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Columnas / AD LIBITUM

Dos ministros volátiles

Los incidentes en curso, los que inquietan a los melillenses, forman parte del folclore fronterizo acostumbrado

Día 14/08/2010
MARRUECOS puede ser, en el peor de los casos, un problema para España; pero nunca, sean cuales fueren las circunstancias, una sorpresa. Lo sorprendente es la escasa finura, abundante confusión y generalizada torpeza con que vienen actuando los gobiernos que se han sucedido al amparo de la Constitución del 78 en relación con nuestro vecino del Sur. Marruecos, una monarquía teocrática revestida con ropajes constitucionales y engalanada con apariencia parlamentaria, necesita periódicamente, como válvula de escape para aliviar la tensión de sus conflictos internos, un conflicto exterior que desplace el foco de atención de los marroquíes. De ahí sus malas relaciones con todos sus vecinos, y nada más adecuado, por razones de proximidad, que Ceuta y Melilla, dos ciudades españolas enclavadas en su territorio desde varios siglos antes que Marruecos fuera, primero, un Reino, y, después, un Estado.
Los incidentes en curso, los que inquietan a los melillenses, forman parte del folclore fronterizo acostumbrado y su magnitud crece ante nuestros ojos por el hecho inusual de que el jefe del Gobierno acudiera al del Estado para pedir su intermediación ante el Rey de Marruecos. Algo, quizá, desmedido. Especialmente si el problema diplomático no tiene la enjundia suficiente para exigir la presencia del ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, ni requerir la del titular de Interior y responsable del orden fronterizo, Alfredo Pérez Rubalcaba.
Es posible que Moratinos, cuya hoja de servicios solo se anota, en lo que a Marruecos respecta, voluntarismos excesivos, errores notables y fracasos sonoros, esté deshojando la margarita que le ha ofrecido José Antonio Griñán para ser, en las próximas municipales, aspirante a la Alcaldía de Córdoba; pero, ¿dónde está Rubalcaba cuando se insulta a la Guardia Civil, se menosprecia a las mujeres de la Policía Nacional y la tensión crece en el entorno de una de nuestra ciudades? Según Tito Livio, Aníbal les daba de comer carne humana a sus soldados para excitar su ferocidad y valentía en el combate. José Luis Rodríguez Zapatero, al modo del cartaginés, debiera invitarles a un buen asado de cordero a sus dos señalados ministros para que, cuando menos, den la cara y no escurran el bulto en un momento que es, especialmente para los vecinos de Melilla, delicado e inquietante y oportuno para que todos los españoles tomemos conciencia de la fortaleza del Estado. Algo compatible con las buenas maneras frente a un vecino estimable en la medida en que no se obstine en resultar más incómodo de lo que marcan los cánones. Franco ya no agoniza.
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