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El peligro de agradar

«Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas

Día 16/09/2010 - 02.54h
EL primer ministro marroquí, Abbas el Fasí, se ha enfadado mucho cuando se ha enterado de que el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, iba a visitar hoy Melilla. Tanto le han molestado los planes de don Mariano que le ha escrito una carta para decirle que no viaje. «No viajes que nos provocas», viene a decir en muy sucinto resumen. Como la carta no era íntima, El Fasí, la difundió a bombo, platillo y televisión. En ella nos amenaza con un terrible agravamiento de las relaciones en caso de que Rajoy ose pisar Melilla. Dice que sería una pena estropear nuestras idílicas relaciones. Eso sí, dejando claro que lo que creemos nuestro es suyo y que nos lo va a quitar: las dos ciudades españoles en África. No debe existir amistad más sólida que la que sobrevive a las continuas amenazas de uno de los amigos de robarle al otro. Para añadir dramatismo al viaje de Rajoy, que estuvo en junio en Melilla sin que nadie se inmutara, el régimen ha movilizado a sus huestes. Para organizar una de esas protestas espontáneas que la libérrima ley marroquí permite cuando sus ciudadanos quieren protestar, ya sea contra la visita de Rajoy, las torturas en las cárceles, los derechos saharauis o la subida del pan.
La respuesta de Rajoy ha tenido la forma campechana a la que tan acostumbrados nos tiene. Que no sólo irrita a marroquíes. Pero en el fondo no podía decir otra cosa. Él en España viaja a donde le da la gana y Marruecos puede decir misa. Hasta ahí todo bien. Si a Marruecos le molesta lo que pasa en España que le llore a Anasagasti. Nosotros no pedimos derecho a veto en las fiestas de Mohammed VI. Pero sí nos preocupa lo que pasa aquí. Porque —qué casualidad—, la airada carta del primer ministro marroquí contiene expresiones que parecen copiadas de un artículo que publicó el martes El País como su principal tribuna. Firmado por Ignacio Sotelo, un intelectual socialista español que el felipismo tuvo a bien jubilar de la política, el artículo aboga por entregarle a Marruecos cuanto antes Ceuta y Melilla. «Recomponer las relaciones con Marruecos», lo titula su autor. ¿Para qué recomponer si son impecables? Sotelo —como ya hizo el diplomático socialista Máximo Cajal— asume y acepta la posición y el chantaje marroquí. Está claro que Marruecos le ha cogido la medida a Zapatero. Sabe que el agónico personaje es, en su obsequiosidad, ideal para que Rabat cimente un derecho de veto sobre la normalidad de la vida en estas dos ciudades. Sabe que tiene aliados entre los socialistas que ven Ceuta y Melilla poco menos que como cuarteles de generales africanistas. A los que, si lo saben, importa un carajo que Melilla cumpla mañana 513 años de españolidad. «Si se irrita, denle. Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas. Así las cosas, se la tendrá que disputar a otros islamistas que lleguen antes.
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