Castilla y León

Castilla y León / pensamiento y humanidades

Un político sólido y franco

Rodrigo Borja Ceballos_ Ex presidente de Ecuador

Día 08/10/2010 - 20.29h
En las brillantes Memorias («A journey») que Tony Blair ha publicado hace poco, libro que, dado su éxito, lo haría millonario si no hubiera cedido los derechos a una institución de asistencia a los militares de su país, el político británico sostiene que una lección verdadera que ha aprendido es que «para triunfar en política, uno debe sentirlo». Tengo dudas de cómo lo siente el respetado ecuatoriano Rodrigo Borja Cevallos. Es un animal político, envuelto en los avatares públicos de su país a lo largo de cuatro décadas, pero su pálpito, en hombre conocido por su franqueza, es levemente diferente: «No es amor lo que siento por la política. Es un deber de servicio a los demás, de solidarizarme con otros…». Una interesante tarjeta de visita.
Borja Cevallos fue presidente de su país de 1988 a 1992 después de haber intentado conquistar la Presidencia en un par de ocasiones. En 1984 fue, incluso, el candidato más votado en la primera vuelta y disputó la segunda con el populista Febres Cordero que ganaría con el 51 por ciento de los votos. Hay ecuatorianos que afirman que el debate televisivo entre los dos, con un Febres más populachero y desgarrado frente a un Borja más templado e intelectual, inclinó la balanza. Desde el histórico duelo entre Kennedy y Nixon hace ahora cincuenta años la historia de las democracias está llena de ejemplos en que el impacto de un torneo o aparición televisiva sirve para arañar unos votos que resultan decisivos.
Orador elegante
No es que Borja fuera un orador desvaído. Al contrario, era articulado, comprensible y elegante. Pudimos comprobarlo en las dos primeras Cumbres iberoamericanas, la de Guadalajara en 1991 y la de Madrid en 1992. Sus compañeros elogiaron el verbo mesurado y la claridad de ideas del ecuatoriano pero la televisión, en una discusión, a veces se casa con el que es más telegénico o agresivo. Borja se desmelenó un tanto en la elección de 1988, en la que triunfaría en la primera vuelta y acabaría imponiéndose en la segunda con un 54 por ciento de los votos frente a Bucaran. Es una de las veces en que perdió la compostura. Insultado por su rival que le llamó beodo —Bucaran fue un personaje pintoresco que salió de la política con una pobre reputación—, Borja replicó tildándolo de «narcotraficante fascista».
De ideología progresista, admirador de Felipe González, fundador del Partido Liberal y su principal figura durante años, el flamante mandatario prometió en su discurso inaugural «honestidad, austeridad y sacrificio», cualidades que veían en su persona muchos de sus compatriotas. Trató de tranquilizar a los empresarios, bastantes de los cuales barruntaban peligros con la llegada de un «izquierdista» al poder, restableció las relaciones con Cuba, abogó por la no injerencia y el no alineamiento y admitió con coraje que Ecuador no podía asumir su deuda externa (unos 10.000 millones de dólares de la época), que tendría que ser reescalonada. En ésta y en varias ocasiones, Rodrigo Borja parecía abrazar el dicho de Keating: «El liderazgo no es tratar de ser simpático. Se trata de tener razón y ser sólido».
Su mandato
La herencia que recibió no era rosada. El precio del petróleo, parte vital de los ingresos ecuatorianos, se había desplomado y un reciente terremoto había destrozado el principal sistema de oleoductos del país. En su mandato habría éxitos, la economía mejoró en cuanto se entonó el precio del petróleo, un importante grupo guerrillero depuso las armas («Alfaro vive, carajo»), concluyó obras públicas vitales, inició un ambicioso programa de alfabetización y la iniciativa de los desayunos escolares fue muy apreciada. En el debe, según sus críticos, habría contradicciones en la política económica. El mandato fue agitado por cuatro huelgas generales y un levantamiento indígena generalizado que paralizó el país. Queja recurrente de los indios de diversos países iberoamericanos es que la independencia trajo beneficios para la clase criolla blanca, pero pocos para ellos, ni siquiera transcurridos 190 ó 200 años desde la emancipación. Borja, fiel a su espíritu dialogante y solidario, abordó el asunto, desoyendo voces intransigentes que pedían mano dura, con guante de terciopelo. Llegó a un acuerdo con los indios por el que les entregaba miles de hectáreas en el Amazonas, aún negando la petición maximalista de algunos caciques: los derechos del subsuelo.
De joven, Rodrigo Borja Cevallos se pagó los estudios trabajando en una radio y escribiendo en el «El Comercio». Fue un mediocre estudiante de Bachiller y excelente, con copiosas matrículas, en la Universidad Central de Ecuador, en la que ha enseñado muchos años en su época de opositor o cuando la Democracia había sido sofocada en el país. Enseña frecuentemente en prestigiosas universidades de Estados Unidos. Reputado jurista y tratadista, ha alumbrado interesantes obras —«El asilo diplomático», «La ética del poder», «Enciclopedia de la política»…— y es doctor Honoris Causa por universidades de solera, la Sorbona, Buenos Aires…
Apasionado del tenis
Nuestro catedrático tiene una costilla astillada producto de un duelo en su juventud. Eso no le ha impedido jugar apasionadamente al tenis (es también aficionado al automovilismo, a los toros y le gusta ver a diestros españoles en la feria decembrina de Quito). En su despacho hay una foto con Bush padre, el secretario de Estado Baker y el argentino Menem. Van a iniciar un «match» de tenis que ganarían los iberoamericanos. Parece que Borja, buena raqueta, y Menem ofrecieron jugarse la deuda iberoamericana a tres sets. Los yanquis declinaron. Dice el bueno del ex presidente que no le acaba de convencer Nadal. Que no es un tenista, que es una fuerza de la naturaleza. Lo que demuestra que Borja era un honrado y competente hombre de Estado, pero que nadie es perfecto.
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