Columnas / MONTECASINO

La servidumbre de la delación

Aquellos que confiaronque con Zapatero llegaba el fin de la alternancia han quemado mucha nave

Día 21/12/2010
EN todas las dictaduras son un elemento fundamental, tan imprescindible como el dictador o el aparato de represión del mismo. También lo son para todas las ideologías enemigas de la libertad y que valoran a la persona por su cercanía o lealtad a la causa. Los necesitan para identificar a los individuos que no están dispuestos a someterse, a los abiertamente rebeldes y a quienes dudan. Pero son aún más necesarios para difundir el miedo. Para generar ese clima generalizado de miedo que impide a las personas expresar su opinión libremente. Son los delatores, los que a cambio de mayor o menor prebenda denuncian ante el poder a quienes son o pudieran serle desleales. El chivato, el delator, el eterno, «denunziant» bajo los nazis y los comunistas pero también de aparatos supuestamente democráticos que tachan de enemigo al discrepante y tienen por ello clara vocación totalitaria. Ahora que la crisis general, la incapacidad e ineptitud propias, su desenmascaramiento en el exterior y el fracaso de su soberbia e impostura convierten al Partido Socialista en una maqueta del paisaje general en que han convertido España, es decir, en una escombrera, el aparato ya no atina a disimular. Y recurre sin pudor a sus instrumentos más felones. Y por supuesto ahí está la figura del chivato. Los tienen activos en todas las profesiones. Véase en la Policía, donde las camarillas políticas del Ministro para Todo imponen el silencio y el miedo en lo que se antoja una «omertá al Faisán» general. O entre los jueces o los diplomáticos. O en esas universidades donde sistemáticamente mandan los peores en una implacable selección negativa que se impuso primero en el PSOE y ahora parece ser ley en la administración del Estado. Chivatos y obedientes arriba, los independientes o meramente críticos al sótano. No existe ya otro criterio en esa tropa de sectarios acosados por la realidad y sus propias mentiras.
Pero incluso entre los profesionales de la delación y la mentira por encargo hay categorías. En el mundo periodístico se ven cosas muy graciosas si nos instalamos, como parece tocar, en el humor negro. Los más hiperactivos propagadores del argumentario del Gran Timonel —respuestas y posiciones que reciben diariamente los fieles contertulios para que sepan que contestar lealmente— están confundidos. Aquellos que confiaron que con Zapatero llegaba el fin de la alternancia —Pacto el Tinell general y definitivo— y que el Partido Popular no volvería al poder, han quemado mucha nave. Tendrán dificultades para volver a ser implacables críticos contra la oposición. Y denunciantes de colegas, incansables fustigadores del periodismo crítico con sus amos. Muchos han logrado estar siempre con el que manda, ser adulador de González, después de Mayor Oreja y ahora mamporrero del zapaterismo. Algunos lo conseguirán. Hay quien pide ahora a Rubalcaba que imponga su contrato a empresas que no lo quieren. Como antes lograron anular su despido gracias a la Moncloa. Otros creen que han sido lo suficientemente melifluos como para caer en gracia al nuevo Gobierno. Hay quien lleva haciéndolo desde Franco. Pero también están ahí los delatores vocacionales. Los de la barricada. Alguno tiene insólita guarida en un periódico otrora serio. Allí ha instalado una sección igual que la que firma en el diario proetarra Gara una «Maite Soroa». Ésta se dedica desde hace años a señalar los objetivos periodísticos a etarras y simpatizantes. Éste tiene clientela más amplia y señala a los periodistas críticos a los que todo progresista debe odiar e insultar. Si a alguno le pasara algo, lo suyo es como lo de su hermano Wyoming, todo humor y desenfado.
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