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Columnas / MONTECASSINO

Nada sustancial salvo el daño

Que los responsables de la difusión digan que se garantiza la seguridad de las fuentes es una infame hipocresía

Día 30/11/2010
ESTÁN pletóricos algunos porque un oscuro adalid de la transparencia llamado WikiLeaks ha atacado de nuevo y dejado en el más absoluto de los ridículos a los sistemas de seguridad de comunicación de Estados Unidos. Si antes le tocó al Pentágono y a documentación más o menos secreta de la seguridad militar, ahora ha sido el turno del Departamento de Estado. Cerca de 250.000 documentos confidenciales o secretos han quedado expuestos al dominio público tal como se vanaglorian ahora Wikileads y sus colaboradores en la difusión de los mismos. Y nos lo quieren vender como una gesta del periodismo y la lucha por la transparencia. En realidad no es periodismo ni nada parecido. Es una filtración de delincuentes que Wikileaks orquesta y distribuye y sus difusores administran como les viene en gana. La publicación de unos documentos de procedencia ilícita, clasificados por motivos de seguridad en una democracia, en un Estado de Derecho, sólo tiene una justificación si revelan un delito mayor que su filtración. Y por tanto un interés general por la revelación del delito. Por ejemplo, sería deseable que se publicaran aquí en España todos los documentos y grabaciones y confesiones aun por hacer de todos los implicados en el caso «El Faisán». Quienes ahora publican el gossip (cotilleo) del departamento de estado son los que más posibilidades tienen de hacerlo dada su íntima relación con el protagonista del escándalo, que no es otro que nuestro vicepresidente y ministro del interior. Aquí sí existe un genuino interés general por saber quién dio la orden aberrante a mandos policiales de colaborar con ETA, los asesinos de sus compañeros y subordinados. Eso sí sería un «scoop».
D Los documentos publicados ahora, sin embargo, carecen de otro interés que la explotación más o menos morbosa de informaciones hechas en la presunción de que se realizaban de forma confidencial. Y que solo revelan la normal tarea de valoración de testimonios y opiniones, informaciones más o menos secretas aprovechando las fuentes de que disponen las embajadas y agencias norteamericanas para forjar criterios, estudiar situaciones y personajes, valorar y evitar peligros y aprovechar oportunidades. Nada ilegítimo. Al ridículo valor informativo de estos cables confidenciales se contrapone el inmenso daño general que la ruptura de la confidencialidad supone. Con la grave amenaza que es para fuentes existentes y el efecto disuasorio para fuentes potenciales que podrían causar mucho bien con sus informaciones sobre terrorismo, tráfico humano o de drogas, represión u otras acciones contra las democracias occidentales. Que los responsables de la difusión digan que se garantiza la seguridad de las fuentes es una infame hipocresía. Porque no tienen ni idea sobre la capacidad de valoración de las informaciones que puedan tener los enemigos de EE.UU. y la OTAN. Ni sobre su capacidad de identificación de fuentes. Se trata por tanto de un inmenso daño gratuito a nuestra seguridad, a la de EE.UU. y todos sus aliados. Con nulo valor informativo. Sabemos que es inútil pedir un poco de responsabilidad y cultura de defensa a quienes juegan desde la impunidad a héroes periodísticos de «Watergate» o los «Papeles del Pentágono». Desde su relativismo total, no parecen creer necesaria una defensa común de nuestro sistema de libertades. Quienes sí creemos en la necesidad de esa defensa abogamos porque este tipo de filtraciones, un atentado contra nuestra seguridad, no queden impunes. A ellos, muy ufanos por violar las comunicaciones secretas occidentales, hay que animarles a hacer lo mismo en China, Rusia o Irán. Allí no se atreven. Porque quien filtra paga. Y a quien difunde, lo mismo
vienen a buscarle. Y hasta ahí no llega el coraje de estos intrépidos reporteros.
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