Lunes , 31-05-10
UN año ha pasado desde que Rodríguez Zapatero anunciara la presentación de la gran ley que cambiaría el modelo productivo de la economía española, no sólo para superar la crisis económica, sino también para asentar bases de un desarrollo «sostenible». Tanta importancia política dio el presidente del Gobierno a aquella ley de Economía Sostenible, que quiso que se tramitara por el procedimiento de urgencia. A día de hoy, está en la quinta prórroga del plazo de enmiendas y con un horizonte muy oscuro. A esta la ley la ha matado el mismo voluntarismo con el que se alumbró la Alianza de Civilizaciones o se proclamó la «conjunción planetaria» de liderazgos progresistas a ambos lados del Atlántico. La superficialidad política del Gobierno lo llevó a plantearse como verosímil que una ley, por sí sola, tendría el poder mágico de crear un nuevo modelo de actividad económica en España, volcando en ella los tópicos del discurso más correcto del progresismo. Obviamente, el Gobierno se ampara en el cambio de «circunstancias» para explicar la paralización de la ley, pero ya cuando se anunció recibió críticas muy solventes que denunciaban la inoportunidad y la inviabilidad del proyecto. Ahora se demuestra nuevamente que el Gobierno no sabía bien lo que estaba haciendo.
Su tramitación en el Congreso es, en las condiciones actuales de crisis económica y ausencia de apoyos políticos al Gobierno, una pérdida de tiempo. El proyecto está superado por los acontecimientos actuales, pero nació viciado de origen porque, aun sin crisis, no habría servido por sí sola para que el sistema productivo español abandonara sus fuentes tradicionales de crecimiento (sol, ladrillo y coche) y fuera sustituido por un modelo de investigación, desarrollo e innovación que habría requerido inversiones públicas ahora imposibles. Aquel esfuerzo legislativo que comprometió innecesariamente a ministerios y expertos debió orientarse a las medidas y reformas que entonces se despreciaron y hoy son imprescindibles. Pero esta ley es fruto de la impostura con la que el Gobierno se ha comportado ante la crisis. Por eso no será fácil que el Ejecutivo acepte que este nuevo fracaso es otro síntoma de la implosión de su legislatura, del desplome de su estrategia política iniciada en 2004. Y, lo que es peor, exhibe con toda crudeza la falta de ideas, objetivos y proyectos realistas para España porque al recuento de fallos en la gestión del Ejecutivo se une la pérdida del futuro y la vuelta a la mediocridad de la mano de un Gobierno incapaz.

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