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Columnas / CAMBIO DE GUARDIA

Cuando Europa agoniza

De 1929 a 1948 duró la crisis. Diecinueve años.Una guerra mundial. Sesenta millones de muertos

Día 17/11/2010
EN el París de 1931 un americano joven y marchito parlotea con el barman del desierto Hotel Ritz. Evoca el esplendor de antaño. No volverá aquella estación dorada. Ni para él, ni para quienes junto a él vivieron los años de la gran juerga: aquella nieve tan literaria del año 1929. Tan literaria que «si no querías que fuera nieve, bastaba con pagar lo necesario». Se pagó. Lo necesario. Sólo que los copos de nieve tienen el maleducada hábito de ser infinitos. Y el dinero, la pésima sobriedad de acabar por agotarse. Mala suerte. Al bueno del Charlie de Regreso a Babilonia nadie lo escucha. Ni siquiera el barman. Desde detrás de su barra impoluta, el camarero sabe cuantos de aquellos jóvenes dorados acabaron volando desde ventanas de Wall Street después del «martes negro». Y este que parlotea ante su copa no es distinto de otros alcohólicos supervivientes. Lo que Charlie no sabe, ni siquiera lo sabe el barman en ese atardecer de 1931, es que la tragedia no ha hecho más que empezar. Que acaba de llegar ahora a Centroeuropa. Que devastará en un fogonazo a Austria y Alemania. Que de ella nacerá una barbarie no prevista. Y una guerra para cuyas dimensiones no hay precedente. Y que sólo hacia 1948, el ciclo económico cambiará de sentido. Lo que hay en medio, mejor que los del Ritz no puedan ni imaginarlo.
Eso deberíamos reflexionar, ante lo que ya se nos vino encima. Aun cuando nuestros gobernantes sigan negando la horrible realidad de lo que es la más honda crisis económica desde el año 1929. La más honda, tal vez, en la historia del capitalismo. Fitzgerald debiera ser hoy lectura obligatoria en los colegios. Cartografía lo que espera a aquellos a quienes les quepa aún una cierta esperanza de vida.
Irlanda está a punto de caer. Grecia cayó y sólo por arte de ficción es presentada aún como parte de la UE. Portugal no es verosímil. Luego, venimos nosotros. Si Francia y Alemania dispusieran de dinero para ir sacando adelante el despilfarro de nuestros fatídicos gobiernos, lo harían. Pero no hay dinero para eso. Ni en Europa, ni probablemente en el mundo. Y nadie va a esperar que los países que aun malheridos pueden sobrevivir, vayan a irse a pique por salvarnos de nosotros mismos a nosotros. Lo específicamente irreparable de nuestra ruina es obra nuestra. Obra, esencialmente, de la banda de locos e incompetentes que gobernaron este país en los últimos seis años. El timón de la nave ha sido puesto en manos de aquellos dementes que, dice Platón, no pueden sino llevarla a la zozobra.
En un reciente libro que hace ceniza de todas nuestras nobles convicciones, Séneca en Auschwitz, Raúl Fernández Vítores reflexionaba sobre lo único acerca de lo cual debiera interesarnos entender el horror de los años más lúgubres del siglo XX. ¿Cuál es la lógica del Holocausto? ¿Qué llevó a la sociedad más culta de su tiempo a abrazarse al nazismo? Ninguna irracionalidad, responde Fernández Vítores. Sólo la percepción —en diverso grado formalizada— de que aquel exterminio era el «modelo alemán» para salir de la crisis. Auschwitz es el modo nazi del welfare state. De 1929 a 1948 duró la crisis. Diecinueve años. Una guerra mundial. Sesenta millones de muertos. Mejor mirar de frente a lo que viene.
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