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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Cábalas de crisis

El partido quiere un cierre de filas, una especie de gobierno de concentración socialista con «pesos pesados»

Día 22/06/2010 - 04.14h
EN el verano incipiente y aún tibio, casi fresco, de Madrid, la capital del rumor arde en una cábala sobre la crisis de Gobierno. Treinta años de autonomismo casi federal no han mermado la pasión cortesana por las remodelaciones del Gabinete. En los bares la gente le hace a Del Bosque alineaciones de barra y en los cenáculos de conspiración los enterados le diseñan a Zapatero el equipo del ajuste duro. No es probable que haya novedades antes del debate sobre el estado de la nación, que el presidente quiere convertir en un Jordán purificador de sus pecados de frivolidad proteccionista, un punto de inflexión a partir del que reconvertirse a sí mismo. Pero las quinielas se suceden alimentadas por el patente marasmo de un poder cataléptico que necesita un revulsivo.
En el Consejo de Estado está pendiente la renovación de Miguel Vizcaíno, el último consejero de Franco, cuyo sillón espera, según los consejeros en la pomada, a María Teresa Fernández de la Vega. Los otros dos vicepresidentes, Elena Salgado y Chaves, parecen fantasmas amortizados en expectativa de destino mientras Pepe Blanco asume cada vez más funciones de facto. Al aragonés Marcelino Iglesias y a Bernardino León, la perla de la fontanería monclovita, se les está poniendo cara de hombres de Estado. El futuro ministerial de Beatriz Corredor se ha licuado junto a su inexistente departamento de Vivienda y las conjeturas en ebullición versan sobre el alcance del recorte en un organigrama sobredimensionado. Hay especulaciones sobre Industria, Ciencia y Tecnología, Cultura y hasta Trabajo, aunque será la supervivencia de Igualdad y de su titular, Bibiana Aído, el verdadero listón que muestre la intensidad reformadora del reajuste. Si el presidente renuncia a su más emblemático guiño de posmodernidad estaremos ante un vuelco sustantivo, una sacudida conceptual del estilo y la esencia del zapaterismo.
El otro núcleo de la inminente restructuración afecta a la probable presencia del tardofelipismo. Solana es la apuesta de la vieja guardia; Boyer, frecuente visitador áulico de la Moncloa, se ha autodescartado, y el elegante y sensato Guillermo de la Dehesa goza del beneplácito de los poderes fácticos de las finanzas. El partido quiere un cierre de filas, una especie de gobierno de concentración socialista con «pesos pesados» que escenifiquen el reagrupamiento en la dificultad. Pero habrá que buscarlos con la linterna de Diógenes porque todo el mundo sabe que Zapatero está acostumbrado a ministros-secretarios, a livianos adláteres capaces de hacerle de recaderos, sin admitir otro peso específico que el de su volátil, tornadizo criterio de piruetas perpetuas. Y no va a renunciar a la prerrogativa con la que más disfruta un gobernante: la administración del silencio y el ejercicio del factor sorpresa.
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