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Churchill en guerra

Desmesurado, excéntrico, testarudo, así era Churchill. Pero ¿fue un dirigente cruel o un luchador nato y con pocos escrúpulos? Max Hastings analiza su liderazgo durante la II Guerra Mundial

Día 04/12/2010 - 03.50h
El periodista Max Hastings estudia desde una perspectiva crítica la ejecutoria como líder guerrero del «inglés más grande del siglo XX». Churchill no llevó un diario, sino que al final de su vida escribió unas memorias de guerra intensamente justificativas, cuyos argumentos quedan en buena parte rebatidos en este ensayo.
La tesis central del libro es que el primer ministro, encumbrado en plena ofensiva alemana de mayo del 40, pretendió de la nación y de sus soldados más de lo que podían dar de sí. Aunque su popularidad fue inmensa y supo galvanizar la capacidad de resistencia del país ante el riesgo de una invasión, nunca gozó de la confianza de sus pares, especialmente de los conservadores y de la élite económica.
Hastings justifica la mala prensa que tuvo la decrépita maquinaria bélica británica, que merece juicios despiadados sobre su escasa voluntad combativa y su incompetente dirección, a pesar de pasarse gran parte de la guerra «jugando en campos de segunda». Sin embargo, su exaltación ad náuseam de la capacidad militar alemana y sus reiteradas alusiones a las desavenencias entre aliados hace que nos preguntemos cómo demonios lograron ganar la guerra. Porque, por encima de favoritismos y charlatanerías, el equipo que dirigió la guerra en Gran Bretaña fue más capaz y estuvo mejor organizado que el de Alemania o Estados Unidos.
El peor año
El libro trata con detalle su actividad entre las batallas de Inglaterra y del Alamein, cuando la contribución personal de Churchill fue mayor y los ejércitos británicos acumularon derrota tras derrota. Muy celoso de su huella en la Historia, siguió enviando tropas a Francia incluso después del desastre de Dunkerque, y consideró –quizás exagerando su francofilia– que el ataque a la flota gala en Mers el Kebir se equiparaba a quitar la vida a un hijo para salvar al Estado. 1942 fue su peor año (derrotas en Singapur y Tobruk, ofensiva submarina en el Atlántico, torpezas en la India reprobadas por Estados Unidos…), cuando la merma de la confianza popular en el «frente interno» se expresó en el fuerte incremento de las huelgas y en la creciente separación de la imagen popular del premier como inspirador de la nación pero deficiente conductor de la guerra.
Es cierto que Churchill era un personaje desmesurado, excéntrico, testarudo, emotivo y a menudo de ideas disparatadas, pero a diferencia de la paradigmática hybris hitleriana, siempre mantuvo su predisposición a cambiar de postura atendiendo a sus consejeros militares más avisados. Su flexibilidad quedó de manifiesto cuando, tras haber sido un anticomunista acérrimo, en 1938 instó a Chamberlain a suscribir una alianza con Moscú que él mismo concertó con indudable sinceridad pero con pocos medios en 1941. Sin embargo, en sus últimos días como primer ministro planteó como hipótesis «impensable» un plan de ataque combinado británico-germánico contra la Unión Soviética, que luego fue exhumado en 1946 en el contexto de la «guerra fría».
Si bien muchos de sus contemporáneos albergaron serias dudas sobre sus capacidades de estratega, fue un diplomático decisivo en su persistente «cortejo» para que Estados Unidos entrase en la guerra a pesar de la tradicional enemistad entre británicos y norteamericanos. Con todo, Hastings desmonta el mito de la generosidad americana (el programa de Préstamo y Arriendo se pagó religiosamente en oro y divisas) y señala que la «amistad de Estado» entre Roosevelt y el primer ministro nunca fue una relación entre iguales.
Alférez victoriano
Paradójicamente, desde que comenzaron a irle bien las cosas a partir de 1943, las decisiones de Churchill tuvieron mucho menos peso en la estrategia global de los aliados. En paralelo al declive imperial británico, fue perdiendo la disciplina intelectual y la coherencia, debido más al agotamiento que al exceso de alcohol. Esto explica en parte sus equivocaciones, alentando la campaña catastrófica del Dodecaneso en el otoño de 1943 o manteniendo a toda costa el esfuerzo de guerra en el teatro secundario italiano. Cuando se avecinó el final del conflicto, demostró escaso interés por los problemas de la reconstrucción, salvo la restauración de las monarquías balcánicas y la preservación del imperio. En su conjunto, llevó la guerra como un arrojado alférez de Caballería victoriano, y no como el director de un inmenso esfuerzo de guerra industrial.
¿Fue Churchill un dirigente cruel o un luchador nato y con pocos escrúpulos? La conclusión es que fue antes un guerrero vocacional que un político a la usanza convencional, y que, acostumbrado a beberse la vida a largos sorbos, «se lo pasó muy bien en la guerra».
Más allá del mito, Churchill fue un hombre como los demás, cuya capacidad de liderazgo y decisión fue llevada al límite por circunstancias extraordinarias. La talla del gran hombre se agiganta cuando constatamos sus errores y sus debilidades.

La guerra de Churchill

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