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Así nació el primer barrio con váteres de Madrid

Día 11/11/2013 - 08.33h
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«¡Voy a dar a Madrid el más cómodo, higiénico y elegante de los barrios!», dijo el marqués de Salamanca antes de comenzar a construir el barrio que lleva su nombre

Así nació el primer barrio con váteres de Madrid
«Madrid se nos está quedando chico. Es tan pequeño que no se puede salir a la calle. Siempre tiene uno la desdicha de encontrarse a todas las personas que le cargan». Estas palabras, pronunciadas medio en broma por don José de Salamanca y Mayol (1811-1883) a mediados del siglo XIX, no eran sino el reflejo de la idea que había ido gestando en silencio mientras recorría las afueras de la Puerta de Alcalá, de camino hacia la plaza de toros que allí se encontraba: «¡Voy a dar a Madrid el más cómodo, higiénico y elegante de los barrios!».

En aquella zona donde terminaba la Villa y Corte, y donde sólo había entonces suciedad, alguna tierra de labor, chozas y varias casas de campo, pensó el marqués que se encontraba el ensanche natural de la capital. Una ciudad en la que los nuevos ricos ya no encontraban su sitio, pues los palacios de la aristocracia eran contados y los sórdidos caseríos impropios de su clase.

El proyecto de construcción del madrileño barrio de Salamanca fue considerado por su amigos y familiares una auténtica locura. Y no les faltó razón, porque vieron como el marqués -cuyos exitosos negocios jamás habían tenido nada que ver con lo urbanístico- se dejaba su fortuna en el intento. «Un negocio fatal», reconoció después en una carta a su hijo. Pero una ruina que le dio a Madrid, más de 150 años después, uno de los barrios de mayor nivel de vida de Europa y una de las zonas comerciales más importantes de España.

Las primeras casas con váter

Cuando se aprobó el «Anteproyecto de Ensanche de Madrid», en 1860, la capital no era más que un pueblucho que acababa en la Puerta de Alcala y donde la mayoría de las casas no disponía de agua corriente. Tampoco llegaba a todas el alumbrado ni el alcantarillado público. Más allá de la Puerta de Alcalá no había nada.

Allí pensó precisamente que podría trazar las calles rectas y anchas con espléndidas casas de tres o cuatro pisos, presididas por la higiene y la ornamentación más exigente. Y fue entre los números 28 y 36 de la actual calle Serrano –hoy una de las más importantes, caras y exclusivas del país– donde este aristócrata e importante hombre de negocios construyó las primeras casas de Madrid con váter y agua corriente. Las primeras del barrio que llevaría su nombre para siempre.

En 1890, treinta años después, ya tenían su residencia en el barrio 75 nobles. Y en 1910, 138, entre los que había ocho duques, 79 marqueses, 39 condes y 12 barones. Y con ellos, gran parte de las personalidades políticas, económicas e intelectuales de la historia de España en los siglos XIX y XX.

Allí vivieron varios presidentes del Gobierno, como Emilio Castelar, Francisco Pi y Margall o Francisco Silvela. Escritores tan importantes para la literatura universal como Gustavo Adolfo Becquer, Benito Pérez Galdós, Miguel Hernández, Federico García Lorca o Juan Ramón Jiménez, algunos de los cuales dejaron su firma en este periódico. Y no faltaron tampoco científicos de la talla de Gregorio Marañón o el premio Nobel Santiago Ramón y Cajal, entre otros muchos.

El primer tranvía de mulas

Madrid no paraba de crecer más allá de la cerca que rodeaba la ciudad desde el siglo XVIII. Un crecimiento que ha hecho que en el barrio de Salamanca, construido entonces a las afueras de la villa, se encuentre hoy el centro geográfico de la ciudad, ubicado en la intersección de las calles de Serrano y Goya tras una reciente sentencia por la instalación de una gasolinera.

Por allí vieron los vecinos circular a los primeros tranvías de mulas, que enlazaban con el centro en 1871, y el primer tranvía eléctrico, inaugurado en la calle Serrano en 1898. También se instalaron allí, en 1893, los primeros ascensores, que eliminaron la segregación vertical que situaba a los menos pudientes en las casas de los pisos más altos.

Pero don José de Salamanca y Mayol sufrió muchos quebraderos de cabeza, viendo como su fortuna (estimada en 400 millones de reales en 1864) se esfumaba en apenas 14 años. «Muy duros, verdadera calle de la Amargura, fueron para Salamanca los últimos años de su vida. Sombrero en mano pasaba el día recorriendo las casas de los banqueros, en demanda de auxilio para continuar los negocios emprendidos», escribía el Conde de Romanones, su primer biógrafo.

La ruina

Entre 1876 y 1878 se vio obligado a vender su palacio de Recoletos y la mayor parte de sus propiedades, incluido el barrio de Salamanca, que pasaba a manos de una sociedad constituida por el Banco de París. «Mirad –había dicho poco antes–, ¿qué era este paseo veinticinco años atrás? ¿Y las calles, con más de cien casas que se abren a nuestras espaldas? Campos abandonados de las afueras. Hoy, gracias a mí, se han convertido en las vías más bellas de Madrid. Los planeé y levanté sus edificios contra la opinión de todos».

Quién se lo iba a decir al marqués, que moría en Carabanchel, en 1883, con una deuda de seis millones de reales, aunque dejando los cimientos de un barrio que es hoy el distrito madrileño con más actividad económica y el de mayor renta per cápita de la capital.

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