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Liu Xiaobo, en 1989 y ahora

El disidente Bei Ling relata para ABC la experiencia vital de su amistad con Liu durante la etapa de su detención

Día 10/10/2010
El autor del artículo, a la izquierda, con Liu Xiaobo, en la última fotografía antes de su encarcelamiento
En 1989 estaba en Nueva York cuando supe que Liu Xiaobo estaba entre los detenidos en Pekín, tras la masacre del 4 de junio (Tiananmen). Éste es mi Xiaobo personal del que escribí entonces, cuando éramos jóvenes y despreocupados, a diferencia de hoy. Ahora lo releo y me resulta ingenuo.
A finales de 1993 volví a Pekín y él ya estaba libre; luego trabajamos mucho juntos pero no quise enseñarle lo que escribí. En el 2000 fui yo el detenido y deportado. En el exilio fundé el Pen Club independiente. Cuando Liu Xiaobo se hizo cargo de su presidencia, su papel en China creció y reconozco que también tuvimos diferencias de opinión.
Pero ahora Xiaobo vuelve a estar en la cárcel con una condena de 11 años. Estoy aturdido, le echo mucho de menos y me cuesta expresarlo con palabras.
Algunos van a la cárcel y nos dejan sobre todo sus acciones y opiniones, pero su imagen se va tornando borrosa. Pero él, una persona de carne con opiniones tan fuertes, nos deja sobre todo su carácter, su genio y para mí una frustración contenida.
Éste es mi buen amigo Liu Xiaobo. Un héroe maníaco, que camina por su habitación todo el día, cigarro en boca, mientras restriega instintivamente la camisa y con una expresión cándida se interesa por mis cosas más triviales. Me exaspera, pero entro en su juego en busca de algún alivio. O cambio a una pregunta metafísica, a la que se lanza como una catarata. Con él no puedes seguir tranquilo su pensamiento; te explica a Kant, pasa a Camus y cita el mito de Sísifo. Solía recitar a su mujer, a su hijo y a sus cuatro paredes a sus filósofos europeos. Hay que creerle cuando dice que les ha leído tres veces «Cien años de soledad» y que otras tres les ha recitado «El mundo como voluntad» de Schopenhauer.
Un día de 1987 me dijo: «Me paso el día como un loco en la bicicleta». Y le respondí: «No, tú peroras como un loco en bicicleta». En la inquieta primavera del 88 se me ocurrió retarlo en «su magisterio». Así que lo cité en Weigongcun y Xiaobo se vino en bicileta desde la facultad de Pedagogía, inquiriendo qué santa misión lo requería. Le presenté al poeta Duo Duo y a otros amigos. Se quedó perplejo, pero entendió y nos sentamos. Duo Duo hacía preguntas y Liu Xiaobo hablaba de lo divino y lo humano, la Ilustración y el movimiento del 4 de mayo; de Kant pasó al historiador de la modernidad china Wang Guowei; y de su aserto sobre cada corriente occidental saltó a su opinión sobre cada uno de los intelectuales chinos y de su compromiso dividido ante el poder. Tras horas de debate la constatación nos sumió en la tristeza.
Liu pasó de ser un valor en bruto a remover la ciencia establecida, confrontando al mundo académico con sus herramientas de la filosofía occidental clásica. Se empezó a hablar del «fenómeno Liu» y su libro «La elección de la crítica -Diálogo con Li Zehou» se volvió casi inaccesible.
Era abril del 89 en Nueva York cuando me llamó y me dijo que regresaba. Para que no le entraran dudas, tenía un billete sin cambios. Salí corriendo a su piso y le dije: «Xiaobo, estoy orgulloso de ti. Ve primero que yo te sigo pronto». Todas sus dudas desaparecieron. Una extraña tranquilidad le hacía balbucear: «Bei Ling, no, nosotros no podemos quedarnos aquí sentados, ¿no hemos esperado siempre un momento así?».
Noches enteras ante el televisor, viendo a miles de fogosos estudiantes en la calle, por un futuro mejor. Iban en serio, eran tan francos, estábamos conmovidos. ¿Qué hacíamos aún en Nueva York? Teníamos que volver, era nuestro Pekín.
Xiaobo se fue. Sabía lo que hacía. Estaba preparado para ser detenido, quizá ya en el aeropuerto.Y sabía cómo se trata a los intelectuales en la cárcel. Pero ninguno de nosotros estaba preparado para la experiencia de que los soldados abrieran fuego sobre los estudiantes, que pasaran con carros sobre la gente.
Al marchar me había preocupado que se pensase que era un instigador político. Liu Xiaobo había explicado: «Vuelvo para cumplir con mis obligaciones como profesor. Todas mis actividades en EE.UU. son públicas. En los artículos he subrayado la libertad que hay que conservar como intelectual, la distancia de cualquier asociación política. Me he manifestado en favor de procesos democráticos y principios sin violencia. Además no valgo, aunque sea solo por mi temperamento, para la organización política».
Y salió a la calle y lo detuvieron. Su forma de actuar atestiguaba lo que había escrito. Cinco libros habían sido publicados, había dado muchos discursos, siempre como una cascada entrecortada, sus palabras eran tan combativas que sus críticos habían echado de menos más calma y objetividad. Pero a él no le preocupaba su imagen, no hacía apaños, le daba igual lo que se dijera de él.
Desde lo corriente, se le podrían criticar muchas cosas pero su determinación evidenciaba el carácter que les falta a los intelectuales chinos. Es una persona tierna que no soporta la componenda. Alza su voz por la libertad del individuo pero luego depende mucho de sus amigos. Su carácter testarudo es muy valioso y raro entre los intelectuales chinos.
Pero es fácil de trato; sabe lo complicadas que son las personas y anhela la simplicidad. Dice la verdad y no adorna las debilidades humanas.
Liu Xiaobo acabó en la cárcel; le esperan muchos años entre barrotes. Llegamos a tener los billetes de avión, pero yo tuve miedo. Estuvimos día y noche juntos y ahora nos separa una diferencia enorme; me avergüenzo de mi cobardía. Ya no hay opción. La sangre de muchos jóvenes —personas encarceladas como Xiaobo, Zhou Tuo, Hou Dejian, todos los detenidos— me persigue, invade mis sueños, decide por mí. También de lo que escribo.
Bei Ling
Escritor. Fue encarcelado en el 2000 y liberado por mediación de EE.UU.
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