Castilla-La Mancha ha dejado su huella en este prodigioso premio desde sus albores a nuestros días
Memoria y noticia del Premio Adonáis
Este chiste de Mingote rinde homenaje al poeta tomellosero Eladio Cabañero, accésit del Adonáis en 1957
Actualizado Miércoles , 28-04-10 a las 20 : 15
«Poesía» es término indefinible. Sí lo es «poema», como también lo es «lenguaje». Así podemos afirmar rotundamente que todo poema es lenguaje; sin embargo negamos que todo lenguaje sea poema y se conforme con valor estético. Decir poema es decir palabra. A la hora de la verdad, la que representa la página en blanco, cada poeta se revela con su pluma distinta, con su emoción única, pero con un soporte común: el fervor de la palabra. Las grandes emociones o la experiencia cotidiana caben en la «creación» o en la «fábrica» del poema. Castilla-La Mancha es pródiga en poetas. Nosotros, en este artículo, ofrecemos una pléyade –«gavilla» quizá sea término más manchego- de ellos con un elemento en común: la relación con el Premio Adonáis.
El año 1939 supuso el ocaso de la llamada Edad de Plata de la literatura española. El pronunciamiento militar de 1936 que derrocó la República pareció abolir también la república de las letras. La sensación de orfandad anidó en los poetas que, por obra de la muerte o el exilio, quedaron sin referentes estéticos cercanos para la reconstrucción de su quehacer creativo. Se impuso una dialéctica entre el oficialismo poético, imperial y optimista, ajeno a las circunstancias históricas, y un neoexpresionismo lleno de aguafuertes, junto con una suerte de existencialismo lírico.
UN NUEVO DESPERTAR DE LA LÍRICA. El año 1944 es considerado germinal en el nuevo despertar de la lírica por la publicación de Hijos de la ira de Dámaso Alonso y Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre. Sin embargo, le precedió un año importante, 1943, en el que vio la luz Adonáis, bajo el signo de la Biblioteca Hispánica, regida por Juan Guerrero Ruiz –el “cónsul general de la poesía”, como le llamó García Lorca–, uno de los grandes artífices de la vinculación intergeneracional de los poetas de preguerra, que no se resignó a que la lírica posterior al conflicto se convirtiera en un magma de voces inconsútiles. Con el objetivo de editar una colección que concitara a poetas consolidados junto con líricos en agraz, nace Adonáis, sello editorial y premio reservado a poetas jóvenes.
A partir de ese momento, Adonáis –vocablo hebreo que, además de estar relacionado con uno de los nombres de Dios, significa Creador, Gobernante y que también remite a la hermosa elegía que Shelley escribió en recuerdo de John Keats- será un hilván básico de la evolución de la poesía en español. Es la editorial Rialp la que, a partir del año 1946, se hace cargo de la entrega del premio.
DEL YO AL NOSOTROS: LA POESÍA SOCIAL. Castilla-La Mancha ha dejado su huella en el Adonáis desde los albores del premio –y de la colección: recordemos que el primer número de la colección corresponde a Poemas del toro, del talaverano Rafael Morales-. En 1949 Miguel Alonso Calvo, alias Ramón de Garciasol, pseudónimo anagramático de Garcilaso (Humanes de Mohernando, 1913-Madrid, 1994) recibe un accésit por Defensa del hombre, un poemario con el que comienza a fraguar su propia personalidad lírica como poeta de la solidaridad, de la alteridad. Garciasol contribuyó a superar la controversia entre poetas «arraigados» y «desarraigados», y a trazar la senda que conduciría a componer una poesía que fuera la voz de los oprimidos, accesible, paulatinamente cercana a la prosificación, si bien con un latido lírico indiscutible.
Con un lirismo que hunde sus raíces en lo local, en el sol y en la anchura, pero que es caja de resonancia de lo social, se presenta Eladio Cabañero (Tomelloso, 1930-Madrid, 2000) al premio Adonáis de 1957 con Una señal de amor, que mereció un accésit. Él mismo declaró: «La vida justa y solidaria –injusta e insolidaria-, ese es el amor que me enamora y la música de mi cantar». Él es el auténtico vate del abandono, de la «insularidad continental» de La Mancha. Antonio Gala (Brazatortas, 1930), cordobés por voluntad, obtuvo otro accésit en 1959 con un poemario que indaga en la percepción y la relación con el otro: Enemigo íntimo.
