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Sabiduría gallega

Conversando sobre el debate parlamentario, si de Zapatero no se esperaba ya nada, de Rajoy que al menos no nos soltase el sermón de siempre

Día 19/07/2010 - 03.17h
Estábamos en la desembocadura del Miño, una sinfonía de colores, olores, sonidos, Portugal a un lado, el monte de Santa Trega al otro, allá al frente, América. El grupo de todos los veranos, conversando sobre el debate parlamentario. Todos insatisfechos. Si de Zapatero no se esperaba ya nada, de Rajoy se esperaba al menos que no nos soltase el sermón de siempre. Me dirijo al más gallego del grupo, por aquello de la afinidad: «Usted, don Félix, ¿que hubiera dicho de ser su paisano Rajoy?» Antes de responder, don Félix, me examina a fondo, para saber si hablo en serio. Parece que queda satisfecho porque inicia su propio discurso sobre el estado de la Nación. «Pues yo, don José María, hubiese dicho al señor presidente del Gobierno que estaba tan contento con lo que había oído que sólo el protocolo parlamentario me impedía ir a abrazarle. Finalmente había reconocido lo que yo venía diciéndole, sin que me hiciera caso: que estamos en una situación muy difícil. No iba a recordarle las veces que me había llamado alarmista por ello, ni sus repetidos anuncios de una próxima recuperación. No era el momento. Lo era de ofrecerle mi apoyo para salir del aprieto. Sin pedir gobiernos de coalición, ni ministerios, ni nada. Gratis. Me bastaba que dejásemos zanjado el tema del estatuto catalán, según lo que él mismo había dicho, que la sentencia del Constitucional “ponía fin al proceso de ampliación de la descentralización política en España”, y pasásemos a los recortes que se nos exigen para sanear nuestra economía. Empezando, no por los más débiles, sino por nosotros, los políticos, los partidos, los ministerios, los sindicatos, las administraciones, las campañas electorales y los extras de todo tipo. Sólo tras hacerlo, podríamos pedir sacrificios a la ciudadanía. De ahí pasaríamos a las grandes reformas. La laboral —para favorecer a todos los trabajadores, no sólo a los que tienen empleo fijo—, la de las pensiones —a fin de cuentas, nuestros padres trabajaron hasta los 70 años (los que llegaron), cuando la expectativa de vida era mucho menor—, la educativa —el estudio es un derecho, pero también un deber de todos los españoles, según su capacidad—, la financiera —partiendo de que bancos y cajas no pertenecen a sus directivos y, menos aún, a los políticos, sino a quienes han depositado su dinero en ellos, ante quienes deben rendir cuentas—. Para estas y otras reformas urgentes y necesarias, señor presidente del Gobierno, me tiene usted por completo a su disposición. Esto es lo que hubiese dicho, pero no lo dije, claro, por no ser el sr. Rajoy, sino un simple contable jubilado».
Me quedé con ganas de decir «Desgraciadamente».
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