No es una función definida, pero obliga a presencia pública e institucional y condiciona la vida cotidiana. Las cónyuges de los sucesivos presidentes han asumido su papel bajo los focos con muy diferentes talantes
Actualizado Domingo , 09-05-10 a las 16 : 51
Tranquila y serena. «La procesión iba por dentro». Así viajó Sonsoles Espinosa de vuelta a España, tratando de digerir el trago amargo de ver publicada por primera vez en los medios de comunicación una foto de sus hijas Alba y Laura. La imagen había sido tomada horas antes por Lawrence Jackson en el Metropolitan de Nueva York durante la recepción que Barack y Michelle Obama ofrecieron el pasado 23 de septiembre tras la apertura de la Asamblea General de la ONU.
El fotógrafo oficial de la Casa Blanca, único autorizado para cubrir el evento, colgó, como las de tantos otros mandatarios, la imagen de las dos familias en la web oficial de la Presidencia de EE.UU. Allí permaneció hora y media hasta que fue retirada por expreso deseo de Zapatero, que lamentó al verla publicada que se hubiera roto el «pacto tácito» con los medios de comunicación de preservar el anonimato y la intimidad de las menores.
El posado de los Obama con los Rodríguez corrió luego libre por internet donde la imagen «gótica» de las chicas fue objeto de todo tipo de comentarios. En la red y en la calle era la comidilla general. «Sufrió como cualquier madre que se preocupa por sus hijas adolescentes», insisten fuentes de Moncloa. Sin duda, había sido el peor golpe desde que la esposa de José Luis Rodríguez Zapatero se instaló en Madrid. Y al llegar a palacio, la entereza de Espinosa se truncó y pidió que se depuraran responsabilidades entre los asesores presidenciales, a los que culpó del incidente, sin que en ningún momento asumiera ella misma la parte que le pudiera corresponder: de acuerdo con su esposo, fue quien decidió que las niñas fueran a un evento de la máxima proyección mundial. De hecho, antes de la famosa foto, «el presidente había estado con sus hijas de compras por Manhattan. Quiso disfrutar de una jornada privada como cualquier padre y había puesto en ello gran ilusión, porque normalmente no suele tener esa “normalidad” a su alcance. De hecho, algunos viandantes los saludaron al reconocerlos por la calle, pero nada de eso trascendió», apunta un miembro de la delegación española que fue al viaje.
Todos insisten en que desde el primer momento, las niñas y la necesidad de que llevaran «una vida normal y saludable» lejos de los focos ha sido la gran preocupación del matrimonio presidencial, hasta el punto de que llegaron a plantearse que el padre no concurriera a las elecciones para un nuevo mandato, en vista de cómo les estaban afectando los aires de Moncloa. Luego las aguas se calmaron y «todo siguió su curso con naturalidad». Y las reuniones familiares, especialmente a la hora del desayuno, son preservadas con obstinación.
Pero la muralla de protección que la propia Sonsoles ha levantado en torno a su persona es de tal calibre que los colaboradores más proximos de Zapatero pueden pasar meses sin verla por el recinto de Moncloa, pese a que vive allí. Es más, cuando ABC ha querido profundizar en el perfil de la «segunda dama» española, cunde el temor. «Antes diría dónde se esconden las cabezas nucleares —bromea nuestro interlocutor— que contarte cualquier cosa que tenga que ver con ella. Cualquier detalle que aparece sobre ella en los medios abre una caza de brujas y se tira de todos los hilos para averiguar de dónde pudo salir. Puede costarte muy caro». El que así habla es un empleado allende el cinturón de privacidad de Moncloa, que pide absoluta confidencialidad. «La desconfianza de la esposa del presidente a todo lo que tenga que ver con los periodistas —apunta— resulta casi patológica».
De hecho, el mismo informante subraya «el funesto recorrido» que ha tenido en Moncloa el reportaje sobre la esposa de Zapatero publicado por «Vanity Fair», con entrevistas previamente autorizadas a algunos de sus amigos. La peletera Elena Benarroch (que además es su estilista «de cámara») declaraba que «no le divierte nada La Moncloa ni le interesa; se siente enjaulada». Y otro allegado, Miguel Ángel Nepomuceno, añadía: «En Madrid se siente como en una sartén hirviendo». En suma, el resultado global de ese despliegue impreso en papel «couché» ha sentado como un tiro en palacio, desde el momento en que en los ciudadanos sólo ha calado el mensaje de que la dama se siente aprisionada, constreñida y abrumada. Pero lo cierto es que en cuanto se intenta una aproximación a su día a día no se alcanzan conclusiones muy diferentes: «Ella insiste en que no querría estar aquí, en que tiene su vida», admiten en su entorno.
