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Mou, aquel joven «traductor» del Barça

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Mourinho llegó con ese Sambenito al Camp Nou de la mano de Robson, en 1996, pero pronto comenzó a destacar no sólo por sus traducciones, sino también por sus polémicas, sus entrenamientos y sus buenos consejos

Día 12/01/2011 - 13.22h
«¡Traductor, traductor!», le gritaban a Mourinho una treintena de aficionados de Barça en el aeropuerto, en marzo de 2006, como motivo de la visita del Chelsea a la Ciudad Condal. El portugués regresaba al Camp Nou para jugar el partido de vuelta de los octavos de final de la Liga de Campeones, y los hinchas catalanes le recordaban con sorna el sambenito con el que «Mou» había llegado al Barcelona una década antes, a la sombra del gran Bobby Robson.
Mou, aquel joven «traductor» del Barça
ABC
Mourinho traduciendo a Robson, en el Barça (1996)
Y así fue. Después de dos años como segundo entrenador del Estrela de Amadora, en 1992, le llegaba al de Setúbal su primera gran oportunidad cuando el Sporting CP aprovechó su conocimiento del inglés para contratarle como ayudante y traductor del técnico inglés. Con él pasaría los próximos seis años de su vida, primero en el Oporto, donde llegó a dirigir algunos entrenamientos, y después en el F.C. Barcelona, en 1996, donde rápido se puso a aprender catalán y español para poder seguir traduciendo a Robson.

Pero Mourinho no parecía hecho para ser un simple traductor ni estar a la sombra de nadie. Pronto se convirtió en una figura dentro del club, no sólo por sus traducciones sui generis de las declaraciones de Robson («las enriquecí con cosas mías que compartimos juntos desde hace años», alegaba), sino también a la hora de plantear los entrenamientos y dar buenos consejos tácticos a los jugadores.

«Con Bobby tengo bastante libertad para hacer mis cosas. No soy un segundo que se dedique sólo a hacer de maletero o a repartir petos en los entrenamientos», advertía en 1996 al entonces entrenador del Athletic de Bilbao, Luis Fernández, en una de las muchas polémicas que mantuvo con jugadores, árbitros y entrenadores. En aquel encontronazo, acaecido en San Mamés cuando el vasco-francés dijo cosas como «Yo hablo con Robson, no conozco al segundo entrenador», fue precisamente un joven Guardiola el que sacó la cara por él, cruzando corriendo el campo claramente cabreado y espetándole a Fernández: «¡No te rías tanto!».

«El peor perdedor del mundo»

«Mou» tenía 34 años y acababa de fichar por el Barça, donde sus declaraciones a la prensa comenzaron a granjearle esa fama de «segundo distinto», sin pelos en la lengua, algo chulesco: «¿Qué es “chulo”? ¿Eso…? No, no… Yo no soy así…», respondió a un periodista del diario «Mundo Deportivo» que se lo preguntó directamente, apenas un mes después de llegar. «¿Cómo te definirías como entrenador?», prosiguió. Las respuesta, clara: «Ambicioso, organizado, espontáneo y el peor perdedor del mundo».

Ese mal perder –«en un partido, yo no dudaría en darle una patada a mi padre», dijo al respeto– y esa ambición le llevaron con los años a lo más alto del fútbol, pero también a dejar para la posteridad perlas como las que le harían famoso después.

«Nos han pitado cuatro penaltis en tres fuera del Nou Camp, y esto ya no es casualidad. Me parece que las cosas no están muy claras» (tras la derrota en casa de la real Sociedad, por 2-0); «Si Ronaldo es inteligente se quedará en Barcelona» o «se debe ser más profesional y menos sentimental» (después de que Ronaldo hiciera público su malestar al querer pasar las Navidades en Brasil); «No nos tratan igual que al Madrid y en caso de duda siempre nos matan, enseñando una roja en vez de una amarilla. En las áreas, si hay un pequeño contacto nos castigan con penalti» (en la temporada 96-97, cuando el Barcelona se encontraba ya a nueve puntos del Madrid), o «pregunten a los jugadores» (cuando un periodista se refirió al empate ante el Oviedo, en 1997, cuando el Barça ya veía lejos la Liga).

Xavi Hernández

No estaba mal para ser sólo el segundo entrenador, normalmente a la sombra de los técnicos principales. Pero a él no le faltaron tampoco los encontronazos con un Ronaldo, por aquel entonces estrella del Barça, al que no dudó en acusar en público de colaborar poco con sus compañeros, antes incluso de hablar con él. O las duras críticas que dedicó al entonces entrenador de la selección brasileña, Mario Lobo Zagalo, al que acusó de tratar de manera discriminatoria a su club, al hacer las convocatorias. El Mismo Mourinho al que Bobby Robson se «tuvo que llevar casi a rastras –contaba ABC– advirtiéndole severamente de que no hablara con la prensa», después otra bronca con Pizzi.

Han pasado 14 años y muchos títulos, pero respuestas como aquella ya dejaban entrever al entrenador que es hoy: el técnico mediático, polémico, serio, contundente, cuyas declaraciones suelen provocan ríos de tinta en los periódicos, tan odiado como querido, a veces incorrecto, casi nunca diplomático, pero, como el mismo Xavi Hernández ha reconocido después de trabajar con él durante sus dos primeras temporadas en el primer equipo, un hombre cercano y extrovertido al que le gusta hablar a los jugadores.

En una entrevista reciente a Eurosport, Mourinho confesó que su etapa en el banquillo azulgrana fue la más provechosa: «He sido un hombre afortunado, porque he tenido muchos momentos cruciales en mi carrera, y uno de ellos fue cuando tuve la oportunidad de trabajar con Bobby Robson». ¿Y sobre Guardiola? «Es grande, de lo mejor del mundo», dijo en 1996. ¿Diría lo mismo ahora, 14 años después?

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