EL PAULATINO RETORNO AL YO: POESÍA COMO CONOCIMIENTO. La concesión de un accésit al dramaturgo, poeta y periodista Juan Antonio Castro (Talavera de la Reina, 1927-1980) en la convocatoria de 1961 por Tiempo amarillo confirma la pervivencia de una lírica que, si bien mantiene las reverberaciones sociales, comienza a estar penetrada de un cierto subjetivismo íntimo. Son los rasgos de un conjunto de escritores, que, pese a no renunciar a la comunicación poética con los otros, inician un camino de repliegue en torno a sí mismos, un itinerario de introspección que les lleva al poema como medio de conocimiento. En ese mismo lindero entre lo social y lo personal, entre la poesía como comunicación y como conocimiento, se mueve el tomellosero de alma Félix Grande (Mérida, 1937) de Las piedras, ganador del Adonáis en 1963, libro en que el nosotros social convive con una cierta cordialidad machadiana, y en el que se columbra un irracionalismo poético que apunta hacia la evolución estilística y conceptual de su poesía posterior, tan rica como proteica. En la esfera de la memoria encuentra su ámbito de creación Diego Jesús Jiménez (Madrid, 1942-2009), que hace de sus recuerdos de infancia y juventud en Priego y Cuenca la materia poética de La ciudad, un bello poemario por el que, en 1964, obtiene el Adonáis, donde el protagonista poético inicia un viaje interior hacia la memoria en busca de su propia identidad, con amarres ocasionales en la reflexión metapoética. Una fuerte ligazón entre la memoria como proceso de conocimiento y como testimonio social del desgarro del transterrado, con una depuración formal que le hace conquistar un estilo personalísimo y muy sugestivo, mantiene Joaquín Benito de Lucas (Talavera de la Reina, 1934), que, en 1967, logra el Premio Adonáis por Materia de olvido.
VOCES DISPERSAS; DIVERSAS POÉTICAS. Si hasta este momento cabe hablar, por afinidades estilísticas, de pensamiento y hasta afectivas, de una lírica castellano-manchega –pese a la ucronía de tal categorización-, a partir de la mitad de los 60, las tendencias agrupadas bajo la designación de novísimos, postnovísimos, poesía de la experiencia, poesía de la otra sentimentalidad… apenas sirven de acercamiento a la lírica que se compone en nuestra región. La distancia espacial entre unos creadores y otros parece mayor que su proximidad en edad. ¿Desconocimiento mutuo o autoafirmación rotunda de la individualidad creativa? En todo caso, cada poeta es una poética, y cada poética, una corriente. En este contexto, Rafael Talavera (Iniesta, 1948) recibió un accésit en 1971 por Tres poemas y calcomanías, ejemplo de lírica esencial, metafísica, despojada de los usos neoalejandrinos de los novísimos, donde un mayestático versículo acoge muchos de los universales de la poesía. En 1974, es Francisco García Marquina (Madrid, 1934; afincado en Guadalajara), miembro fundador del grupo «Enjambre», quien consigue el accésit por Liber usualis officii et orationum, donde la suntuosidad léxica y la imagen visionaria dotan al poema de un hermetismo roto por una gran capacidad de sugerencia.
VENERO DE POETAS. Talavera de la Reina, extraordinario venero de poetas, es la ciudad natal de Alfredo José Ramos Campos (1954), accésit del Adonáis en 1975 por Esquinas del destierro, libro ambicioso y sugestivo donde el sentido del yo lírico, embarcado en el viaje de la memoria, se encuadra en una cosmovisión en la que se entrecruzan lo histórico, lo telúrico y lo místico. Antonio del Camino (Talavera de la Reina, 1955), miembro del colectivo «La Troje», mereció un accésit en 1984 por Del verbo y la penumbra, donde la palabra poética codifica el mundo hasta aprehenderlo y sustituirlo; la poesía se hace metapoesía y la vida, poema. El accésit lo recibe también, en 1985, Federico Gallego Ripoll (Manzanares, 1953) por Crimen pasional en la Plaza Roja, bellísimo ejercicio de contrapunto poético a varias voces con una codificación simbólica muy original. En 1986, es Pedro Antonio González Moreno (Calzada de Calatrava, 1960) quien recibe otro accésit por Pentagrama para escribir silencios, donde se percibe una intensa tensión lírica lograda con una admirable sencillez y depuración formal en la que la cotidianidad y los recuerdos trascienden la anécdota para constituir reflexiones de gran hondura y emoción. 1987 reporta a María Luisa Mora Alameda (Yepes, 1959) un accésit por Este largo viaje hacia la lluvia, un dietario poético, en que la protagonista lírica penetra en el análisis sentimental propio con oscilaciones entre el vacío y la esperanza; la sencillez expresiva y la accesibilidad en la intelección se asienta sobre una bella simbología. Tanto en el plano conceptual como en el estilístico, este libro parece servir de prólogo a una evolución expresiva y reflexiva que derivaría en la obtención del Adonáis en 1993 por Busca y captura, donde permanece la palabra diáfana y el tono de desahogo muy personal. También en 1987, Carmina Casala (Atienza, 1949) obtiene un accésit por Lava de labios, hermosísimo poemario de corte amoroso, en que la profundización en el tema medular se lleva a efecto con usos poéticos que arrancan desde la lírica tradicional hasta el simbolismo, que confieren al conjunto un estilo inconfundible. 1989 es el año en que Juan Carlos Marset (Albacete, 1963) consigue el Adonáis por Puer profeta, extenso poema unitario, en endecasílabos blancos, a modo de salterio impregnado de imágenes alucinadas expuestas en un flujo verbal con un marcado sentido de la musicalidad, lleno de sugerencias con profunda emotividad lograda a través de la reflexión filosófica.
