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Columnas / CAMBIO DE GUARDIA

Rubalcaba en la T4

Morir no se ajusta a ley. No hay más legislación buena sobre la muerte quela no legislada

Día 22/11/2010
VUELVO hoy sobre el Séneca en Auschwitz de Raúl Fernández Vítores. Vuelvo, porque las palabras del químico Rubalcaba a favor de legislar la muerte me trajeron el recuerdo de la clave en la cual pone ese libro el inicio del Holocausto nazi: «Los alemanes se lanzan a la conquista de Polonia el 1 de septiembre de 1939. ¡Eutanasia! El famoso documento firmado por Hitler autorizando el programa estatal de eutanasia fue antedatado para hacerlo coincidir con el inicio de la campaña polaca. En él el Führer delega en su director de Cancillería y en su médico personal para que puedan autorizar a determinados médicos la prescripción de una muerte de graciaa los enfermos incurables. Este programa, designado con la clave T4, no se dio a conocer nunca en público: fue más bien un secreto de Estado».
La directiva T4 era el reino del silencio. Porque hasta el más cínico de los discípulos de Carl Schmitt sabía cuál es la frontera más allá de la cual el Estado deja de ser institución legítima para trocarse en matarife: la absorción por lo público de lo privado. Enfermedad, dolor, muerte son la quintaesencia de la privacidad; de ese territorio sagrado al cual no pueden gobernantes ni instituciones rozar ni aun con su aliento. Lo he recordado aquí otras veces. Vuelvo a hacerlo. Hay cosas sobre las cuales no tenemos más remedio que volver, por más que ello nos agote. Saint-Just, 1794. «La libertad del pueblo está en su vida privada. No la perturbéis».
Ante la inmediatez de la muerte, Epicuro, que no creía en nada, busca el diálogo con los amigos: «Te escribo, Idomeneo, mientras estoy viviendo el feliz último día de mi vida. Me han sobrevenido dolores insoportables en vejiga y vísceras; pero a todos resiste y se contrapone la serenidad del alma, gracias al recuerdo de nuestros razonamientos filosóficos de otros tiempos».
Ante la inmediatez de la muerte, Blaise Pascal, que poseía la fe más trágica del pensar moderno, se blinda en la certeza de que nada sino muerte ha sido toda la vida de aquel que, al «ser mortal, es siempre, en cierto modo, muriente y muerto ya». ¿La vida? Esa penosa enfermedad que el tránsito último cura sólo, «porque, con la muerte, el cuerpo muere a su vida mortal». Paradójica condición del cristiano, en la cual «la muerte es la coronación de la beatitud del alma y el comienzo de la beatitud del cuerpo».
Ante la cercanía del final, solo aquel que ve acercarse la hora postrera tiene algo que decir. O que callarlo, si prefiere. Toda palabra venida de otro es obscena. O, más bien, es sacrílega; interfiere la única relación absoluta en la vida de un hombre: la incomunicable entre él y su no-ser. La tan bellamente cincelada por el gran Epicuro: nada es la muerte; cuando yo, no ella; cuando ella, no yo. Pero en esa nada se juega toda la vida que un humano quiso darse: su libertad.
Mi decisión sobre mi forma de morir no es materia de ley. A mí solo concierne. Y, en el caso del creyente, a aquel Otro al cual se tiene por más yo que yo. Ni no creyente ni creyente pueden conceder al Estado carta en esto. Que es un absoluto privado y previo a norma. Morir no se ajusta a ley. No hay más legislación buena sobre la muerte que la no legislada. Eso o la T4. O Rubalcaba.
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