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La «pesadilla» de construir la cruz del Valle de los Caídos

Día 26/09/2013 - 12.20h
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Así calificaba en 1957 el arquitecto Diego Méndez, para ABC, las obras de este monumento conmemorativo en cuya base está enterrado Franco

Diego Méndez, el 21 de julio de 1957: «La Cruz fue nuestra pesadilla». Así calificaba para ABC el arquitecto responsable de las obras del Valle de los Caídos la construcción del gigantesco monumento conmemorativo a los que dieron su vida en la Guerra Civil. Una imponente cruz de hormigón y cemento de más de 200.000 toneladas de peso, con 150 metros de altura desde la base y 46 metros de longitud en sus brazos, que ha generado polémica incluso más de 30 años después de la muerte de Franco.

La «pesadilla» de construir la cruz del Valle de los Caídos
adriana ramírez
La cruz del Valle de los Caídos, en la actualidad

En noviembre de 2010, por ejemplo, el Foro por la Memoria de la Comunidad de Madrid y el Foro Social de la Sierra de Guadarrama pidieron su voladura inmediata: «De ninguna forma puede consentirse que se siga alzando hacia el cielo ese símbolo de muerte y venganza», argumentaban. Una herida que vuelve a abrirse cada vez que sucede algo relacionado con el polémico monumento, como hace una semana, cuando la Audiencia Provincial de Madrid rechazó la petición de abrir las fosas del Valle de los Caídos hecha por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Valladolid, en nombre de los familiares de siete fusilados de la Guerra Civil.

Cronstruir aquella cruz fue un suplicio que trajo de cabeza a Diego Méndez, por aquel entonces encargado de las tareas arquitectónicas en la Casa Civil del Jefe del Estado, y al mismo Franco, quien, 35 años después de comenzar a construirse, sería entrerrado en su base: «Presentar una cruz en lo alto de un risco que trepa a las nubes sin que pareciera enana, vulgar de estilo y proporciones era la pesadilla, repito, tanto del Caudillo como la mía», reconocía el artífice del monumento en la entrevista realizada por el escritor, periodista y Cronista Oficial de la Villa de Madrid, Tomás Borrás.

Aunque en principio no quiso presentarse al concurso de anteproyectos convocado por la Dirección General de Arquitectura, «por elemental delicadeza», dijo, el mismo Franco le encomendó las obras en 1950. No en vano, no era un principiante. A él se le habían adjudicado las obras de restauración de, entre otros edificios, las residencias del Palacio del Pardo y del Palacio de la Zarzuela.

Retrocediendo ante el problema

El proyecto no resultó nada fácil. Esa fue la razón de que «compañeros ilustres retrocedieran ante el problema». «Pasaron meses y no daba con la solución –explicaba Méndez–. Un día, de modo inesperado, mientras aguardaba que mis cinco chiquillos se vistieran para ir a misa, absorto, casi iluminado, casi instrumento pasivo, el lápiz en la mano con el que hacía arabescos en un papel, sin darme cuenta dibujé exactamente la Cruz tal y como está ahora en su materia clavada en la elevación poderosa».

La «pesadilla» de construir la cruz del Valle de los Caídos
abc
Franco supervisa las obra de la cruz, en el Valle de los Caídos

Así, en julio de 1950, comenzó la cimentación y, en 1951, la construcción de la misma cruz. Todo a un ritmo acelerado en el que participaron, según contaba ABC, unos 2.000 operarios, entre los que se encontraban «ochenta condenados», aseguró Méndez. Por lo que se supo después, muchos de ellos eran presos republicanos de la Guerra Civil, que acabaron siendo enterrados bajo aquellas mismas piedras. «Ellos horadaron el granito, se subieron a andamios inverosímiles, manejaron la dinamita… Han jugado, día a día, con la muerte… Y triunfado de ella», declaró, añadiendo de todas maneras que, «durante la construcción de la cruz, no se registró ningún accidente».

En la cima de la cruz puede percibirse una sensible oscilación en sus brazos, sabiamente estudiada, en donde, tal y como describen todas las guías turísticas, «pueden cruzarse dos automóviles de turismo, sin siquiera tocarse». Pero más allá de la publicidad de los folletos, lo cierto es que las dimensiones de esta construcción permiten que en su interior pueda albergar una escalera de caracol y un ascensor desde la base hasta la altura de los brazos. Y que se aposten en su pie los cuatro Evangelistas de Juan de Ávalos, de 18 metros cada uno.

El fin de las obras

Las obras de la Cruz y la basílica terminaron en 1958, viéndose cumplido el sueño que el Caudillo reflejaba, en 1940, en el Boletín Oficial del Estado: «Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor».

¿Qué dicen los extranjeros cuando examinan el monumento de Cuelgamuros?, preguntaba Borrás en 1957. «Los latinos lo entienden; los anglosajones, no. Estos preguntan cuál es su rentabilidad. “Ninguna”, les contesto. Y se quedan pasmados tanto de la obra en sí como de lo que llaman “su inutilidad”», concluyó Méndez.

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