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«Esta enfermedad es lo mejor que me ha pasado en la vida»

Una religiosa de Valencia permanece desde hace veinte tumbada boca abajo a consecuencia de una fibromatosis extraabdominal agresiva

Día 15/06/2010 - 10.17h
La religiosa Carmen Bonilla, perteneciente a la congregación Hermanas de la Caridad de Santa Ana en Valencia, de 62 años de edad, permanece desde hace veinte tumbada boca abajo a consecuencia de una fibromatosis extraabdominal agresiva. A pesar de la incomodidad a la que le obliga su dolencia, Bonilla afirma que «mi enfermedad, con la ayuda de Dios, hace que pueda ser feliz».
Según ha explicado a la agencia del Arzobispado de Valencia AVAN, su situación le ha enseñado a «valorar y disfrutar mucho más todo lo que tengo», así como a «poder vivir no centrada en mí misma, como cuando estaba sana, sino pensando en los demás, ayudándoles en todo lo que puedo», lo que «en realidad me ha dado una paz y una felicidad como nunca antes había sentido».
Por eso, «en cierto modo esta enfermedad, pese a ser dura, es lo mejor que me ha pasado en la vida, así que doy gracias a Dios por permitir que la tenga», ha subrayado la religiosa, que es natural de Sevilla y permanece en Valencia desde hace más de cuarenta años.
Carmen Bonilla ha sido operada en 43 ocasiones para que le extirpen los numerosos quistes que periódicamente aparecen en la zona de sus glúteos y para cerrarla después con injertos de su propia carne. Además, su coxis ha sido parcialmente «cortado» y, a consecuencia de una herida crónica en él, que necesita todavía de curas todas las semanas, debe permanecer boca abajo de forma permanente. Por todo ello, su cuerpo está paralizado de cintura para abajo y, de hecho, la religiosa sufre una invalidez permanente absoluta, según consta en su historial médico.
Realiza muñecas con fines solidarios
Con todo, Bonilla puede incorporarse sobre sus antebrazos y mover con soltura las extremidades superiores. Gracias a ello, la religiosa lee a diario, come por ella misma y realiza muñecas de tela que después ofrece a cambio de donativos para personas sin recursos del Tercer Mundo a través de la fundación Juan Bonal, dependiente de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana. Igualmente, puede trasladarse por el convento en el que vive sobre una camilla de ruedas adaptada, que incluye una estructura de hierro rodeando sus piernas para evitar que las sábanas y las mantas le provoquen llagas.
Cuando con 33 años de edad comenzaron a aparecer los síntomas de su enfermedad, «me costó aceptarlo, ya que sentía como si me hubieran cortado las alas o me hubieran partido por la mitad». En aquella época, la religiosa atendía a niños de acogida en un centro de su congregación en el barrio valenciano de Nazaret.
Desde entonces, además de su discapacidad y de fuertes molestias crónicas, ha pasado tres años con «dolores muy severos que casi no podía soportar» e incluso «durante una temporada tuve que estar permanentemente tumbada de lado porque tenía todo el abdomen pelado», lo que reducía todavía más su autonomía. «He llorado mucho, no entendía por qué me tenía que pasar esto», ha recordado.
Bonilla comenzó a aceptar su enfermedad a raíz de una peregrinación a Lourdes en el año 1992. «Era la primera vez que iba y, al ver a unos enfermos y discapacitados que llevaban su sufrimiento con sosiego y alegría, me pregunté dos cosas: ¿por qué no podía tener yo también una enfermedad como ellos? y ¿por qué no iba a poder afrontarla así de bien si se lo pedía a Dios y a la Virgen con fe?». Desde entonces, la religiosa ha acudido todos los años al santuario francés.
El testimonio de fe de la religiosa atrae desde hace años a grupos de feligreses y de estudiantes de parroquias y colegios valencianos. «Yo intento explicarles que hay que hacerse amigo de las cruces que cada uno tiene en su vida, porque si Dios las permite es porque con su ayuda podemos aceptarlas e incluso aprovecharlas para mejorar como personas, ser más felices y hacer más felices a los demás».
Los inicios de la enfermedad
Ingresó en el instituto religioso en 1965. Sus primeros destinos fueron en la localidad valenciana de Utiel y en el Parque Colegio Santa Ana de Valencia. También ha estado en las casas de su congregación en Pilas (Sevilla) y Forcalls (Castellón), entre otras.
En 1984, a consecuencia de su enfermedad, tuvo que ingresar en el hospital Casa de la Salud que su instituto religioso regenta en la ciudad de Valencia. «Entonces entré por mi propio pie, apoyada en un bastón, pero la enfermedad fue cada vez a más» y a los pocos años le obligó a permanecer en la cama tumbada boca abajo.
La religiosa ha pasado más de veinte años en la habitación 414 del centro hospitalario. El pasado mes de octubre, ella misma solicitó el cambio a la casa de la congregación que hay anexa a la clínica.
Bonilla se despierta todas las mañanas a las 5.30 horas para rezar. Después, participa en la misa, siguiéndola a través de un altavoz que hay en su habitación. Los domingos, sin embargo, se traslada por ella misma con su camilla hasta la capilla para la eucaristía. Por las tardes, se une también en la capilla a su comunidad religiosa para adorar al Santísimo. Y en otros momentos del día, visita el santuario a solas.
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