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Columnas / CAMBIO DE GUARDIA

De Castro a Chávez

Chávez no enseña los dientes a esos tiburones yanquis y peligrosos. Asusta a algún besugo desdentado

Día 06/10/2010
YO era un chaval, los tiempos eran propicios al malentendido. Es lo que tienen las dictaduras. A fuerza de odiar el franquismo, uno acababa por sentir afecto a todo lo que nos parecía su contrario; aunque tantas veces, al final, no fuese más que una variedad local de lo mismo. Son cosas que con la edad se curan, si uno no quedó tarado del todo, que también pasa. Recuerdo que debió de ser en torno al 68, pero de la fecha exacta sólo guardo el intacto recuerdo de cierto rostro a mi lado. Era la sala de un colegio mayor de entonces. Y, en su pantalla, una larga entrevista del Comandante Fidel Castro, puesta a nuestra disposición por algún amable funcionario de aquella legación diplomática habanera que no recuerdo que tuviera nunca problemas con el franquismo. Castro —aunque entonces sólo hubiéramos dicho reverencialmente «Fidel», a la manera en que los devotos del GAL aquí dirían en su día sólo «Felipe», la afición por los cálidos nombres propios cuadra bien con todas las dictaduras—, Castro, digo, hablaba sin parar: así era siempre. A mí aquel exceso de oratoria se me hacía duro. Incluso en mis años jóvenes —cuando todo en un hombre es tan dado al exceso— tenía yo ya una cierta querencia —sospechosamente elitista, sin duda— a lo del menos es más. En el caso del Comandante, más era muchísimo menos que menos y aun bastante por debajo de nada.
Hubo un momento, sin embargo, decisivo en aquel pase. Castro explicaba su teoría del imperialismo. Estaba yo buceando el otro día, largó con tono serio. Se me vino un tiburón con mala pinta. Yo me quedé mirándolo y le enseñé los dientes. El tiburón salió zumbando. La lucha contra el imperialismo es eso: ustedes les enseñan los dientes y ellos huyen… Supe que aquel tipo era un cafre. Y decidí borrarlo de mis intereses. No me había yo pasado la mitad de mi corta vida estudiando a Rosa Luxemburg, a Hilferding, Lenin, Bettelheim, Sweezy o Baran, sin hablar del majestuoso Marx, para aceptar que un chiflado con barba descapitalizase mi tiempo invertido. Si alguien estaba dispuesto a reírle tales gracias al pintoresco hombre de los rusos en el Caribe, allá ese alguien con su triste destino. Nunca pensé —yo casi siempre me equivoco— que aquella exaltación del puro irracionalismo fuera a hacer escuela. Medio siglo después llegó Hugo Chávez. Y Fidel Castro pareció —al lado de su discípulo— una versión muy comedida de Descartes.
No digo yo que me extrañe la blindada pervivencia de las extravagantes variedades de Caudillos en la zona. Antes de Fidel hubo Tirano Banderas, en la prosa relampagueante de Valle. Y cuarto y mitad de Tiranos Banderas demasiado reales y demasiado encharcados en corrupción y en sangre y en locura. El hombre de Moscú en las Antillas trasplantó a ese cultivo milenario sólo ciertas retóricas, mal traducidas del ruso soviético. El resultado era hilarante. Tanto como homicida. Pervivió, porque la guerra fría lo exigía. Pervive, porque nadie sabe qué hacer ya con semejante escombrera de desidia y ruina.
Chávez aprendió la lección del comandante. Pero él no enseña los dientes a esos tiburones yanquis y peligrosos. Asusta a algún besugo desdentado: Zapateros, Moratinos, Bonos… Hasta los dictadores degeneran.
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