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La nación desatornillada

El Estado que Zapatero dejará en 2012 es mucho más débil y menos cohesionado que el que encontró en 2004

Día 17/10/2010 - 05.56h
EL zapaterismo va a acabar como empezó: dándole un par de vueltas más a lo que Felipe González llamó la centrifugación del Estado. Para alcanzar el poder se apoyó en el soberanismo catalán y para apuntalarse en él un poco más ha alquilado una prórroga al nacionalismo vasco. Comenzó desbordando el Estatuto de Sau y ahora, antes de cerrar mandato, le mete mano al de Guernica. En el inicio traicionó el espíritu integracionista que caracterizaba a los socialistas de Cataluña y al final apuñala por detrás a los constitucionalistas de Euskadi. Un círculo perfecto.
La única línea clara que atraviesa de forma constante los años de poder de Zapatero es su empeño por rebasar el modelo territorial de la Constitución, forzándolo por la puerta de atrás mediante acuerdos con nacionalistas de todo rango. Ha pactado con Esquerra, con Convergencia, con el Bloque gallego, con el PNV; lo ha intentado con Aralar y no lo ha hecho con Batasuna porque se lo impidió el salvaje cerrilismo de ETA. La llamada geometría variable le ha servido para desbordar el marco competencial en sucesivas entregas de soberanía. El Estado que dejará en 2012 es mucho más débil que el que existía en 2004: lo ha enflaquecido hasta la anorexia a base de concesiones estatutarias y pactos puntuales, en cada uno de los cuales ha cedido trozos de cohesión nacional. En dos ocasiones, para salvar su propia estabilidad ha negociado a espaldas de los dirigentes territoriales del Partido Socialista entendiéndose con sus respectivas oposiciones; engañó primero a Maragall con Artur Mas —luego engañó también a Mas, pero ésa es otra historia— y ahora se ha entendido con Urkullu a expensas de Patxi López. El presidente se arrepintió de la alianza constitucionalista vasca a los cinco minutos y ha dejado al lendakari en una situación insostenible, que lo será más cuando, tras las elecciones locales de 2011, el PNV pueda blandir su flamante pacto para mantenerse al frente de las Diputaciones forales.
Esa tendencia continua de dispersión y bilateralidad es la única que se ha mantenido en dos legislaturas llenas de enmiendas, rectificaciones y pasos atrás; obedece a un designio político que ha convertido el sentido igualitario de la socialdemocracia española en una inclinación permanente hacia el soberanismo. Rey de la contradicción, Zapatero ha sido extrañamente fiel a una política deconstructiva que ha ido desparramando las ya escasas funciones integradoras del Estado. Este coletazo final no es más que un colofón lógico, casi colateral, de ese proceso de desestructuración que comenzó con el delirio del Estatuto de Cataluña. Dentro de año y medio, cuando muy probablemente acabe su etapa, entregará una España más débil y menos cohesionada. No rota, pero sí bastante desatornillada.
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