«Lejos de León, en Madrid —detalla otro colaborador monclovita— además de con la responsable de su secretaría, Ana Pérez Santamaría, se siente muy cómoda con Bernardino León, secretario general de la Presidencia, responsable de coordinar la seguridad, el protocolo y de atender todo lo que necesite la familia. Despacha con ella las agendas oficiales. Ambos habían coincidido en el patronato de la Fundación Baremboin, de la que León fue mentor». Además, la esposa de este diplomático malagueño, Regina Reyes, fue asistente de Espinosa hasta diciembre de 2007.
La funcionaria del Estado Ana Pérez, en la que la «segunda dama» tiene depositada toda su confianza, es la mujer del vallisoletano Javier de Paz, antaño responsable de las Juventudes Socialistas, hogaño consejero de Telefónica y desde siempre el amigo íntimo de Zapatero. Pérez Santamaría fue su guía nada más llegar a Madrid en 2001, la que le asesoró en la compra de un piso junto al suyo en Las Rozas, e hizo las gestiones para que las niñas se matricularan en el mismo colegio de sus hijos. Y los De Paz siguen formando parte a día de hoy de su círculo íntimo.
La infraestructura funcionarial de asistencia a la esposa del presidente del Gobierno existe desde siempre, pero es modesta: tiene asignadas dos funcionarias, un equipo de «despacho» que se ha venido complementando con personal de confianza. Ana Botella incorporó a Cristina Alonso, que ahora trabaja con ella en el Ayuntamiento de Madrid.
Un difícil equilibrio
Cada una de las sucesivas consortes presidenciales ha gestionado como ha sabido o podido el arduo equilibrio entre lo público y lo privado a que les ha obligado su posición. Dado que no hay nada definido ni estipulado sobre su papel, cuando Sonsoles Espinosa limita su presencia a actos de especial relevancia institucional (el último, la ceremonia de entrega del premio Cervantes, en Alcalá de Henares) actúa según su criterio personal, pero sin desoír a sus asesores.
Todos los testimonios coinciden en que es una mujer permeable a los consejos, por lo que, si bien los Zapatero han cosechado críticas por ciertos «excesos áulicos» en su vida en palacio (la construcción para ellos, ex profeso, de una cancha de baloncesto dentro del recinto de Moncloa, el uso del avión oficial para pasar en Londres un fin de semana de compras en familia, o el hecho de que Espinosa utilizara la piscina de la Guardia Civil en Valdemoro para prácticas de buceo), nadie halla tacha en el comportamiento y saber estar de la esposa de José Luis Rodríguez Zapatero de puertas para fuera.
Fuentes diplomáticas consultadas por ABC han manifestado que siempre destaca «por su franca elegancia, su discreción y su estilo. Es de sonrisa fácil y eso agrada a todos. Desde luego —apunta un embajador de España— nadie puede decir, como tanto se oyó en otros tiempos, eso de «hoy he estado con ella», hasta el punto de que cercanía y afán de protagonismo llegaban a crear confusión, porque esta señora no se prodiga en absoluto. No está en boca de nadie, lo que dice mucho en su favor».
Tan sólo se le ha recriminado, a veces, su clamorosa ausencia en foros donde, a priori, parecía pertinente su aparición. Así ocurrió en la celebración en el Palacio de El Pardo del setenta cumpleaños del Rey. En esa ocasión, sus colaboradores adujeron para excusarla que ese día tuvo que participar en la representación de «Aída» en el Liceo de Barcelona. Y en otra ocasión se dio una curiosa confluencia entre la vida pública y privada de la esposa del presidente del Gobierno. Fue el 11 de marzo de 2008, en un homenaje a las víctimas de los atentados de Madrid, y en presencia de los Reyes, junto al monumento de la estación de Atocha. Formaba parte del Coro de la Capilla Real que interpretó «Da pacem domine». Al acabar la pieza musical, hubo de dejar a sus compañeros para cumplimentar a los ilustres asistentes, antes de marcharse con Zapatero en coche oficial.
