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Columnas / el burladero

Hambre de nación

Hoy España es una avenida adornada de fiesta. Algún día tenía que llegar una amanecer como este

Día 09/07/2010 - 05.10h
Es muy probable que los cuatro comentaristas que nos asomamos al mundo desde estas dos páginas de ABC hagamos hoy reflexiones parecidas. Puede que alguno de nosotros haya preferido uno cualquiera de los densos asuntos de actualidad que figuran en las portada de este rotativo, pero estarán conmigo en que la tentación de recrearse en la victoria de la Selección Española de Fútbol es demasiado voluminosa como para ignorarla a cambio de las peripecias del presidente de la Diputación de Alicante o de la excarcelación anunciada —a cambio de destierro: vuestro único sitio en la isla es la cárcel— de los presos políticos cubanos. No se trata tan solo de un análisis técnico, es algo más, evidentemente. En lo referente a lo exclusivamente futbolístico no hay nada que añadir a las crónicas ejemplares de los enviados especiales de este periódico: España bordó el fútbol, encajonó al bravo equipo alemán —Joachim Low, un caballero—, derrochó talento ofensivo y defensivo, brilló en alguna individualidad y mostró una seguridad en el campo muy por encima del resto de equipos de este rácano mundial. Xavi volvió a ser el de siempre, Busquets mostró su grandeza, Iniesta se confirmó como un mago impredecible, Iker dio seguridad a todos, Pedrito volvió locos a los laterales y Del Bosque planteó magistralmente el partido. Poco más que añadir, a excepción de que abordemos los efectos colaterales, que son otra cosa. Parecida, pero otra cosa. El miércoles noche, la mayoría de españoles demostró que tiene hambre de nación, en feliz expresión del mítico Lorenzo Díaz. Hambre de Nación que se vio saciada a través del trabajo de once tipos vestidos de rojo que demostraron que se puede trabajar conjuntamente siendo de diferentes lugares, exhibiendo prudencia, solidaridad, generosidad, compañerismo y humildad. Y se pueden conquistar grandes logros: once españoles compitiendo a la vez, cada uno en su sitio y en estado de gracia técnica bastan para que la población se eche a las calles, vista camisetas con el nombre de España y exhiba banderas en balcones, ventanas, portales y azoteas.
El orgullo que difícilmente podemos sentir los españoles por el trabajo de otros colectivos sociales o políticos salió hace dos noches en trompa a la calle a mostrarse sin recato ni complejos, siendo ese el gran regalo que nos ha dado la selección: nadie me dirá nada por «vestir de español», ondeemos la bandera y canturreemos el himno. Es decir, los ciudadanos de este viejo lupanar han podido comportarse como si fueran griegos, argentinos, noruegos o norteamericanos, gente corriente que sale a la calle a celebrar sus éxitos colectivos, exhibe sus símbolos sin pedir perdón por ello y lava sus frustraciones en la pila colectiva de la efervescencia callejera. La tradicional indolencia de un par de generaciones ha motivado que los símbolos, tan sensibles, tan comprensibles, fueran abandonados en el armario de atrás; los jóvenes de hoy, felizmente menos acomplejados que aquellos que han sido tocados por la corrección política nacida tras la Transición, han visto en los once hombres vestidos de rojo a la llamada de la tribu, no excluyente, no discriminadora. Cuando eso ocurre en el seno de una sociedad, significa que hay ansias de júbilo, que hay colectividad, que hay Nación. Como bien explicó en una columna memorable Javier Caraballo, no se trata sólo de deporte: no es el fútbol, es España. España deja de ser el dolor orteguiano para ser un orgullo normalizado merced al trabajo de unos hombres nacidos todos ellos en la década de los ochenta. Basta de lamentos y de melancolías: hoy, a pocos días de acceder, o no, a un Campeonato del Mundo, España entera es una avenida adornada de fiesta. Algún día tenía que llegar un amanecer como este.
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