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Columnas / EL RECUADRO

Los currelas ganaron la huelga

La España oficial y la España real. Por un lado, la Unión General de Trabajadores; por el otro, los currelas

Día 03/10/2010
SUBO otra vez, con todas las radios conectadas y todos los televisores enchufados, a mi Observatorio de la Lengua Cotidiana (Sin Trincar) y me llena de alegría comprobar lo que nos ha dejado la mal llamada Huelga General de la sanmiguelada: la consagración del uso generalizado de una nueva voz. La palabra es «currela», apócope de otra que no está en el DRAE, aunque sí en la murga famosa de Carlos Cano: «currelante». En los micrófonos con la voz de la calle en el Día Nacional de la Silicona, usted oiría muchas veces a sufridores de los piquetes mal llamados informativos, que se quejaban:
—No han dejado salir a los autobuses de las cocheras. ¿Cómo vamos a ir al trabajo los currelas que tenemos que pagar la hipoteca?
La España oficial y la España real. Por un lado, la Unión General de Trabajadores; por el otro, los currelas. No escuché que nadie hablase el día 29 de «los currantes», o «los currelantes». Por el contrario, muchas veces sonó este neologismo, que supongo madrileñismo, tan castizo como el habla de Arniches: los currelas.
La lengua española que persiguen en Cataluña como si fuera la Fiesta de los toros está más viva que nunca. Está en plena producción la factoría gaditana. En Cádiz cerraron muchas fabricas, menos la factoría de las palabras, para la que no hubo reconversión industrial. Si en el siglo XIX nos llegó desde Cádiz la palabra «liberal», en el XX nos vino «pelotazo». Sevilla no le ha ido a la zaga. La importación de la cultura underground de Berkeley y del movimiento hippy vía discos de las bases de Rota y Morón fue una revolución para el habla cotidiana, reflejada en el «Manifiesto de lo Borde» que en tiempos de Smash y del pujante rock andaluz bordó Gonzalo García Pelayo, donde consagró la palabra «rollo» y el verbo «enrollarse». En los textos de los rockeros sevillanos en el periodo que va de Mayo del 68 a la muerte de Franco pueden encontrar los lingüistas el arranque del éxito de los sufijos en —ata y en —ona, con los que ahora se construye media habla cotidiana. De allí, del pub Don Gonzalo de García Pelayo, de Smash, de Gong, de Alameda, surgió lo de llamar bocata al bocadillo o litrona y botellona a la cerveza. Esos recursos expresivos pasaron inmediatamente a Madrid, otra fábrica de la lengua, donde el jubilado fue inmediatamente jubilata y la furgoneta, furgona.
Aquellos viejos rockeros enriquecedores del habla se nutrieron del caló y de la jerga de los flamencos. De ahí tanto gitanismo en el propio «Manifiesto»: chungo, ronear. Y «currelar» por trabajar. Un currelar primo hermano y gitano de «tajelar» (correr) o de «camelar» (querer). Que en toda España lucha, con desigual fortuna, con «currar», que en Argentina y en el mundo de la flamenquería es justo lo contrario que trabajar: sacar dinero con engaño, aprovecharse de alguien, obtener ganancias con malas artes. Timar. Frente a un equívoco «currar», con el que nunca se sabe si el tío la dobla o engaña al prójimo, el expresivo y preciso gitanismo «currelar» ya ha entrado en la XXIII edición del DRAE. Acompaña allí a «currante» (por currelante) y a «curro» (por currelo). Pero la calle, madre y maestra de la lengua, ha consagrado la voz «currelante» hablando en plena huelga del currela, su apócope. La vieja voz calé, pasada por el casticismo madrileño y su riqueza creadora, nos dice que la mal llamada huelga general la ganaron los currelas que, como su mismo nombre indica, querían ir a trabajar. A ejercer el constitucional derecho a conjugar el verbo currelar.
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