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Columnas / AD LIBITUM

La secta socialista

El revolcón de las primarias, fruto de la torpeza de Zapatero, ha producido el efecto contrario del presumible

Día 06/10/2010
LOS últimos zarandeos experimentados por la familia socialista permiten sospechar que el PSOE, franquicias incluidas, es algo más que un partido. Cualquier otro grupo, por la derecha o por la izquierda, mostraría vestigios de vergüenza ante circunstancias tan artificiales y caprichosas como, con ocasión de las primarias para la Comunidad de Madrid, han significado, de José Luis Rodríguez Zapatero hacia abajo, a toda la cúspide de poder que recala en la calle Ferraz de Madrid. No hemos asistido a una confrontación de ideas, sino a un cruce de caprichos y contradicciones que con el líder a la cabeza ha pretendido saltarse a la torera el reglamento de la formación y anteponer el dedazo al espíritu democrático. Y, además, con malos modos.
Sin embargo, todo el partido, incluso sus pretendidas víctimas, se han volcado en la protección y disculpa de Zapatero, José Blanco, Alfredo Pérez Rubalcaba y tutti quantiintegran la élite conspiradora en la que se tiende a confundir el partido con el Gobierno y, para mayor daño de nuestra ya dañada democracia, con el Estado. ¡Qué espectáculo! En abuso de la mala memoria de que solemos hacer uso en España, tal y como cantaban los del Frente de Juventudes, los socialistas marchan «prietas las filas». Sin un desmayo, sin una mala cara y, ni siquiera, un gesto de reproche al hombre que, no contento con haber generado el mayor paro conocido en España desde las migraciones del franquismo y de haber engordado la deuda y el déficit hasta dimensiones insólitas en el tiempo constitucional, le ha hecho al partido que lidera como secretario general más daño que el que conocieron en el exilio sus líderes históricos.
El revolcón de las primarias, fruto de la torpeza operativa de Zapatero, ha producido el efecto contrario del presumible. El PSOE, en formación de orden cerrado, como cuando éramos soldados no voluntarios, desfila en torno a su caudillo y le rinde pleitesía y culto. Podría ser un alarde de disciplina; pero, más bien, parece un signo propio de las sectas en las que unos miligramos de ideología y unas toneladas de intereses compartidos conforman un cuerpo único y sólido en el que se arruina la razón y se proscribe la crítica. Es la máxima expresión de la partitocracia, en la que un líder tiene poder para señalar quién encabeza la lista electoral para todos los Ayuntamientos del país, para todas las Autonomías y, en las legislativas, para cada circunscripción y, a mayor abundamiento, puede mangonear en la configuración del Consejo General del Poder Judicial, en la del Tribunal Constitucional, y en una buena parte de los medios informativos disponibles.
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