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Columnas / AD LIBITUM

¿Quién paga la factura?

El Gobierno promete lo que no puede y los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten

Día 30/09/2010
DICEN los sindicatos que la huelga general de ayer fue un éxito y el Gobierno lo desmiente con sus datos; pero, ¿quién paga la factura? España, poco a poco, va desvaneciendo la idea esencial de un Estado de Derecho para implantar una Nación de Impunidades y, por un procedimiento tan portentoso como irresponsable, nunca le pasa nada a quien debiera pasarle algo. Entre nosotros, las causas políticas solo generan efectos ciudadanos, pero sin coste para sus promotores. Si el 29-S se hubiera llevado por delante al Gobierno de Zapatero o a los líderes de los sindicatos organizados en duopolio de falsa representación laboral, la deuda de la perturbación estaría saldada y sus teóricos sucesores tratarían de hacerlo mejor o, cuando menos, de un modo diferente. Los suicidas tienden a llamarle éxito a la consecución de su propio certificado de defunción, pero eso no suele aliviar los problemas o los desencantos que les llevaron a tirarse por un puente.
La insólita convocatoria de ayer, en la que unos sindicatos de dudosa representatividad clamaban por la anulación de una ley aprobada por una mayoría en el Congreso, es todo un síntoma de la profunda enfermedad que —literalmente— nos paraliza y empobrece. No hay conciencia de que el cuerpo nacional necesita cirugía en lo público y tratamiento de choque en lo privado y, alegremente, el Gobierno promete lo que no puede cumplir, los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten, la patronal brilla por su ausencia y la oposición se limita al pataleo.
El espectáculo de un Gobierno y unos sindicatos tratando de no hacerse mucho daño los unos a los otros es la única superchería que le faltaba a José Luis Rodríguez Zapatero para completar su colección de esperpentos. De ahí que no sea suficiente que Mariano Rajoy se limite a lamentarse de que a esta legislatura le sobra un año. Le sobra, qué duda cabe, pero le falta un líder en la oposición que cumpla con su función. Aunque tenga garantizado su fracaso, al PP, para dejar las cosas claras y perfilar la capacidad y la intención de la alternativa, se le puede exigir una moción de censura que centre en el Parlamento, mejor que en la calle y en sus mentideros, el debate político y obligue a las fuerzas en presencia a obrar en consecuencia. Démosle al 29-S, al menos, la función de una provechosa catarsis que le ponga fin a las penosas inercias a las que nos hemos acostumbrado. La pasividad del PSOE que respalda a Zapatero y la fáctica complacencia del PP pueden volverse contra los dos únicos partidos grandes, nacionales y representativos en los que se sustenta nuestra débil democracia española.
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