Tercera

Tercera

Tiempos desesperados

«La democracia es una cosa, y el mercado otra, y aunque se pueden reforzar recíprocamente, nada arguye que las firmezas de la primera hayan de redundar mecánicamente en beneficio del segundo, ni al revés».

Día 15/10/2010
TONY Judt murió en agosto de este año, víctima de una enfermedad progresiva que le había dejado el cuerpo inútil del cuello hacia abajo. Cuenta el mito que las almas recién desprendidas deben entregar a Caronte una moneda antes de cruzar la Estigia y aposentarse en el Hades. El mito sugiere, acertadamente, que no es bueno afrontar la muerte de vacío. Judt se traspuso a la otra orilla con las alforjas llenas. Historiador y filósofo político, escribió mucho y bien. A lo último, aprovechando el trasluz del tiempo que se le iba, dictó —ya no podía escribir— una suerte de testamento, concebido como una guía para perplejos. Taurus acaba de editar en español ese texto extremo con el título de Algo va mal. Nacido en el 48, Judt no tuvo ocasión, por así decirlo, de ser marxista. Su corazón estaba con la socialdemocracia. Y eso, la socialdemocracia (y por tanto, el universo todo), es lo que va mal a su entender. Judt certifica la decrepitud del modelo en que ha puesto la fe, al paso que alega la necesidad de dar un paso atrás y volver a los buenos tiempos. Pero las rehabilitaciones históricas son imposibles, según sospecha, intermitentemente, el propio autor. Por tanto, el libro es, a la vez, desgarrador y crepuscular. En lo que sigue, intentaré justificar este dictamen, que no sólo alcanza a Judt sino a mucha gente excelente que persiste en pensar lo mismo que él.
Judt reconoce, con candor admirable, que la socialdemocracia contemporánea no es propiamente una ideología, sino, más bien, una adaptación. Los socialdemócratas se avinieron al parlamentarismo y el mercado, aunque sin abandonar la idea de que la sociedad que los había precedido era intrínsecamente inaceptable. Esto imprimió en el movimiento —son palabras del propio Judt— una condición «esquizofrénica». Sus adherentes querían y no querían la revolución. Mejor todavía: querían la revolución y también las libertades de origen burgués que la revolución hubiese destruido. Espatarrados entre estos dos anhelos, se dedicaron a promover la igualdad a través de políticas redistributivas y una mayor presencia del Estado en los asuntos humanos. El balance, según Judt, fue por entero positivo. Tras el desastre de la Gran Depresión y la Guerra Mundial, y apuntalados por una coyuntura socioecónomica excepcionalmente favorable, los socialdemócratas lograron incorporar al cuerpo civil, en términos morales y materiales, a una masa enorme de la población. Hemos llegado, más o menos, a finales de los sesenta. A partir de entonces el panorama se ensombrece, por efecto de tres procesos distintos aunque concurrentes.
El primero, es técnico. El encarecimiento de la energía, y de modo más decisivo aunque más lento, el envejecimiento de la población, fragiliza la base fiscal sobre la que estaba montado el invento socialdemócrata y provoca que los gobiernos entren en números rojos. El segundo proceso nos remite a la esfera del pensamiento: los economistas austriacos —von Mises, Hayek, Schumpeter— impresionan a los chicos de Chicago y se desencadena una contraofensiva ideológica de resultas de la cual el mercado no regulado se convierte en el modelo de referencia para economistas, políticos… y muchos votantes. El tercer factor es cultural: la Nueva Izquierda asume tintes libertarios incompatibles con el ethos comunitario que había caracterizado a la socialdemocracia clásica. El caso ha sido estudiado desde un ángulo ligeramente distinto por Mark Lilla. Según Lilla, el libertarismo ecónomico de los ochenta se ha superpuesto al cultural de los 60. El desenlace peregrino, ha sido una alianza estable entre el reaganismo, y el hedonismo egocéntrico del mundo pop. Según Lilla, políticos del corte de Clinton han visto brecha, y explotado una situación inédita que descoloca, simultáneamente, a la vieja izquierda y a la derecha conservadora.
D Al contrario que Lilla, Judt no se resigna a esta mudanza en los mores imperantes. Y como los sentimientos le llevan a donde no apuntan sus razones, decide confundirse y ver a medias, o de soslayo, lo que es frontal y palmario. En su libro, el tamaño real de los hechos experimenta distorsiones curiosas. Judt infravalora el grado enorme de deterioro que sufrieron las socialdemocracias más avanzadas durante el último tercio del XX. Reparemos en el caso sueco: la carga tributaria sueca subió, entre 1960 y 1990, del 28 (un porcentaje muy modesto) al 56 por ciento del PIB, mientras que la renta per cápita, la más alta de Europa en 1975, se ponía por debajo de la francesa, la alemana, la británica, o la belga. Esto no es una pejiguera: es un naufragio. En sentido inverso, Judt exagera los daños infligidos al sistema de cobertura social. Por lo común, el porcentaje sobre el PIB de gasto público se mantuvo o decreció levemente. El único que metió la tijera de modo salvaje fue el socialdemócrata Clinton. Aún más importante: Judt decide ignorar que el Estado Benefactor se hizo comparativamente disfuncional, no sólo porque estorbaba el crecimiento, sino, sobre todo, porque la abundancia de recursos públicos en poder de la clase política facilitó la aparición de clientelismos y corruptelas múltiples. No cabe concluir de aquí que sólo sean virtuosos los Estados frugales. Pero es un hecho consumado que las expansiones redistributivas entraron en una combinación desgraciada con estrategias electoralistas de pelaje diverso. Judt afirma, a propósito de la edad absurdamente temprana a que ahora se jubilan los ferroviarios franceses, que hay cosas que hay que corregir, y que se corregirán cuando la clase política reúna coraje bastante a explicar que dos más dos son cuatro. Y ahí se queda, en los ferroviarios. Pero esto es una gota en el océano. En realidad, habrá que comunicar al respetable, en algún momento, que se acabaron las pensiones, tal como han venido funcionando hasta la
fecha. Y que la causa del óbito es el abuso reiterado que del sistema han hecho políticos y votantes, al amparo de un pacto implícito que marginaba, imperdonablemente, a los todavía por nacer o a los que, por ser jóvenes, se quedarán a dos velas cuando les toque ser viejos. Resultaría absurdo, por supuesto, contraer la responsabilidad de la gran estafa, y la gran tragedia, a los políticos de izquierda. Se trata de una tragedia democrática, no específicamente socialdemócrata. Pero los socialdemócratas no están especialmente autorizados —por expresarlo suavemente— para subirse a la tribuna y pronunciar la gran catilinaria.
Sería consolador creer que el mercado arreglará lo que ha desarreglado una política que fue fructífera en los cuarenta, cincuenta o sesenta, e imposible o inoportuna en los ochenta o noventa. Pero el mercado, y en esto lleva razón Judt, no es el bálsamo de Fierabrás. La democracia es una cosa, y el mercado otra, y aunque se pueden reforzar recíprocamente, nada arguye que las firmezas de la primera hayan de redundar mecánicamente en beneficio del segundo, ni al revés. Esta crisis maldita que tarda en curarse, y un orden internacional cada día más destartalado, empiezan a generar la sensación de que nos estamos quedando sin números de la suerte. De algo, sin embargo, podemos estar seguros: y es que acudir a una administración de lotería con el décimo que se llevó el gordo en la edición del año pasado, es una manera como otra cualquiera de perder el tiempo.
Búsquedas relacionadas
  • Compartir
  • mas
  • Imprimir
publicidad

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.