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Jugar a ser feliz

Me aburre el fútbol. Pero no era fútbol, esto. Era la rara afirmación de que se puede ser feliz. Con poca cosa

Día 14/07/2010
EL juego nos exime de estar muertos. El salón es el mismo de cada dos semanas. Y las cinco personas asistentes al privadísimo seminario en casa de José María Marco, las mismas. Igual, la lucidez misteriosa que rige aquel destello pascaliano, en el origen de nuestros encuentros: «ser mortal es ser muriente y, de algún modo, ya muerto», y sólo en el juego nos eximimos de eso, cuya presencia continua nos aniquilaría. El juego. Sería ocioso, de no estar la desdicha en nuestra esencia. Para el animal que sufre y muere, el juego —la refinada gama de artificios y simulacros en cuyo laberinto sueña suspender el tiempo— es el único —el único— consuelo. Y la más grandiosa empresa metafísica. De eso trata el seminario de esta tarde: fragmentos 132 a 139 de los Pensamientos, esa ruina majestuosa de la obra que la muerte prematura —pero, ¿hay muerte que no lo esa?— arrebató a Pascal. No cualquier juego vale para una tarea tan grave cuanto la de posponer el desmoronamiento de un hombre: «Un entretenimiento languideciente y sin pasión le aburriría. Es necesario que se exalte», es necesario que escape al horror de la habitación silenciosa y vacía, en la cual no hay más que él y su espejo. El juego es la invención fundante de lo humano.
Llego tarde: hora y pico de tren, algo más de metro. En atestados vagones, he sido incrustado entre una voluminosa matrona con echarpe bicolor, cuatro tremendas adolescentes haciendo reventar trajes en rojo y amarillo que sus mamás hubieran juzgado, sin duda, tres tallas por debajo de lo conveniente, media docena de chinos dando botecitos de un «yo soy español, español, español», en cuyo acento tintineaban vagos gamelanes, cifras imprecisas de lo que la corrección política —¡qué horror!— exige llamar subsaharianios, dándole duramente a panderos o tambores o lo que diablos fuese… Ciertamente, «¡España entera era una borrachera!» Incluso para los, como yo, abstemios. Pantalla en la sala. La mínima tribu de pascalianos contempla el más descomunal desfile de festejo nacional que ninguno de nosotros haya visto en su puñetera vida. Y calla, admirativa. Habrá que esforzarse por entender esto. Aunque sea preciso poner al día todas las categorías.
Anoche, diez minutos después del gol, que me sorprendió saliendo de cenar en un Madrid con el silencio de catedral o cementerio que precede a Hiroshima, hablé —dificultosamente— con mis hijas, que andan de curso de inglés por Irlanda. Follón inaudible. Las criaturas hispanas arrasaban Buncrana. Con la entusiasta aquiescencia de sus coleguis irlandeses. También el «¡yo soy español, español, español!» sonaba al fondo, con inequívoco aroma de whiskey del bueno. Rogué a un Altísimo en el cual no creo que preservase el hígado de todos. Y me mantuve estoico como un gentleman: «Haced el burro todo lo que podáis, peques. Tampoco vais a tener tantas ocasiones en esta vida». «Ya…», escuché fugazmente del otro lado. Luego, la comunicación se cortó. No intenté restablecerla.
Todos mis amigos saben que me aburre el fútbol. Pero no era fútbol, esto. Era la rara afirmación de que se puede ser feliz. Con poca cosa. Aun para el pascaliano animal mortal, muriente y muerto. Y supe que está bien que a veces pase.
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