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«El sexo a veces es la única forma de comunicación posible»

El autor peruano Santiago Roncagliolo publica «Tan cerca de la vida», novela que mezcla el thriller con el amor y la ciencia ficción en un Tokio lleno de misterios

Día 28/09/2010 - 17.39h
ALFAGUARA
Santiago Roncagliolo
Puede que resulte extraño que una novela que mezcla la inteligencia artificial con el thriller psicológico y el mercado sexual en Japón sea una de las obras más autobiográficas del escritor peruano Santiago Roncagliolo. Pero depurando las capas que construyen esta narración, lo que queda es un retrato descarnado sobre la soledad de las multitudes y la paradójica incomunicación de la Sociedad de la Información. Basada en la propia experiencia del autor, «Tan cerca de la vida» (Alfaguara) es el resultado hecho ficción de un viaje que el peruano realizó a la capital nipona, donde se albergó en el hotel de «Lost in translation». Tras libros como «Pudor», llevado al cine por los hermanos Ulloa, y «Abril rojo», premio Alfaguara de novela en 2006, Roncagliolo da un giro, con el que se despega de Latinoamérica, y en el que pueden rastrearse influencias como Phillip Dick, Sofía Coppola, y el terror japonés. Pero, ante todo, «Tan cerca de la vida» es la historia de un hombre que se enfrenta a las cosas que le dan miedo, entre ellas el amor.
—¿Cuál fue su primera reacción al llegar a Japón?
—Tenía la sensación de que todo se veía hiperoccidental. Pero, a la vez, detrás de toda esta apariencia tan moderna hay algo extraño que no terminas de entender y que la convierte en una ciudad misteriosa y solitaria.
—¿Hay muchas similitudes entre el protagonista y usted?
—Esta novela es muy autobiográfica. Con esa sensación de soledad, una vez puse el canal porno y vi una escena en la que penetración estaba pixelada. El único contacto humano que veía y estaba pixelado... Como no podía hablar con nadie pagué a una mujer de esas que contratas para conversar. Pero como no hablábamos el mismo idioma pasamos una hora tratando de comunicarnos con gestos y fue lo más cercano a una comunicación que tuve en semanas. En la novela, el sexo es la única forma de comunicación posible para el protagonista.
—¿Cree que el sexo es una buena forma de comunicación?
—Es una, a veces la única que te queda, y una en la que es difícil mentir.
—Paul Theroux dice que la pornografía da un acceso directo a la cultura de un país. ¿Hay en su libro una aproximación a esa idea?
—En efecto, en Japón la penetración está prohibida por ley si no es por amor. Hay prostitutas que lo hacen, pero si la policía te descubre tienes que ir a la comisaría a declarar que estabas enamorado. El sexo te da una buena medida de la diferencia de la cultura, porque es lo más íntimo pero también lo más reglamentado.
—¿Cree que vamos hacia una deshumanización de las relaciones?
—Por un lado, buscamos en máquinas lo que no nos dan las personas. Pero también las empresas se han vuelto tan grandes que las personas son cada vez más productos dentro de ellas. Los seres humanos se llaman recursos humanos...
—¿Son la ciencia y la tecnología, en alguna medida, un obstáculo?
—No, creo que le dan otras vías a nuestras vidas. Pero, ¿puedes hacer que una máquina te quiera? Supongo que el amor es ese juguete que no venden en el pornoshop.
—Tengo entendido que su pasión por la literatura surgió luego de la vuelta del exilio familiar...
—Si, es verdad. Cuando volvimos de México, el Perú era un país muy extraño para mí, muy violento, y la literatura me daba un mundo mejor en el cual refugiarme. Y a partir de entonces, literalmente, la literatura me ha salvado el pellejo muchas veces.
—¿Por qué decidió venir a España?
—Por error [se ríe]. Yo quería ser escritor, conocí a dos peruanos que eran escritores profesionales y los dos vivían en España... [lanza una carcajada]. Los primeros años fueron muy duros en realidad, pero también me sirvieron, porque vivir cosas nuevas siempre te ayuda a escribir. Pero no me puedo quejar. España me dio mucho más de lo que yo esperaba.
—Usted tuvo varios oficios, e incluso trabajó de negro literario...
—Si quieres saber lo más ridículo que hice, fue ser modelo publicitario de locutorios para inmigrantes. Cuando estaba negociando mi primera novela, mi foto estaba en todos los metros de Madrid. Y yo pensaba, como vea esta foto un editor nadie me va a tomar en serio.
—¿Le molesta como escritor peruano tener que mirarse en el espejo de Vargas Llosa?
—Uno siempre tiene que tratar de hacer algo distinto a sus maestros, porque es lo que implica haber aprendido. Pero, a la vez, siempre hay gente que encuentra cosas de Vargas Llosa en lo que yo escribo y no sé si es que está realmente en los textos o es que ya te leen directamente en esa tradición. Supongo que me pasa lo mismo que con mi padre. Llevo 35 años tratando de no parecerme a él, pero tengo su nariz.
—¿Cree que la literatura latinoamericana se ve limitada en Europa a ciertos temas?
—El boom latinoamericano fue la última vez que los editores europeos vendieron libros de latinoamericanos. Necesitan ponerte el membrete del nuevo Vargas Llosa o del nuevo García Márquez cueste lo que cueste.

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