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Atajos de Moncloa

Es inaudito y alarmante que un presidente de Gobierno se ofrezca a buscar atajos a una sentencia

Día 06/07/2010
UNA de las gestas más asombrosas en el periplo del Zapatero gobernante habrá sido ofrecerle a la Generalitat un redondeo de la sentencia del Tribunal Constitucional. A diferencia del cotidiano redondeo del euro, que cuenta con el euro, ese otro redondeo tiene que hacerse totalmente al margen del Tribunal Constitucional. Es decir, al margen de todo. Es inaudito, alarmante y descorazonador que un presidente de Gobierno se ofrezca a buscar atajos a una sentencia que en realidad no tiene que ser sino acatada. Tras la sentencia, la instrumentalización por ley orgánica es como practicarle la cirugía estética a la estatua de Colón.
¿Cómo es posible que Zapatero pueda pensar en vías alternativas que incumplirían los fundamentos de la arquitectura constitucional? Sencillamente: se lo reclama Montilla, al tiempo que se suma a una manifestación de repudio a la sentencia, después de haber ejercido todo tipo de presión para que el Tribunal Constitucional simplemente dijera que sí a todo, a todo lo que quería el tripartito que preside Montilla.
Existe un emocionalismo ciertamente previsible en la respuesta de la política catalana a la sentencia del «Estatut». En el nacionalismo catalán las dosis de sentimentalidad son agitadas periódicamente, incluso en detrimento de aquella racionalidad que es el rasero mínimo del pluralismo. Según la circunstancia histórica, eso luego resultan ser falsas expectativas, brotes fugaces, chascos que se disimulan y un desgaste cuantioso del posibilismo histórico.
Uno de los mitos de tanto emocionalismo es la «unidad de las fuerzas políticas catalanas». Ya se verá que estos estados de ánimo colectivo presuntamente insatisfecho duran lo que duran. Los derrames de emocionalismo, por estricto sentido de la realidad, topan al final con el quehacer de las cosas, con el instinto de estabilidad que en fases de máxima tensión ha acabado por imponerse en virtud de la naturaleza histórica de la sociedad catalana. Esta vez topan con la coyuntura económica, con un deterioro quizás terminal del «Establishment» político catalán, la tentación abstencionista, la pérdida de autoestima y un cierto abandonismo de la capacidad crítica de la opinión pública, singularmente aguzada cuando se trata de España y tan roma cuando lo que falla es la Cataluña política.
De hecho, ¿para qué esperar tanto la sentencia del TC si al final todo podía resolverse con un atajo? Por el camino se han gastado reservas impensables de energía colectiva. La dinamo de la vida pública catalana va a tardar mucho en funcionar como en sus buenos tiempos. Todo eso lleva a pensar que, una vez más, estamos ante un amago, ante una escenificación. Aunque hemos visto de casi todo, las aguas acaban por calmarse. Claro que eso no reduce la irresponsabilidad ingente con que Zapatero ha rematado su faena del «Estatut». La posibilidad de extraviarse en un atajo tiene muchos precedentes. Para evitar eso han existido y existirán las sendas constitucionales. A saber si en uso de esos atajos no acabará Zapatero viendo hundido el socialismo en Cataluña.
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