«CÁNCIÓN PARA UNA AMAZONA DORMIDA». En 1991, el ganador del Adonáis es Jesús Javier Lázaro Puebla (La Puebla de Montalbán, 1965) por Canción para una amazona dormida, un conjunto de poemas expresados en segunda persona, una amazona a quien se hace receptora de los hallazgos de un camino de indagación estimulado por el deseo, donde vida y muerte son el haz y el envés de una misma realidad en la que la naturaleza se alza protagonista. Miguel Argaya (Valencia, 1960, residente en Talavera de la Reina), une su vocación poética y de historiador en Geometría de las cosas irregulares (accésit en 1991), libro en el que hace de la memoria el ámbito y el eje de su lírica. En 1996, gana un accésit Ángel Luis Luján (Cuenca, 1970) por Días débiles, ejemplo señero de poesía intimista, meditativa, con una sencillez que esconde un extremo cuidado estilístico y rítmico. 1997 es el año en el que Luis Matínez Falero (Albacete, 1965) obtiene el Premio Adonáis por Plenitud de la materia, un bellísimo deambular lírico en busca del sentido de la existencia en el que el yo poético es estimulado por la nostalgia, el vacío y la ausencia, para indagar, en su interior, acerca del enigma de la plenitud. Miguel Ángel Curiel (1966), talaverano nacido en Alemania, fue accésit en el 2000 por El verano, donde el poema, como la existencia, parece estar en permanente trance de realización, y donde la sugestión, muy intensa, la producen tanto las evocaciones sensoriales como las reflexiones derivadas de ellas. Ana Isabel Conejo (Tarrasa, 1970), poetisa afincada en Alcázar de San Juan, consiguió el accésit en el 2003 por Vidrios, vasos, luz, tardes, una lírica consagrada a lo aparentemente obvio, a lo ilusoriamente estático y perfilado que, en el plano del poema, hace visible una realidad mucho más enigmática que hace que el sujeto lírico busque la expresión exonerada de todo artificio para alcanzar la verdadera naturaleza de lo real.
¿UN ARCHIPIÉLAGO EN EL PÁRAMO? Cuando le fue comunicado a Luis Martínez Falero la obtención del Adonáis, el poeta impartía una clase en el centro educativo en el que trabajaba. Entre sus alumnos, se encontraba Rubén Martín (Albacete, 1980). El premiado, ante la buena nueva, salió de clase. El alumno sintió la alegría de la evasión, del «vuelo de la celebración». Al día siguiente, mensuró, por las crónicas de los diarios, el alcance del premio. La asistencia a un recital poético de Ángel González enardeció en él la vena poética que, probablemente, el propio Martínez Falero había contribuido a incoar con su magisterio. Rubén Martín ha sido el último poeta de Castilla-La Mancha en obtener el Premio Adonáis, en el 2009, por El minuto interior, una visión serena, contemplativa y penetrante.
Esta remembranza es apenas un ápice de la dimensión cuantitativa y cualitativa de la poesía lírica castellano-manchega. Pese a ello, la sensación de aislamiento denunciada por Miguel Casado en su magnífica antología, que lleva por sintomático título Mar interior, parece seguir teniendo vigencia. En el cambio de siglo y de milenio, muchas voces líricas buscan receptor a través de fanzines –particularmente en Albacete– y en la blogosfera. Hay, en efecto, muchas voces poderosas, pero ¿las conocen lectores potenciales? ¿Se conocen entre sí los poetas de Castilla-La Mancha? ¿No encontraremos un espacio de encuentro que enriquezca, con el mutuo conocimiento y el intercambio de pareceres y poéticas, el discurso lírico? ¿No hallaremos una cita en la agenda cultural para dar difusión a estos creadores, aprovechando los modernos procedimientos de promoción y de comercialización de las industrias de la cultura? ¿No habrá quien haga que la labor de los editores de poesía de la Región siga conservando el signo de la heroicidad sin el sesgo titánico de una tarea tan necesaria como poco lucrativa?
Sean estas palabras, en este ABC de las letras nuestro elogio a este «mester de loquería» y la expresión del deseo de que surja en un eje, personal o simbólico, que aglutine en torno suyo a apocalípticos e integrados, a antiguos y modernos, del inmenso universo de la poesía que vive en el archipiélago del «anchurón» manchego. ¿No habrá, en esta sementera de grandes creadores, una escuela de escritores o un museo de la palabra que les dé cobijo y eco? ¿Seguirá siendo la poesía castellano-manchega «avena loca orilla del Henares»? Creemos en el valor primordial de los sueños, en los proverbiales efectos de la utopía, en los valores de una lengua perfecta para sentir y para expresar… y creemos en la palabra poética y en los poetas de Castilla-La Mancha, que existir, existen –como hemos demostrado solo con la cita de estos «adonaicos»-, aunque la erudición a la violeta los despache allí donde habita el olvido.

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