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Una hipótesis del escritor Mariano Calvo sobre su localización
Publicado Jueves , 22-04-10 a las 22 : 41
La que se considera primera novela picaresca de la literatura española —«La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades»—, fue escrita hacia 1545 por un autor anónimo cuya identidad sigue siendo objeto de debate, aunque nadie discute que, fuese quien fuese, demuestra un conocimiento pormenorizado de la ciudad como sólo cabe suponer en alguien residente o natural del propio Toledo. Una análisis en profundidad de la novela arroja una interesante revelación que tiene que ver con la localización, inédita hasta hoy, de la que podríamos llamar «Casa del Lazarillo» en Toledo•
Examinado en detalle, el texto da indicios, en nuestra opinión suficientes, para entender que la calle en la que se ubica la casa donde Lázaro vive con su amo el escudero no es otra que La Bajada del Barco, «larga y angosta calle» que recorren ambos cuando, al salir de la catedral, «a buen paso tendido comenzamos a ir por una calle abajo»(…)
Saliendo de la catedral, sólo dos alternativas se abren al viandante que quiera dirigirse «calle abajo», que son la Bajada del Barco y la Calle del Pozo Amargo, según se salga por la puerta de la Chapinería o por cualquiera de las del lado Oeste. Pero es más que probable que Lázaro y el escudero salieran por la puerta del reloj o de la Chapinería, pues por ella habían entrado, lo que, a su vez, incrementarías las posibilidades de que la «calle abajo» que toman sea la actual Sixto Ramón Parro, que, como es sabido, encuentra su continuación en la Bajada del Barco.
Otros indicios apuntan a la Bajada del Barco como la calle implícitamente citada en el texto. Así, en la Bajada del Barco se encontraba el palacio del conde de los Arcos (hoy conocido como Palacio de Munárriz), que da sentido al párrafo en el que Lázaro dice, describiendo la exagerada presunción de su amo: «Y súbese por la calle arriba con tal gentil semblante y continente, que quien no le conosciera pensara ser muy cercano pariente al conde de Arcos, o, a lo menos, camarero que le daba de vestir». Ciertamente, la burla toma sentido porque, como no ignoraban los toledanos de entonces, el conde de los Arcos tenía su palacio en la hoy conocida como Plaza del Colegio de Infantes, continuación natural de la Bajada del Barco. Por lo tanto, el conde de los Arcos y el escudero eran vecinos de la misma calle.
Del mismo modo ha de entenderse cuando, más adelante, haciendo gala el escudero de su pundonor, afirma que «si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo».
A LA CASA DE SU AMO. Es también en la Bajada del Barco donde, supuestamente, «yendo la calle arriba» se produce el encuentro de Lázaro con «muchos clérigos y gente» que traían a un muerto en andas, camino sin duda del cementerio de San Lorenzo, situado en la misma calle, solo un trecho más debajo de la casa de nuestros personajes. Por eso, al escuchar a la viuda decir que llevan al muerto «a la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y obscura, la casa donde nunca comen ni beben», entiende Lázaro que a donde llevan al difunto es a la casa de su amo, por lo que corre asustado a refugiarse en ella.
Una nueva evidencia de que la Bajada del Barco es la calle donde se ubica la casa del escudero y del Lazarillo, es que ésta, según se deduce del texto, se hallaba en el camino de la Tripería. Éste era un espacio dedicado a la venta de carne que ocupaba el lugar del actual Mercado Municipal de Abastos, en la Plaza Mayor. Es completamente verosímil que, de regreso a su casa en la Bajada del Barco, Lázaro pudiera mendigar a las tenderas de La Tripería que allí concentraban sus puestos, y así lo dice él explícitamente: «Volvíme a la posada, y al pasar por la Tripería pedí a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas».
La Tripería se reformó en una fecha muy próxima a la de la escritura del Lazarillo y supuso la construcción de un edificio rectangular con un patio porticado, bajo cuyos soportales se encontraban los puestos de venta de la carne.
LA CASA DEL LAZARILLO. La identificación de «La casa del Lazarillo», en el supuesto de que el autor de la novela tuviera en mente una concreta, es ciertamente más incierta que la, para nosotros incuestionable, identificación de la Bajada del Barco. No obstante, cabe un esfuerzo de exégesis textual con el propósito de aproximarnos a la que pudo ser la referencia que alentaba en la cabeza del autor.
Lázaro explica que, al cruzarse con el cortejo fúnebre calle abajo, «yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa». Por consiguiente, si, como suponemos, el cortejo fúnebre iba hacia el cementerio de San Lorenzo, la casa donde habitaba Lázaro no podía estar ubicada más abajo del actual Callejón de los Muertos, ya que de lo contrario el cortejo no podría haber pasado de largo. En consecuencia, la casa de Lázaro y el escudero debe situarse en el tramo de calle que desde la desembocadura del citado callejón se extiende hasta el comienzo de la Bajada del Barco. Un tramo ciertamente largo, cuya vaguedad no logra despejarnos otra alusión de Lázaro señalando que la casa estaba situada a «gran trecho de la plaza».
Lázaro es más explicito respecto las características interiores de la vivienda, que le parece «casa encantada» por cuanto en ella no hay «silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras». Sólo un simple poyo existía en toda la casa, donde amo y criado se sientan, no sin antes soplarlo «muy limpiamente».
El propio Lázaro dice que la casa donde habita con el escudero era de «entrada obscura y lóbrega de tal manera que paresce que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras».
Por lo que el texto deja deducir, la casa representa un modelo algo más distinguido del corriente, adecuado a los aires pretenciosos de este personaje, pero en su interior reina la más mísera desolación. Sólo una cama encuentra Lázaro en toda la casa, y consiste en unos bancos de cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, «que por no estar muy continuada a lavarse, no parescía colchón, aunque servía dél, con harta menos lana que era menester». A los pies de esta cama maldormía Lázaro «porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse».
A esta casa de la Bajada del Barco, que el propio escudero define como «lóbrega, triste, obscura» le echa éste la culpa de sus desgracias e incluso de su ayuno: «Y más te hago saber porque te huelgues: que he alquilado otra casa, y en ésta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes. ¡Maldita sea ella y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por Nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; ¡mas tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza!»
En esta casa de la Bajada del Barco tiene lugar la escena en la que Lázaro se ve obligado a hacer frente a los arrendadores y agentes de la justicia. Por suerte, sus vecinas, unas caritativas hilanderas, salen una vez más en defensa de Lázaro, avalando la inocencia del desdichado pícaro.
Puede que el autor de El Lazarillo tuviera en su mente una casa concreta en la que situó imaginativamente a sus protagonistas, y puede también que haya perdurado en el tiempo y sea alguna de las que aún existen de esa época en la Bajada del Barco. Si esto es así, de todas las casas de siglo XVI o anteriores que aun adornan la calle, la que más posibilidades reúne lleva el número 9 y abre su portal al lado del Palacio de Munárriz en la Plaza del Colegio de Infantes o Plaza de la Bellota, como popularmente se la conoce.
Nunca podremos saber a ciencia cierta si en la cabeza del autor de El Lazarillo se concibió esta casa como referencia de su texto, pero, en nuestra opinión, el referido inmueble concita las características de localización y tipología idóneas.
La hipótesis, aunque no puede apoyarse en pruebas fehacientes, aporta al menos un novedoso elemento cultural e incluso turístico a la ciudad, digno de cierta atención. Acaso no estaría de más que una placa municipal hiciera mención al Lazarillo en la Bajada del Barco, celebrando el gran protagonismo que ésta tiene en la que es una de las obras más relevantes de nuestra literatura.
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