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Cultura / ARTE

La muestra «Atlas»: un ensayo visual sobre el concepto de archivo de Warburg

Comisariada por Didi-Huberman para el Museo Reina Sofía, es muy pertinente en una sociedad virtual y en red como la nuestra

Día 16/12/2010 - 19.15h
En 1934, Gertrud Bing, fiel ayudante de Aby Warburg en el Warburg Institute, explicaba la disposición de los libros de su biblioteca: «Están colocados de forma que impartan sugerencias al lector. Buscando un libro en los estantes, se ve atraído por los que le son afines y están cerca, echa una ojeada a las secciones situadas por encima y por debajo, y se encuentra metido en una nueva línea de pensamiento que puede prestar un interés adicional a la que estaba siguiendo». En 1997, el Informe anual decía lo mismo más parcamente: «El catálogo de la biblioteca ya es accesible a través de la web del Instituto».
Casi suena más obsoleta la afirmación más reciente. Porque Bing podría estar describiendo tanto nuestros modos de acceso a la información como las líneas maestras del pensamiento de Warburg: rehuyendo las nociones de progreso lineal y compartimentaciones estrictas, escapando al etiquetado científico y al estudio puramente formal de la producción cultural y visual del pasado, se adelantaba no solo a la cristalización de los mitos narrativos de la Modernidad sino a su revisión, crítica y deconstrucción posmoderna.
Más aún: construía con los paneles de su Atlas Mnemosyne una especie de emblema o reducción esencial de nuestra cultura del link y el hipertexto, de las multitareas y las multipantallas. Y más todavía: Mnemosyne quizá contenía la propia crítica a esa fascinación tecnológica que, pasada la primera euforia, empieza ahora a revisarse. Leemos en el recentísimo The Shallows, de Nicholas Carr, hasta qué punto el acceso indiscriminado a la información que proporciona la Red y los nuevos medios fragmentan la posibilidad de un discurso coherente y reducen el margen de distancia para una aproximación crítica. Carr muestra que ya son muchos los estudios que sugieren que la lectura de textos plagados de hipervínculos o volcados sobre un e-book conectado a la red reduce el nivel de comprensión y la capacidad de reflexión crítica.
El recorrido en el Reina se abre por eso, oportunamente, con una vertiginosa obra de John Latham: en Encyclopedia Britannica, la totalidad de las páginas de la enciclopedia se proyectan a velocidad vertiginosa sobre una pantalla en un bucle sin fin: ilegibles, cegadoras, las palabras y datos se convierten en un zumbido visual estático (y extático) que paraliza. Una advertencia quizá que se acompaña de una estatuilla tardorromana del mismísimo Atlas, titán hermano de Prometeo y castigado como él por difundir el conocimiento a los hombres: sustenta desde entonces la bóveda celeste y el peso agobiante de todos los saberes que se contienen bajo ella.
Porque la preocupación de Warburg por nuevos modos de disposición y acceso al conocimiento quizá proviniesen de un incipiente «malestar de la cultura» que se exacerba hoy y que compartió premonitoriamente con muchos de sus contemporáneos: Freud hablaba por aquella época del imaginario wunderblock, una especie de archivo universal y Aleph del conocimiento pre-Google. Y en El ritual de la serpiente, el propio Warburg, ultra-civilizado, coqueteaba con las prácticas esotéricas de los indios Pueblo como medio quizá de superación de esa ansiedad (que es, claro, la nuestra).
Almacenaje y reordenación
Puede entenderse esta exposición como un ambicioso ensayo visual propuesto por Didi-Huberman en torno al motivo warburgiano del Atlas. Como una propuesta de taxonomía libre y como un acercamiento crítico a la propia institución cuya genealogía estudia. En el largo ensayo fundamental que introduce el material reunido, nos recuerda que cualquier wunderblock aspira a erigirse como archivo que no solo almacena, sino que «crea» sus contenidos al reordenarlos. La exposición es, en ese sentido, ambiciosísima: un verdadero Atlas de Atlas, constelación de motivos y producciones visuales guiadas por una intuición combinatoria que se despega de la erudición para dejarse guiar por una «afinidad visual operatoria» que la trasciende. Un impulso de signo afín al que guió al propio Warburg y a muchos otros productores de imágenes recogidas aquí: de Schwitters a Sander, de Eisenstein a Benjamin, de Richter a LeWitt.
Como ocurrió en su librería
Probablemente nadie como Didi-Huberman habría podido realizar esta labor abrumadora de rastreo e investigación casi arqueológica. La riqueza de sus taxonomías se reparten en disciplinas adyacentes, como lo hacían en los estantes de la biblioteca de Warburg: la entomología y la combinatoria, las memorias y las derivas, el registro de las guerras, los fantasmas, los gestos o el propio tiempo son aspectos de un mismo Atlas agotador e inagotablemente recompuesto.
Las «obras» se presentan aquí, por eso, menos como trabajos acabados que como testimonios de un proceso mental y rastros de una manera de enfrentarse a la sobreabundacia de conocimiento: de los artistas que las produjeron; del «geógrafo» que así las agrupa; del espectador que pasea entre ellas y recompone sus relaciones asociándolas libremente.
Texto y expo, imágenes y «montaje», configuran un abrumador tour de force que recopila –o enseña a recopilar– saberes y producciones del pasado y las coteja –o enseña a cotejarlas– con las nuevas configuraciones que propone hoy la cultura de la imagen. Didi-Huberman recuerda que el atlas warburgiano es una apuesta: «Apostar que las imágenes, agrupadas de cierta manera, ofrecerían la posibilidad de una relectura del mundo». Está por ver que esa relectura de nuestra producción cultural sea posible, justo ahora, en el momento más crítico de la Historia de la cultura, cuando corre el riesgo de convertirse en una sucesión vertiginosa de fotogramas que se desvanecen. Solo usando herramientas imprescindibles como este Atlas podremos empezar a trazar los mapas que nos orienten.

Atlas ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?

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