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«El país no está para una huelga general»

Lleva veinte años en la pomada sindical. Y ahí sigue, al frente de una central minoritaria, que se ha hecho fuerte en el sector público. Afirma que el suyo es el único sindicato independiente que queda en el mundo laboral y asegura estar en posesión de razones contundentes que lo confirman. Veamos.

Día 05/09/2010
SI interpretamos su trayectoria sindical en términos cromáticos, podríamos decir que su vida pasó del rojo al amarillo sin transición aparente. Pero los colores, como la historia se ha encargado de demostrar, a veces enredan más que aclaran. Francisca Carretero inició su andadura sindical en los años de la clandestinidad de la mano de CCOO. Y en los albores de la democracia se incorporó al CSIF, un recién nacido que vino al mundo rodeado de recelos.
—¿Podría aclararnos qué es un sindicato amarillo?
—Se ha llamado sindicato amarillo al que estaba pegado al régimen. Yo nunca he ido de amarilla. Siempre he tenido un color. Antes era rojo.
—¿Ya no?
—Mis ideas no son de otro tono. Si se identifica el color con la lucha y la igualdad. Pero hay otras cosas con las que no comulgo.
—Si un sindicato amarillo es aquel que está pegado al régimen, ¿ahora hay alguno?
—Qué malo es usted. No hay nada más que dos.
Francisca Carretero (La Carlota, 1950) pertenece a una familia de agricultores, aunque ella emigró pronto a Córdoba para labrarse un futuro profesional en el ámbito de la sanidad. Su conciencia combativa nació en el antiguo hospital provincial, donde las condiciones laborales brillaban por su precariedad. «Mi padre era muy crítico con el régimen y en casa se escuchaba la Pirenáica. Luego, en el Provincial, estaban las monjas y vi cantidad de irregularidades, lo mal que trataban al personal y cómo le pagaban en sobres, sin regulación alguna, que variaban dependiendo del comportamiento de cada uno». En 1971, entró en contacto con CCOO y poco después ya se presentó a las primeras elecciones de trabajadores, no democráticas y controladas por el sindicato vertical. Para sorpresa de la empresa, ganó una desconocida llamada Carretero y las elecciones fueron anuladas por medio de una maniobra administrativa.
En 1981, por razones familiares, abandonó toda actividad sindical. Y años después, con su incorporación al Reina Sofía, retomó su militancia ya en las filas del CSIF. A fecha de hoy, Francisca Carretero lleva 19 años liberada y desde 2000 encabeza el sindicato, primero como presidenta de una comisión gestora y, a partir de 2002, respaldada por unas elecciones que ha ganado en dos ocasiones con el 98% de los votos.
—Ese porcentaje da miedo. ¿No tiene usted críticos?
—Hoy somos una familia con objetivos comunes. La oligarquía que había aquí desapareció. Conmigo, es un sindicato participativo. Cada uno puede pertenecer al partido político que quiera. Lo que no puede es tener un cargo político en el partido y a la vez en el sindicato. Para preservar la independencia.
—¿Queda alguien independiente en este país?
—Lo puedo decir y demostrar. Hay sindicatos que se alimentan de la política y están muy condicionados. Nosotros vivimos de la cuota de los afiliados.
La sede está ubicada en un moderno edificio cercano a Vista Alegre. En la puerta, un letrero con rótulos metálicos indica que estamos ante la central sindical. No hay banderas, ni símbolos, ni pasquines. Unas oficinas pulcramente decoradas y un puñado de empleados tecleando en su ordenador. Francisca Carretero nos recibe en su despacho, combinado en tonos granate y amarillo. En la entrevista, prefiere hacerse acompañar de su mano derecha, Américo López.
—Dígame una razón para la huelga general.
—De momento, no la veo. El país no está en condiciones para huelga general. Veo, más bien, una huelga política.
—Un sindicato sin huelga es como una avispa sin aguijón, ¿no?
—No tiene por qué. Los sindicatos tenemos una función: sentarnos a negociar y hacer que se cumpla lo acordado.
—¿Le escoció mucho el batacazo de la huelga de funcionarios?
—Para nada. Yo estaba obligada a convocarla. Ellos libremente pueden elegir si la secundan o no. Pero había miedo. Hay muchos interinos, muchos mileuristas, a quienes se le descuentan su sueldo. Y piquetes ni uno.
—¿Ustedes no hacen piquetes?
—Yo no he hecho piquetes en la vida. Hay que respetar al trabajador. No eres mejor sindicato por obligar a una persona en contra de su voluntad. Si yo he estado en contra de una dictadura toda mi vida, cómo voy a aplicar cosas que van en contra de mis principios.
—¿Los funcionarios son una casta?
—No creo. Es una forma más de buscarse la vida. Han clavado sus codos, han aprobado sus oposiciones y somos un profesional más. No unos privilegiados como se quiere vender.
—¿Sigue vigente aquello del «vuelva usted mañana»?
—Eso es un tópico. Es la idea que se está dando. El funcionario trabaja como no se puede imaginar. Lo que pasa es que el que va allí a hacer cola, se encara con el funcionario. Y el trabajador no tiene culpa de nada. Cumple con su trabajo y con sus horarios. Es el sistema. No los trabajadores.
—En España tenemos un número de funcionarios similar al de autónomos. ¿Qué dice este dato sobre un país?
—¿Autónomos a fecha de hoy? Porque están quedando poquitos. Y funcionarios también.
—¿La administración es un empresario que dispara con pólvora ajena?
—Un poco sí. Pero la administración la forma un equipo humano que está condicionado.
—¿Qué es un sindicato de clase?
—¿De clase trabajadora? ¿O con clase? Nosotros no tenemos que tener clases. Tenemos que tener claro lo que queremos: luchar por el trabajador. Mientras el trabajador exista tienen que existir sindicatos.
—¿Cuando gobierna el PP también son ustedes un sindicato incómodo?
—Con Aznar estuvimos peor. Nuestro sitio legal nos lo ha dado Zapatero.
—¿Nos da la receta para salir del agujero?
—Eliminar a los gestores que nos han metido dentro y meter a gente que sepa gestionar.
—¿El capitalismo es un cadáver que goza de buena salud?
—A la vista está que no ha desaparecido y que ellos se están privilegiando más que el trabajador. Se pierden muchos puestos de trabajo pero no desaparecen bancos.
—Perdone, pero esto me suena a sindicato de clase.
—Pues seremos un sindicato de clase. Esos conceptos conmigo no van. Estoy aquí porque así lo decidieron los compromisarios. Tengo las ideas muy claras del sindicato que quiero. Creo en nuestro proyecto y lucho porque convenza cada vez a más gente.
—¿Hay vida fuera del sistema?
—No lo sé. Hoy por hoy los poderes fácticos están ahí, que son quienes tienen el poder.
—En el pecado original, el trabajo era una condena. ¿Es ahora un milagro?
—Totalmente de acuerdo con usted.
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