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Reformas a rastras

Pedir claridad y rigor a Zapatero es como pedir a un graffitero que deje de manchar paredes

Día 01/08/2010 - 04.41h
ESPAÑA no necesita una reforma del mercado laboral. Necesita otro mercado laboral. Incluso sin la presente crisis. Es la única forma de que puede mantenerse entre las naciones avanzadas. El mercado laboral español fue diseñado por un régimen nacional-sindicalista, que nada tiene que ver con el mundo de nuestros días. Por lo pronto, incorporaba los sindicatos al aparato del Estado, convirtiendo a sus dirigentes en altos funcionarios del mismo y dando a los trabajadores una serie de privilegios —entre ellos, mantener el puesto de trabajo por vida—, a cambio de privarles de las libertades democráticas. Algo que no se sostiene en una democracia ni en un mercado global. Se le han puesto parches, pero el esquema sigue. Resultado: la división de los trabajadores entre fijos y temporales, con todos los privilegios para los fijos, que disminuyen, y ninguno para los temporales, que crecen hasta el punto de que en el último trimestre, el 92 por ciento de los empleos creados fueron de temporales. Por este camino, pronto llegaremos al 100. Pero han tenido que ser las presiones del exterior las que obligaron al gobierno a reformar ese mercado, ya que de por sí, nunca lo hubiera hecho. Y los sindicatos, menos. Mantenidos por el erario público, dirigidos por una elite funcionarial, que incluye unos «liberados del tajo» cuyo único quehacer es preparar pancartas y organizar manifestaciones, son los más interesados en mantener el statu-quo.
¿Va la reforma en curso a cambiar la situación? No, porque deja la vieja estructura. Es verdad que rebaja la indemnización por despido «procedente» de 45 a 20 días. Pero la empresa tendrá que «acreditar los resultados alegados y justificar que de los mismos se deduce la razonabilidad de la relación extintiva para preservar o favorecer su posición competitiva en el mercado». Con tal tortuosas exigencias, ya me dirán qué empresario aumenta su plantilla. Más, dejándose a los tribunales laborales —otra reliquia del pasado que tiende a dar la razón al trabajador— decidir si se cumplen o no tales requisitos.
Como suele ocurrir cuando se actúa a rastras y sin convicción, el gobierno ha hecho una reforma más cosmética que real. Nada de extraño que no satisfaga a nadie y poco ajustada a la realidad. Lo demuestra que deja a empresas y plantillas negociar los recortes de salarios, horarios, despidos y otras condiciones laborales, cuando se ha visto la incapacidad de patronal y sindicatos de llegar a este tipo de acuerdos en el marco anterior. Se necesita otro nuevo, claro, estricto. Pero pedir claridad y rigor a Zapatero es como pedir a un graffitero que deje de manchar paredes.
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