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Columnas / EL ÁNGULO OSCURO

Vieja Europa

Benedicto XVI sabe que la naturaleza de su misión es martirial; y su testimonio se hace hoy más preciso que nunca

Día 06/11/2010
VUELVEN a resonar, con motivo de la visita de Benedicto XVI, aquellas palabras vibrantes que Juan Pablo II proclamó, hace casi treinta años, desde Santiago de Compostela: «Yo te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: Yo puedo».
Aquella vieja Europa que invocaba Juan Pablo II ha apagado su faro civilizador; y el único «estímulo de progreso» que la mueve es un frenesí suicida de autodestrucción, propio de las organizaciones humanas agotadas. La desesperación pagana —con su bullanga de alegrías marchitas— se ha infiltrado en sus órganos vitales, como una gangrena que niega el legado cristiano, que es tanto como negar su propia identidad. Amnésica de sus orígenes, desarraigada de su genealogía espiritual y cultural, divorciada de aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa su historia, Europa se parece cada vez más a aquellos personajes del poema de Kavafis «Esperando a los bárbaros», seres desganados, impotentes al esfuerzo vital, que han perdido la fe en el futuro, a quienes sólo resta aguardar —con una suerte de plácido y aciago fatalismo— a sus invasores. Hay una verdad incontrovertible, demostrada implacablemente por la Historia: las civilizaciones las fundan las religiones; y, con el ocaso de las religiones, las civilizaciones se van apagando, hasta su extinción. La convivencia humana reclama una ligazón colectiva, una adhesión a una visión particular del mundo que sólo proporciona la fe: cuando tal visión del mundo es compartida, es posible acometer con entusiasmo empresas conjuntas; cuando tal visión común se disgrega, no sólo resulta imposible acometer empresas conjuntas, sino que la propia convivencia humana se torna, poco a poco, insostenible.
En estas últimas décadas, mientras se agostaba, Europa aún podía entregarse a disfrutes materiales que distraían su orfandad, engolosinada con las promesas de alcanzar un paraíso en la Tierra. Pero la crisis ha revelado que tal paraíso era ilusorio; y la intemperie de su orfandad se hace ahora más aflictiva y agónica. En esta nueva coyuntura, la necesidad europea de religarse (de volver a encontrarse) con la fe que le brindó sustento se hace más fuerte que nunca; quizá por ello mismo, los esfuerzos por evitar el reencuentro por parte de quienes alentaron la ruptura son más enconados y hostiles, adquiriendo expresiones de resentimiento furioso que se revuelven contra ese hombre vestido de blanco que viene a visitarnos. Pero Benedicto XVI sabe que la naturaleza de su misión es martirial; y su testimonio se hace hoy más preciso que nunca para una vieja Europa que, si desea salvarse, tendrá que volver a dar la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «Yo puedo».
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