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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

El diablo y las encuestas

El mago de las encuestas, que son la droga de los políticos, ha permitido que en Madrid le cargue una el diablo

Día 24/09/2010
LAS encuestas son la droga de los políticos, que viven colgados de la demoscopia. Gastan cantidades insondables en estudios de opinión pública sin aceptar que a veces la gente simplemente miente en ellos o se perfila del modo que considera más socialmente correcto; algunos dirigentes incluso se confunden a sí mismos al mandar incluir en los sondeos preguntas con respuesta inducida, lo que equivale a hacer trampas en un solitario. La política contemporánea ha renunciado al liderazgo de las ideas para dejarse guiar por las técnicas de mercado; en vez de persuadir a los votantes, la dirigencia les pregunta qué quieren y con las respuestas conforma programas según demanda que luego trata de presentar como ideológicos. A veces rompen el espejo como la madrastra de Blancanieves, que es lo que acaba de hacer la vicepresidenta De la Vega con la directora del CIS. Nada nuevo: la Historia está llena de mensajeros liquidados por portar malas noticias y los romanos decapitaban a los augures pesimistas. Pero tampoco siempre ocurre así; de hecho en España hay sociólogos que se han hecho millonarios a base de equivocarse en los pronósticos.
Al pueblo le divierte que las encuestas patinen: es como si engañara a través de ellas a los que se pasan la vida engañándolo con la gobernanza. Hay fallos pintorescos. Javier Arenas convenció a Aznar de que Adolfo Suárez Illana era el candidato ideal para derrotar a Bono en La Mancha con varios sondeos que certificaban su victoria. Se llevó un revolcón histórico porque los consultados creían que les estaban preguntando por su padre, el audaz arquitecto de la Transición ahora perdido en la trágica bruma del Alzheimer. Chirac adelantó unas legislativas confiado en el vaticinio del éxito y acabó con el socialista Jospin encaramado en sus presidenciales faltriqueras. La demoscopia es una ciencia, pero no exacta; si lo fuese no sería necesario celebrar elecciones. Lo que sí resulta es una ciencia muy cara.
A Zapatero le va a salir carísimo el sondeo que Blanco encargó para promover a Trinidad Jiménez como rival madrileña de Esperanza Aguirre. Preguntaron a muchos ciudadanos pero se les olvidó pedir opinión a la militancia del partido; creían que el tal Tomás Gómez era pan comido y que se derretiría con una llamada de Moncloa, y le prepararon un pucherazo demoscópico. Pero Gómez se ha rebelado subiéndose a las barbas de la hegemonía interna y va a ser el primer político que derrote al presidente; si gana, como parece –a Trini le ayudan poco algunos padrinos aficionados a los tejemanejes--, saldrá proyectado de las primarias y se convertirá en un adversario temible para Aguirre… y acaso para el propio Zapatero, que ya piensa en disimular el error vendiéndolo como una alambicada maniobra estratégica. El mago de las encuestas ha dejado que le cargue una el diablo.
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