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La foto fija de un estanque

Tras la catarsis mundialista tenemos mejor autoestima, pero seguimos tan mal gobernados como antes

Día 15/07/2010
ZAPATERO es un gobernante desastroso, incompetente y errático, pero como parlamentario maneja bien el arte de la propaganda, que es la versión posmoderna de la retórica. Es buen encajador, porque sus escasos principios son muy elásticos, y pega con una contundencia demagógica. Por eso se siente a gusto en los debates, en los que acostumbra a emplear un lenguaje mitinero trufado de consignas y se acolcha ante las críticas con una pasividad impermeable. Se mueve con animada soltura en el toma y daca y fracasa en el turno de exposiciones, cuando le toca ejercer la responsabilidad del liderazgo. En ese trance se vuelve espeso, narcótico, difuso; endilga discursos anestésicos en los que dibuja entre vapores de irrealidad los contornos de un sueño autocomplaciente. Está cómodo en la confrontación pero no sabe —o no puede— defender un proyecto.
Ayer no tenía otra estrategia que la de trabarse con Rajoy en un cuerpo a cuerpo. Fue un espectáculo patético: el presidente del Gobierno esforzándose en desgastar al jefe de la oposición. Fracasado en todos sus objetivos, falto de chispa y confianza, ni siquiera se molestó en justificarse. La quiebra financiera le ha privado incluso de las clásicas ocurrencias con que suele apoderarse de los titulares: no tiene nada que ofrecer salvo resignación para compartir su propio naufragio. Trató de hacerse la víctima y presentó la crisis como un accidente meteorológico; habla del déficit como si en vez de provocarlo él le hubiese llovido en una tormenta. Inmune a sus contradicciones desprecia la autocrítica; errado en todos sus pronósticos presenta como una virtud sus rectificaciones y cambios de criterio. En el discurso de más bajo perfil de su mandato, lleno de coartadas y pretextos, se pintó a sí mismo como un inocente bienintencionado al que su malvado oponente se niega, hambriento de poder, a echar una mano.
Ni Rajoy ni los demás portavoces tuvieron piedad; le sacudieron a granel, como estaba previsto, y no encontró comprensión en los nacionalistas porque hay un horizonte de elecciones y además en estos debates no está en juego nada sustantivo. Desde el punto de vista práctico la sesión fue un dèja vu inservible. Todo el mundo sabe que la escena pública está embarrancada en un duelo estático, atrapada en la foto fija de un estanque: el discurso zapaterista está agotado y el PP no va a suministrar oxígeno a su asfixia. Tampoco CiU, al menos hasta que gobierne en Cataluña. Esta dialéctica cansina quedó ayer, para alivio gubernamental, balsamizada por el estiaje y la euforia del éxito mundialista. Todo sigue igual; tras la catarsis futbolera tenemos mejor autoestima y más orgullo, pero seguimos tan mal gobernados como antes. La selección es lo más parecido que vamos a tener a un gobierno de coalición.
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