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Columnas / AD LIBITUM

Por una España posible

España no aguanta un año y medio más con la presente fórmula de Gobierno, y eso, sin dramatismo, tiene remedio

Día 14/12/2010
FRANCISCO Largo Caballero, a quien llamaban «el Lenin español» y fue uno de los promotores de la Guerra Civil, decía que Indalecio Prieto era el camelo político más grande que había conocido. En el PSOE, donde sus militantes suelen aparecer formando piña y escasos de sentido autocrítico, son viejas las rencillas internas. ¿Cómo no habían de serlo si el PSOE es genuinamente español y tiene establecido un sistema jerárquico cuartelario en el que la obediencia al jefe tiende a sustituir las ideas y los principios? José Luis Rodríguez Zapatero —tan decaído, tan lánguido— se parece más a Largo Caballero que a Prieto. Le interesa más la posesión del poder que sus posibles usos benéficos. De hecho, su única gran obra, la «memoria histórica», un golpe de revanchismo contra el pasado, es el único síntoma verdaderamente izquierdista que se le observa. De ahí las escaramuzas que se observan en su entorno. Unas, las que inspira el número dos del partido, José Blanco, abundan en gestos de convivencia y tratan de presentar una España posible, menos arisca, mejor avenida y con furia de progreso. Otras, las que cursan bajo el manto del supervicepresidente, Alfredo Pérez Rubalcaba, tienen el aroma acre de la hostilidad al adversario. Le observa como si se tratara de una legión de controladores aéreos, o cosa así, que pueden ser neutralizados con un decreto u otro pase mágico de los que ofrece el repertorio de una democracia meramente formal en la que no hay separación entre los poderes del Estado y en la que las garantías son de calibre variable y en función de su ocasional beneficiario.
Lo evidente es que España no aguanta un año y medio más con la presente fórmula de Gobierno y eso, sin dramatismo, tiene remedio. El más sencillo y menos traumático es el que pueda elaborar el Grupo Parlamentario Socialista con el respaldo de los órganos rectores del partido.
Para aliviar esa generalizada tribulación sirven de bálsamo actitudes como las prodigadas, al hilo de la inauguración de la nueva Estación de Atocha, por la presidenta de la Comunidad de Madrid, el ministro de Fomento y el alcalde de la capital. La certeza y las buenas maneras son exigibles al poder legítimamente establecido. Los ciudadanos tenemos derecho a no ser salpicados por la zafiedad y las intrigas de los gobernantes y, en consecuencia, recibimos reconfortados el testimonio de una España posible en la amable convivencia entre José Blanco, Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón. Las discrepancias no justifican las patadas en la espinilla ni los exabruptos. Salvo que estos fuesen tremendamente ingeniosos...
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