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Columnas / AD LIBITUM

Frases históricas

El presidente del Gobierno se conforma con el clic de una cámara que le inmortalice para la posteridad

Día 22/09/2010
RICARDO III de Inglaterra, con la ayuda de William Shakespeare, pasó a la Historia por haber gritado, en los campos de Bosworth, en Leicestershire: «¡Mi reino por un caballo!». Le sirvió de poco porque Enrique Tudor recogió del suelo la corona ensangrentada del rey descabalgado y ordenó que echaran su cadáver al río. José Luis Rodríguez Zapatero, también en la escuela de los dichos solemnes y heroicos, y sin la ayuda de nadie, se sentó en la ONU junto al rey de Marruecos, Mohamed VI, después de pronunciar una frase que bien pudiera servirle —ojalá que dentro de muchos años— como epitafio: «La foto es lo más importante». Sabe el presidente del Gobierno que ni los tiempos ni su propia conducta política favorecen la hipótesis de que los poetas épicos del Reino le dediquen sus composiciones y, realista que es el hombre, se conforma con el clic de una cámara digital que le inmortalice para la posteridad.
El seguimiento de la actualidad acuña frases casuales, impensadas, que sirven para medir la hondura de sus protagonistas. Esta es una de ellas. Zapatero se sentó en un escaño del Congreso, como diputado por León, en 1986. Lleva así un cuarto de siglo con la obsesión continua de rellenar su álbum con instantáneas singulares y lo va consiguiendo. Es una colección costosa, especialmente para su partido, que se desdibuja y enflaquece con la jibarización de sus cabezas rectoras, y para España, que vive sumida en el paro, el déficit y la deuda; pero que colma la ilusión de un devoto de lo instantáneo.
Si hubiéramos tenido más suerte en el castingde nuestra vida política, secuestrada por una partitocracia estéril, el presidente de turno, mejor que en Ricardo III, se hubiera fijado en Enrique IV de Francia —para nosotros, Enrique III de Navarra— que, puestos a esculpir frases en la piedra de la Historia, en alarde de pragmático cinismo y consciente de sus propios objetivos, saltó de protestante a católico con solo un dicho sencillo: «París bien vale una misa». Quizá nuestro Felipe II le escribió el guión, pero fue un buen rey para los franceses. Una foto, marcada por la prepotencia de un banderín de sobremesa, marca la distancia entre quien, mejor o peor, sirve los intereses del Estado que encarna y, quien peor o mejor, trata de sobrevivir en un conflicto continuo y pluriforme. Ahora, obsesionado por la inevitable fotografía del 29-S, la de la consumación del potencial matonismo sindical, da palos de ciego en un escenario planetario, su sueño dorado, en el que ofrece lo que no tiene y, además, carece de los debidos poderes parlamentarios para poderlo ofrecer. La foto es lo más importante.
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