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Columnas / AD LIBITUM

De gimnasias y magnesias

Alguien debiera pagar con un gesto de elegancia la derrota que ha supuesto la victoria de Tomás Gómez

Día 07/10/2010
NUESTROS políticos suelen frecuentar más los gimnasios que las bibliotecas. Tampoco acuden mucho a los cines y teatros y, generalizando, puede decirse que los pocos que han cultivado su espíritu no suelen estar al día de las corrientes estéticas y culturales que brotan en el mundo. Eso se nota, sin grandes diferencias entre colores y partidos, en lo anacrónico de buena parte de las ideas y proyectos que se manejan como útiles para el remedio de muchos de los males que padecemos. Uno de los que pretenden la modernidad, sin conseguirlo, es Alfonso Guerra, un hombre que llegó a tener más poder del que hoy ostenta José Blanco y que se ha quedado —recuérdese el Estatut— en disciplinado presidente de la Comisión Constitucional del Congreso.
Guerra parece tan viejo e inservible como la socialdemocracia europea, que tuvo un pasado brillante, al que debemos avances y conquistas; tiene un presente tambaleante, como el que encarna José Luis Rodríguez Zapatero, y no presenta perspectivas de futuro. Aun así, Guerra no pierde el ingenio ni la mala leche que, aunque no cotizan en política, merecen respeto. Ayer, para cerrar la anécdota de las primarias de Madrid, dijo Guerra que debe incluirse entre los «perdedores» a Zapatero y a Pérez Rubalcaba. No citó, quizá por solidaridad con quien hoy representa el papel que a él le correspondió, a José Blanco.
Perder es, solo, la alternativa de la victoria y no es cosa, menos por unas primarias de dudosa utilidad, que los perdedores, como un samurai deshonrado, se hagan el haraquiri; pero, por guardar las formas, alguien debiera pagar con un gesto de elegancia la derrota que, para los mejor instalados en el PSOE, ha supuesto la victoria de Tomás Gómez. Las dimisiones son al fracaso lo que los homenajes al éxito y no debe regatearse ninguna de tan expresivas ceremonias. Ni aunque el socialismo español, como dice José María Aznar encabece el grupo de «las ideologías insolventes». En Europa, en lo que queda de ella, ya lo han visto de ese modo, se han quitado de encima la socialdemocracia y empiezan a adelgazar algunos supuestos del Estado de Bienestar. Aquí, para que sea posible ese giro de racionalidad, no es suficiente que, de vez en cuando, Aznar salga de una sala de fitnneso interrumpa su maratón cotidiano, para decir lo que no dice Mariano Rajoy. Debiera ser el líder titular del PP, no su antecedente histórico, el que nos cuente cuál es su proyecto, su programa, para que todos sepamos a qué atenernos y quienes vienen votando socialista puedan dejar de hacerlo. El método clásico para conseguir esos efectos es, con perdón, la moción de censura.
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