Sábado , 29-05-10
Dicen que es el misterio más impenetrable de Dios. Tal vez sea cierto. Pero sin duda ninguna es la verdad más profunda que sobré Él podemos conocer: la Santísima Trinidad.
Cristo vino a la tierra no solamente para salvarnos y abrirnos las puertas del Cielo. Quiso también que conociéramos la intimidad divina, es decir, nos dio la posibilidad de ser amigos íntimos de Dios al revelarnos que Aquel a quien rezamos no es un ser solitario y aburrido que necesita del hombre para tener más gloria y honra. Dios, siendo uno y único, es un misterio de amor y de entrega en el que tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eternamente se aman, se conocen y se entregan en un torrente de belleza al que somos invitados a participar.
Esto es un gran privilegio a la vez que un misterio que nuestra pobre mente humana es incapaz de entender. Pero a Dios no hay que entenderlo, hay que aceptarlo sin condiciones y sin dejar que los filtros de nuestra pobre razón humana diga cómo tiene que ser o actuar. Porque así es el amor verdadero: no pone condiciones al amado, siente siempre una profunda admiración a la vez que desea penetrar en su intimidad para vivir una mayor comunión.
Ser cristiano es algo muy grande, pues supone ser asociados a la vida divina. Es más, se nos invita a ser morada de la Trinidad por medio del amor, de modo que cada discípulo de Jesús que guarda sus palabras y cumple sus mandamientos se convierte en la «casa de Dios», pues Él, siendo tan grande se hace muy pequeño para que podamos acogerlo en nuestro corazón.
Nuestro Dios no es un Dios distante o lejano, todo lo contrario, por la encarnación del Verbo se ha hecho tan cercano que es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad. Un misterio para acoger y adorar.

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