Porque la parcela personal que Sonsoles Espinosa defiende con uñas y dientes gira en torno a sus hijas y a la música. Soprano en el coro de la Capilla Real de Madrid, también lo fue del de RTVE y del Teatro Real. Precisamente, su fichaje para el grupo de refuerzo que ocasionalmente usaba el coro del ente público televisivo provocó una batería de preguntas del PP al Gobierno en las que pedía conocer los pormenores de ese vínculo profesional, y si se consideraba adecuada su contratación «teniendo en cuenta la precariedad laboral en la que se encuentran muchos miembros de este coro». Los recelos sólo desaparecieron cuando Sonsoles recaló en otra formación musical.
La extrema discreción de Espinosa es marca de la casa: la acompaña desde siempre. No se trata de una «posición defensiva» sobrevenida, derivada de su supuesto rechazo al escaparate de Moncloa. Es, por naturaleza, una persona mucho más contenida que su propio esposo, incluso en «petit comité». Fuentes diplomáticas corroboran que jamás desliza comentarios inadecuados en los corrillos, y otros interlocutores ocasionales de la pareja presidencial corroboran el comedimiento de la cónyuge, en contraste con cierta ligereza verbal de su marido.
Botella, en las antípodas
Por su retraimiento, se suele a presentar a Sonsoles Espinosa como contrafigura de Ana Botella. Y se acierta al hacerlo. La esposa de José María Aznar se zambulló en el lado positivo de su posición de consorte y lo disfrutó sin complejos. Solía decir: «Es estupendo estar aquí porque cuando vas a una exposición te la explica el que más sabe de ella». A Botella se atribuye la primera modificación sustancial de las dependencias privadas de Moncloa para hacerlas «más hogar». Se llevó a cuestas buena parte de los muebles de su piso de la calle Diego Ayllón de Madrid y las paredes se pintaron de colores cálidos. Nada más aterrizar en palacio, los Aznar posaron junto a sus hijos para «Hola». No se trataba de una concesión «burguesa»: igual hicieron Felipe González y Carmen Romero con sus tres retoños en 1982, y lo mismo había sucedido antes con la familia de Adolfo Suárez. De hecho, han sido los Zapatero los únicos que han roto esa tradición de acercamiento a los españoles a través del «BOE social».
A Botella se le reprochó durante un tiempo su excesivo protagonismo público, cuando aún no había saltado a la arena política. Y es cierto que en algún momento (singularmente en la campaña electoral de 2000, la de la mayoría absoluta del PP) se colocó permanentemente bajo los focos, hasta el extremo de que llegó a conceder entrevistas a bordo de su coche oficial, por imperativo de su apretada agenda. La evidencia de que su incuestionable don de gentes compensaba el carácter adusto de Aznar convirtió su participación activa casi en una necesidad. Y no sólo en lo que actos de partido se refiere: fuentes diplomáticas corroboran que en el flanco institucional Botella fue el necesario contrapeso de la poca facilidad de su esposo para las relaciones sociales.
La hoy teniente de alcalde de Madrid jamás ha sufrido en el escaparate, como demuestra el hecho de que ella misma retrató sus vivencias como consorte presidencial en el libro «Mis ocho años en la Moncloa», en el que el detalle más revelador y sorprendente fue el apunte sobre la boda de su hija Ana en el monasterio de El Escorial: «Aún me hubiera gustado hacerla más grande, para compartir ese día con algunos amigos más».
Muy diferente de Carmen Romero
A la hora de las comparaciones, por carácter y por identidad política, se tiende a hallar más paralelismos entre Sonsoles Espinosa y Carmen Romero, la esposa de Felipe González. Pero tampoco hay similitudes notables entre ambas. A Romero no le importó en exceso el aspecto solemne que Patrimonio imprimía a palacio y no exigió demasiados cambios en las dependencias privadas. Sin embargo, Espinosa, como Botella, sí ha querido acercar a su propia sensibilidad esa parcela reservada a la familia y ha optado por una decoración minimalista y paredes blancas.
Además, la mujer de González, tímida y cautelosa en los primeros tiempos de Moncloa, se convirtió luego, según rememora un diplomático, en «perejil de todas las salsas», con gracejo andaluz. Profesora de Literatura y traductora de italiano, organizaba comidas con escritores y editores. Y con el tiempo buscó su propia proyección política, primero como diputada (cuando, adelantada del «bibianismo», acuñó la proclama de «jóvenes y jóvenas»), y ahora en el Parlamento Europeo. Para dos consortes, la Moncloa ha sido plataforma de lanzamiento. Para Sonsoles Espinosa, una etapa que dura ya más de seis años y un día.

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